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domingo, 16 de agosto de 2020

3: Aparta, bicha

    —Ocho ojos... ¿Por qué tienen que tener ocho ojos...?

    —¡Vamos, Selta, no te quedes atrás!

    Selta respiró hondo por decimonovena vez, y siguió arrancando enredaderas, tratando de seguir el paso a sus compañeros. Su largo cabello plateado no paraba de quedarse atrapado en las ramas y, cada vez que sucedía, no podía evitar sobresaltarse, imaginando la clase de ser que le podría estar reteniendo. El pelotón detuvo su andar, para esperarle.

    Llegados a un claro del inmenso bosque que llevaban atravesando durante días, decidieron montar campamento. El grupo lo componían unos doce mestizos, ataviados con pobres ropas de cuero, y seis sacos a rebosar, que flotaban suspendidos en el aire. Selta se sentó, agotado, mientras dos de los viajeros murmuraban unas palabras. Los sacos aterrizaron con suavidad, abriéndose. 

    —Selta, nada de descansar hasta que no hayamos preparado todo —dijo una mujer rubia, con su ceño fruncido.

    —Eso, hijo, no es momento de holgazanear. Debemos montar esto antes de que anochezca —añadió un robusto hombre, con la cabeza rapada.

    Selta miró al cielo. Desde hacía cuatro, negros nubarrones tapaban la luz del sol, así que la diferencia entre día y noche se limitaba a una leve disminución del brillo que lograba escaparse de aquel oscuro e imponente muro. Suspirando, se levantó y cogió un par de tablones, para empezar a montar la tienda.

    —Selta, ¿qué haces? —preguntó su padre, mirándolo con resignación.

    —Montar... la tienda, papá. ¿No lo ves?

    —Claro que lo veo, hijo mío de mi vida —respondió, empezando a desesperarse—. Pero lo que digo es que, ¿por qué te ibas a encargar tú de eso? ¿No crees que Bufú y Nimba pueden hacerlo en la mitad de tiempo?

    —Ya... —murmuró, temblando un poco—. Pero era por cambiar un poco, ya que siempre hacemos lo mismo.

    —¿Y por qué crees que hacemos lo mismo? —se acercó una chica joven, una de los dos que habían transportado el equipaje por el aire—. Bufú y yo somos los únicos magos de Aire, es normal que hagamos el trabajo duro, para que el resto ahorréis fuerzas.

    —Sí, eso mismo —sentenció Bufú, ya inmerso en su labor de construcción, haciendo revolotear la lona de la tienda, mientras clavaba la estructura en el suelo, usando corrientes de aire descendentes.

    El padre de Selta le miró, inquisitivo. El chico miró a sus espaldas, donde solo se extendía el bosque.

    —Papá, ya sabes que no tengo problema en ser quien vaya a buscar leña, pero...

    —¿Pero qué? ¿Tienes miedo de que te ataque una sombra? —rio otro de los integrantes, que moviendo las manos iba levantando una mesa cilíndrica de piedra.

    —No, no es eso, Obelis, sé que no hay sombras por donde hemos venido, pero...

    —¡Habla de una vez, hijo!

    —Pero nada, papá, ya voy yo.

    Dicho esto, dio media vuelta, adentrándose en la maleza. Su padre le dijo algo, pero no pudo oírlo. Ni quiso. Porque para qué iba a intentar entenderlo.

    Esto no era nada nuevo. Siempre le había tratado así, con esa condescendencia. Selta sabía, por supuesto, que su padre le quería. Sin embargo, todo lo que le decía llevaba impregnado ese tinte de pereza, de no esperar nada bueno. Todo era un 'inténtalo a ver si puedes', no un 'hazlo' y ya está. Y todo esto, los Pilares, la llegada de esos seres descomunales y la masacre de la Cuarta Cuenca, no había hecho sino aumentar exponencialmente la exigencia. 

    Y en otras ocasiones, aunque a regañadientes, le había hecho caso, porque sabía que el viaje que habían emprendido dependía de que todos ellos dieran el máximo de sus capacidades. Pero no en aquella ocasión. Una sombra, había dicho el imbécil de Obelis. Ojalá fuera todo eso. 

    Caminando con torpeza, saltando sobre grandes raíces y evitando arbustos, fue recogiendo las ramas más grandes que veía. No paraba de mirar a su alrededor, como buscando algo. Sin embargo, aquellos que buscaba no parecía querer dar la cara. Eso no hacía sino aumentar su desasosiego, pero no dejó de hacer lo que estaba haciendo. 

    Por fin, logró recoger suficiente madera como para que la hoguera aguantara toda la noche. Ya iba a darse la vuelta, cuando se dio cuenta de que había olvidado dejar un rastro para regresar. Aunque un escalofrío le recorrió la espalda, no perdió el control. Sabía que era tan fácil como lanzar una señal al cielo, y alguno de los magos de Aire vendría a rescatarlo. No era la primera vez que ocurría. Aunque su padre le echara la gran bronca, era preferible a morir de inanición en aquella maleza interminable.
Así pues, se dispuso a lanzar la señal, cuando frente a él descubrió... aquello que había estado buscando con tanto nerviosismo. Perdiendo la fuerza de los brazos al instante, dejó caer la madera.

    Ocho ojos. Ocho ojos observándole, sin apartar su vidriosa y múltiple mirada. Selta cayó de culo al suelo, pálido. Sobre una roca, una pequeña araña le escudriñaba sin hacer un solo movimiento. El chico comenzó a hiperventilar, deseando no existir. Su cuerpo se encontraba paralizado ante aquellos diez centímetros de tórax y abdomen peludos, aquellas ocho patas curvadas, aquellos ocho ojos, que parecían atravesarle el alma. 

    En posición fetal, deseó su propia muerte. 

    Fue entonces cuando recordó la razón por la cual estaba allí. Para recoger madera, para que su grupo se mantuviera caliente esa noche. Para que su padre comprobara al fin que podía confiar en su valía. Su único obstáculo, esa araña, que le contemplaba impertérrita. Sabiéndose ganadora. ¡Pues no! ¡Esta vez, no!

    —¡¡Aparta, bicha!! —aulló entre lágrimas y, apuntando con un dedo tembloroso, disparó un hechizo eléctrico hacía el arácnido.

    Escuchó un aullido desgarrador. Luego, el silencio. Selta se desmayó.

                                                                                                *

    —¡Hijo, venga para arriba!

    El chico dio un salto. Se encontró con los once, mirándolo con alivio. Era ya de día, y había vuelto al campamento, a salvo dentro de su saco de dormir.

    —Papá, ¿qué ha ocurrido...?

    —¡Has matado a una sombra, Selta! —exclamó Nimba—. ¡Nos has salvado!

    —¿Cómo...? Si yo no...

    —¡Vamos, hijo, no  seas modesto, no ahora! —sonrió su padre—. Es cierto que luego te desmayaste, pero Nimba lo vio todo cuando fue a rescatarte. ¡Has matado a tu primera sombra!

    Entonces, Selta lo recordó todo. El relámpago que había disparado hacia la araña se había desviado, dado su horrible pulso por el terror que sentía. Ese chillido que escuchó antes de caer... ¿Era una sombra? ¿De verdad había tenido tanta suerte?

    —Yo... solo quería matar a una araña, papá. No me merezco tu confianza...

    —¿Te has frito el cerebro, Selta? —suspiró, abanicándose con la mano—. Sea como sea, el hechizo que usaste fue suficiente como para abatirla. ¡Ahora sabemos que tú puedes encargarte de ellas, y no tendremos que evitarlas!

    —Pero eso fue... porque quería matar a la araña —explicó Selta, que no se veía con fuerzas para llevarse el mérito—. Creo que sentí tanto miedo, que deseé con todas mis ganas que muriera. 

    —Entonces... —le interrumpió Bufú, poniéndole la mano en el hombro—. Toca entrenar para poder alcanzar ese estado de nervios cuando lo necesites.

    —Eso, chico, necesitamos que seas nuestro... destructor, por así decirlo —añadió Obelis, el fornido mago de Tierra.

    —Vamos, hijo. Sé que puedes hacerlo.

    A duras penas pudo aguantar las lágrimas Selta que, asintiendo, se propuso desde ese momento convertirse en el escudo de aquella peculiar familia viajera. Y, ya de paso, lograr algún día no desmayarse cada vez que ocho ojos le observaran.

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3. La aracnofobia es un miedo muy común. Haz que tu protagonista la padezca.

miércoles, 12 de agosto de 2020

2: Kill Baltasar (vol. 3)

    Sí, este soy yo. El Niño que ahora espera apostado tras el sofá que compró mi padre hace tres semanas. Hacía frío. Mucho frío. La estepa siberiana era un horno de leña comparado con el frío que producía, sin que nadie osara ponerle los puntos sobre las íes, ese sucio aparato de aire acondicionado. Solo un maníaco sería capaz de encender ese trasto en invierno, pero qué sabré yo lo que puede pasársele por la cabeza a un maníaco… 

    Pues claro que lo sé. Sé perfectamente lo que es lidiar con una mente torcida, lo que es que tu cerebro sea manipulado por una voluntad atroz… Lo que es que jueguen con tu infancia, hasta hacerla añicos a mordiscos y patadas. Si, con esto que describo, aún no sabéis quién soy… ah, amigo mío, cómo envidio tu inocencia. Permíteme que te la arranque: yo soy el Niño que se quedó sin regalo de Reyes.

    Imagino tu cara descomponiéndose, al más puro estilo de Munch, al recibir en tus ojos tan desgarradoras, mas verídicas palabras. Sí, así es. Se me fue negado un derecho universal, supuestamente irrevocable. Se me fue negada, ¡a mí, se me fue negada! La felicidad que todo niño debería disfrutar en una fecha como esta. ¿Mi historia quieres escuchar, infeliz? Mi historia te contaré, pero no intentes culparme de lo que te ocurrirá en cuanto termine de impregnar tu memoria de tales perturbadores recuerdos.

    Corría el año… ya ni recuerdo el número con exactitud. Espera, sí que lo recuerdo, si hago memoria… dos mil diecisiete. Siento mi poca pericia mental, cuatro años hacen estragos en el entendimiento del más pintado. Tres, que diga, disculpadme de nuevo. Pues eso, corría el dos mil diecisiete. El cinco de enero, para ser precisos. Ah, aún recuerdo, de tiempo en tiempo, un leve reflejo de lo que significaba ser feliz. Amigo, si vas a quedarte con algo de todo lo que te relate, que sea lo siguiente: atesora tu felicidad. Es un bien que el dinero no puede comprar. Bueno, en verdad sí, pero esa es otra historia. No, espera… esa es esta historia. Que me enrollo como una alfombra, dices… Tiene gracia. Sí, muchísima gracia…

    Cuando mi alma aún era capaz de albergar esa esencia, que la gente como tú llama esperanza, mi corazón deseaba con todas sus fuerzas poseer algo maravilloso. Los cantos de las… ¿nueve… musas…? ¿Eran nueve…? Bueno, las que sean, los cantos de las más o menos nueve musas no podían comparar su belleza ante el resplandor plateado que producía el contacto del astro rey con el deslumbrante metal de aquel patinete eléctrico. Ese escaparate, olimpo de la automoción ligera, servía como trono agamenónico de aquel prodigio de la tecnología. Speed Volt. El nombre en su bien encerado mástil era High Speed Volt, pero por algún motivo, preferí llamarle Speed Volt. A lo mejor si se le llamara High, la gente le llamaría, a mi veloz paso junto a ellos, ‘el Higo’. Esa es la razón por la que le llamé Speed Volt. Nada malo con llamarlo ‘el Higo’, pero no parecía un higo, parecía un Speed Volt. Entiendo que suene extraño, y tendrás que confiar en mi salud mental, amigo, aunque entiendo también que esto te suene a locura. Sin embargo, este pensamiento es de las pocas cosas que aún me mantienen cuerdo. O lo que más se le parezca.

    Presto me dirigí a mi padre, que se preparaba un cigarro con parsimonia. Pedile y pedile sin parar, pedile como nunca había pedídole nada en mi corta pero dura vida. Él me miró, sonriente. Con esa sonrisa que inspira confianza, pero no mucho. Abriendo su boca, coronada por ese mostacho con forma de murciélago, contestó:

    —Claro, hijo, mañana Baltasar te traerá tu patinete.

    Baltasar. Ese nombre. Ese conjunto de letras… cuánto daño, cuántas noches sin dormir, acuciado por las pesadillas que me producía, noche sí y noche también, ese conjunto de letras. El rey mago. El rey de la discordia, siniestro monarca de la decepción y la crueldad. El mago, ilusionista del engaño, malvado brujo que me maldijo desde esa misma noche. Desde aquella madrugada, todo en lo que había creído se desvaneció. Y todo… todo por Baltasar.

    Y una alfombra. Sí, has leído bien, amigo, una alfombra zaparrastrosa. Bueno, tú la llamarías alfombra. Yo prefiero llamarla por su nombre de pila: Destino. Pues iba yo dichoso, llegando a casa a brinco pelado, sabiéndome vencedor, depositando toda mi confianza, ¡mi confianza!, en aquel mitológico mago de Oriente, domador de camellos, donador de mirra, mientras bebía un batido helado… de vainilla y caramelo, sí. El chocolate nunca me ha gustado, aunque la nocilla sí. Curiosidades de la psique de alguien como yo, qué más quieres. Pues eso, que orgulloso marchaba, con mi vaso de plástico balanceándose a mi son, la pajita moviéndose de forma circular y uniforme alrededor del vaso, cual patinadora de velocidad, cuando la historia me puso en mi sitio. Cual Ícaro, caí de mi nube de vanidad, desplomándome sobre la dichosa alfombra, con tan mala suerte que el líquido semicongelado se filtró por los poros de esta, formando una mancha muy fea. En mi caso, las alas de Ícaro fueron mis cordones que, en mi soberbia, había elegido no atarme, ya que consideraba que el camino del coche a la casa era un sendero sin piedras lo suficientemente grandes o duras como para hacerme tropezar. Pero tropecé, amigo, tropecé de la forma más patética que puedes imaginar: con la sonrisa aún dibujada en el rostro, cuyo pincel no era otro sino el recuerdo del patinete deseado.

    Bronca curiosa cayó de mi padre. Que si sacar eso le iba a suponer un esfuerzo increíble, que menuda había montado… Lo de siempre, el castigo verbal leve, consecuencia de mi error. Pero lo que dijo a continuación, heló hasta el último capilar sanguíneo de mi cuerpo. Ruego discreción, pues esta expresión que voy a formular a continuación puede herir sensibilidades inexperimentadas.

    —Baltasar está mirando. Solo digo eso…

    Baltasar. Oh, cómo duele solo recordarlo. Me permitirás un momento para… vale, ya estoy algo mejor. Lo dicho, con esas ominosas palabras, mi padre terminó su regañina. Pobre de mí, que no sabría el significado de tan críptica amenaza hasta que fue demasiado tarde. Sin mucho más espectáculo por ambas partes, la cena fue servida. Un guiso de ternera con alguna verdura que otra. Guisantes. Sí, guisantes verdes flotando entre trozos de carne a medio cocinar. Mi padre siempre ha sabido que no me gustan los guisantes. Quizás por eso esta noche me los puso. Para avisarme de lo que tenía que ocurrir. Ingenuo de mí, me los comí sin rechistar. Sabían a derrota. Y a legumbre cruda.

    Una vez estuve bajo las sábanas, recibí mi tercer y último aviso. Como un profeta al que nadie quiso escuchar, se acercó a darme las buenas noches y, antes de apagar la luz, soltó su bomba:

    —Duerme pronto. Si no, Baltasar no vendrá.

    Ese fue mi gran error. No pude pegar ojo en toda la noche, esperando con ferviente emoción el momento en el que el alba devorara la oscuridad de la noche. Saltaría de mi lecho, con los ojos salidos de sus órbitas, correría al salón y allí estaría. El bueno de High Speed Volt, saludándome con ese maravilloso manillar encuerado. No dormir durante la noche tenía consecuencias letales para la salud, pero en aquel momento aún era un niño ilusionado, que daría su vida por su patinete eléctrico. Así pues, esperé a que la luz del Sol atravesara como un colador la persiana que, sin éxito, pretendía protegerme de un brillante despertar y, tal y como despierto lo había soñado en las últimas horas, galopé hasta llegar donde, como un corcel blanco, se encontraba mi patinete…

    Patinete. Sí, patinete, y punto. Era un patinete, sin más. Blanco como una tiza a medio acabar, con ruedas toscas, en comparación a los dos círculos áureos que eran las de mi soñado Speed Volt. Y hablando de Speed Volt, nada parecido a eso había rotulado en su mástil, sino ‘Deportes Paco’. Lo reconocí al instante. El establecimiento Deportes Paco era una tienda de deportes churripuerca del centro comercial. Baltasar… ¡Baltasar había ido a Deportes Paco! ¡Había hecho la decisión consciente de, no solo pasar de largo de la tienda que alojaba a Speed Volt, sino entrar en una tienda de segunda, a comprar, robar, tomar mágicamente, como demonios sea, un patinete que, poco le soplaras, se caería en pedazos! ¡Baltasar me había hecho eso! ¡Conscientemente, digo!

    Mi padre me soltó una excusa, más barata incluso que el patinete:

    —Baltasar se habrá equivocado, hijo. A ver si para el próximo año se lo puede permitir.

    ¡Y un rábano, el próximo año! ¡Tres años, tres! Tres años que se ha dedicado a jugar con mi corazón. Tres años en los que el brujo de Oriente ha estado eludiendo sus responsabilidades, hacia mí. ¡Tres años amargándome la vida, destruyendo mi salud mental, convirtiendo mi existencia en la pantomima que es ahora!

    Pero eso acaba hoy. Él me cree hundido, acabado. Pues no es así. Desde luego, no es porque él no lo haya intentado, eso seguro. Aquel patinete me transformó en el monstruo que soy ahora. Un monstruo que ha perpetrado su buen cúmulo de atrocidades. Desde aquel momento, me convertí en lo que los anuncios de quitagrasas llaman ‘grasa acumulada’. Porque da igual cuanto intenten frotarme, yo siempre estoy ahí. Puede que no recibiera regalos estos últimos dos años, pero en cada noche de Reyes, me llevé un trofeo. La barba blanca, y la barba castaña. He acabado con la vida de dos personas para llegar hasta donde estoy. Solo me queda uno. El último.

    Al cual espero esta noche. El último que me falta. Y cuando lo vea llegar, montado en su dromedario… voy a matar a Baltasar.

    Ya puedo oírlo, con sus sucias pisadas, cubiertas de arena del desierto. Es mi momento. Lo siento, padre, por haber dudado de ti. Es evidente que estabas siendo coaccionado. Pero hoy, esta familia sale del ciclo sin fin de violencia y muerte en el que él nos introdujo hace exactamente tres años. Ya viene el Rey Mago, caminito de su fin, olé olé Holanda, olé. ¡Holanda ya se…!

    Un momento… No puede ser… Tú…

    —¡High Speed Volt! ¡Papá, despierta, Baltasar me ha traído mi patinete! ¡Gracias, Baltasar! ¡Gracias, papá!

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Reto 2: Escribe una historia que ocurra durante el Día de Reyes.

domingo, 9 de agosto de 2020

Reto Literup: presentación

     ¡Hoy toca mensaje! Tengo un par de anuncios muy importantes, así que vayamos al grano:

    - Lo primero, desde hoy comienzo (aunque un pelín tarde, no lo negaré) el Reto de los 52 relatos de la editorial Literup. Este reto consiste en, teóricamente, escribir un relato cada semana, siguiendo las 52 directrices que en la propia página indican, con el objetivo de escribir un relato por semana del año. En mi caso, empiezo casi ocho meses tarde, así que me organizaré como explico en mi segundo y último punto.

    - Cada semana, escribiré dos relatos de este reto, que se publicarán todos los miércoles y domingos. Por tanto, las mini historias del Proyecto Kamila y Needle and Silk se irán alternando, de forma que si lo último que escribí antes del reto de la semana era el fanfic, luego vendría una mini historia, y viceversa. Espero haberme explicado bien, jejeje.

    Pues eso sería todo. Tenéis las reglas del reto, por si os animáis, en la siguiente página: https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2020/

    ¡A disfrutar, y espero que os guste lo que está por venir!

1: La usurpación fallida

    Jamás vieron las paredes de la Fortaleza una frivolidad como la de aquella celebración. Casi asfixiadas se encontraban, por los innumerables mantos bordados con el escudo de la Orden de Guerra, las piedras que sostenían el símbolo de un poder ya marchito, tras la independencia de la mayoría de sus territorios en el norte. Música de laúd repiqueteaba insistente por cada rincón del palacio, mientras los invitados hacían como que disfrutaban de una velada que ya se hacía difícil de soportar.

    —¿Y cómo se ha tomado el general Bisho la independencia… —comentaba una oronda señora, vestida con un opulento vestido de tonos rosa chillón— ...Majestad?

    —Intuyo cierto resquemor en sus palabras, doña Carma —respondió con vehemencia la aludida, una mujer de ojos caídos, con una pequeña tiara sobre su cabello moreno, recogido en un moño.

    —¡Doña, dice! —soltó una sonora carcajada—. ¿Tanto te avergüenza ser mi hermana, Luisa?

    —No, pero lo que sí me podría avergonzar es no seguir el protocolo. Vengo en representación de Equia, y debo…

    —¡Ay, queridísima, todo el día con el protocolo en la boca! —le interrumpió—. ¡Estamos de fiesta, Luisa, muestra algún tipo de emoción, Kayr bendito! ¡Hasta ese vestido que llevas es más alegre que la cara que estás poniendo, hija!

    —No sé qué hay que celebrar —contestó, apartando la mirada hacia el fondo de la sala.

    El general Bisho, un cincuentón de anchas espaldas y prominente mostacho repleto de canas, charlaba con algunos de los invitados, todos miembros de la alta alcurnia del reino. Entre cócteles y risas falsas se divertían familias acaudaladas, capitanes de regimiento y terratenientes agrícolas. Entre la multitud, se podía encontrar alguna oreja picuda, rasgo inequívoco de mestizo de humano y elfo. Por supuesto, ningún ser mágico que no fuera mago artesano licenciado, o la comitiva de Turco Turco, el dueño de las minas del noreste, pisaría una losa de la Fortaleza aquella noche. Ese mismo Turco Turco, con su piel casi negra y sus orejas en forma de puñal, era uno de los ilustres que conversaban con el general, como un grupo de hienas repartiéndose un cadáver recién encontrado.

    —Pues sí, he enviado a mi hijo a la Torre. ¡Mi Loge tiene talento para los truquitos, y hay que aprovecharlo!

    —No digo que no vea las ventajas de que se curta, amigo Turco —carraspeaba Bisho, limpiándose de vino la comisura del labio, con la manga del traje—, pero… ¿con los lanzahechizos? No te tenía por un simpatizante de esa gente.

    —¡Jojojo! —rio con ganas el minerio—. Si te digo la verdad, no me fío un pelo de esos raritos con túnica. Pero, aparte de que consiga más poder, que nunca viene mal... —dio un generoso trago a su copa—. ¡Qué bueno está este vino, por Kayr! Como decía, que aparte de eso, así el cabezón hace amigos. No le falta talento como empresario, pero me ha salido especialito para lo que viene siendo las relaciones sociales.

    —Yo preferiría estar solo antes que ser amigo de un lanzahechizos, pero cada cual con su prole… —se encogió de hombros, sonriendo—. ¡Sagro, aquí, acércate!

    Un joven vestido de negro, de cabello rubio coronado por una diadema plateada, hizo caso de la llamada del engalanado general.

    —¿Me llamaba, señor? —preguntó con voz apagada.

    —¡No veo otro Sagro en esta sala, Majestad! —se burló Turco, levantando la copa—. ¡Bebed con nosotros!

    —Turco, no seas becerro —le reprendió, bromeando—. Dime, ¿cómo llevas lo de tu padre? ¡Gran hombre, Fermio, y mejor guerrero! ¿Sabías que luchamos juntos en el asedio de la Primera Cuenca?

    —Sí, me lo había contado en otra ocasión —fue su lacónica respuesta.

    —Entiendo que cada uno supere el duelo como y cuando pueda, pero han pasado ya diez años, Majestad —resopló el minerio, ignorando lo que iba a decir—. ¿Cuándo os coronaréis rey? Un reino descabezado está condenado al fracaso, y más si es recién nacido.

    —Con todo el respeto, señor Turco —Sagro le clavó su mirada azul—, a Septonia no le falta cabeza. Mi hermana y yo reinaremos cuando la memoria mi padre deje de ser un lastre en nuestro entendimiento. Pero, aunque rey no sea, líder seré para mi pueblo. Además, Enda tampoco tiene un rey legítimo, y de sus cenizas resurgió tras la guerra.

    —Hasta hoy dirás, querido amigo —sonrió ampliamente el general.

    —Sí, hasta hoy. Si me disculpan, señores, voy a hablar con mis hermanas.

    Sin dejar al resto responder, se dio la vuelta, cogiendo su capa para no tropezar con ella, y caminó entre parejas bailando al son del repetitivo repiqueteo de la cuerda pulsada. Tras minuto y medio de codazos y reprimendas, logró llegar a la otra punta de la sala, donde Carma y Luisa le esperaban.

    —¡El que faltaba para la parejita de luto! —vociferó la primera, abanicándose con fruición.

    —Sí, hola… ¿Cómo os encontráis, Majestad?

    —Muy acalorada, y casi sorda, príncipe —contestó en voz baja Luisa—. Aquí doña Carma y yo conversábamos sobre la validez del acto que hoy tendrá lugar.

    —¡Que repipis os ponéis! —se quejó la vestida de rosa—. Pero sí, me parece de cara dura lo que pretende hacer el general.

    —Justo acabo de hablar con él y el señor Turco, de las Cuencas. No es de buen gusto airear opiniones ajenas, pero tampoco lo es acusar de falta de mando a un reino cuando toda esta parafernalia se ha montado con el único motivo de adjudicarse a sí mismo algo que no es.

    —No es de nuestra incumbencia cuestionar los actos de nuestro huésped, hermano —suspiró Luisa, cerrando los ojos—, pero mentiría si dijera que no me disgusta el camino que lleva el gobierno de este reino. Aparte de lo inmoral que resulta la autocoronación de un regente, la fanfarria con la que piensa hacerlo me resulta… —se llevó la mano a la boca, como intentando reprimir la palabra que iba a soltar.

    —¡A él si le llamas hermano! —le miró con resignación—. A mí lo que me parece de risa es que piense más en atribuirse poderes que en tramitar la independencia de Meridia. ¡Los hay con poca vergüenza! —esto último lo dijo en voz alta, por si lo oía quien tenía que oírlo.

    Un cuerno hizo callar a todos los instrumentos y voces por igual. El general Bisho se despidió de Turco y ocupó su lugar en el trono del palacio. Todos se dispusieron en filas, para escuchar lo que tenía que decir.

    —Amigos, hoy es un día histórico —comenzó, rascándose el mostacho—. Bien es cierto que mi actitud es criticable, pero lo que hoy tendrá lugar es algo que debía ocurrir antes o después. Largos siglos hemos esperado al legítimo Rey, pero nunca apareció. No apareció durante la guerra, no apareció cuando la Fortaleza fue destruida, ¡no está entre nosotros, a día de hoy! Es por eso que, para asegurar la paz y la gobernabilidad estable del reino, he decidido autoproclamarme Rey de Enda.

    —¡Desvergonzado! —le acusó un joven fraile—. ¡El destino te castigará por no seguir los designios del Viajero!

    —Que lo saquen de aquí de inmediato —sentenció el general, visiblemente incómodo.

    Un grupo de aprendices de guerrero agarraron por los brazos al fraile, llevándoselo fuera de la Fortaleza entre gritos de blasfemo e impío.

    —Bueno, una vez olvidado este desafortunado incidente, continuemos… ¿Su Eminencia?

    Un anciano jorobado, vestido de túnica morada, llegó a trompicones al trono, cargando con una corona dorada, cubierta de filigranas plateadas.

    —¡La Iglesia de Cayr aprueba, en contra de lo que mi subalterno clamó momentos antes, esta coronación! ¡Al no llegar a nosotros un heredero legítimo, no queda sino admitir que el designio del Viajero es que, hoy día siete del tercer mes del año trescientos veintiuno d. L., sea ascendido al trono al regente Bisho Quimo, general y Comandante de la Orden Guerrera de Enda! ¡Viva el Rey!

    —Su Eminencia, eso es para después de la coronación… —susurró el general, sudando un poco.

    —Esto… ¡sí! Apoya la rodilla en el suelo, general.

    Hizo lo que le pidieron. Los hermanos intercambiaron miradas de desagrado. No solían estar de acuerdo en nada, pero aquello era demasiado obsceno. Con una sonrisa de seguridad, el regente bajó la cabeza.

    —¿Prometes reinar con disciplina, pero compasión? ¿Con justicia, pero honestidad? ¿Con autoridad, pero empatía? ¿Puedes prometer todo esto? —preguntó con solemnidad el sacerdote.

    —Lo prometo, lo prometo, lo prometo —respondió, meneando el cuerpo con cada golpe de voz.

    Solo un paje real, situado tras el trono, pudo ver, de soslayo, como el general cruzaba los dedos a escondidas. Aunque su primer impulso fue exponer la mentira, supo cerrar el pico. Las penas por injurias a la autoridad eran lo suficientemente terribles como para guardar silencio. Solo Kayr sabía lo que le esperaba al frailecillo que antes interrumpió el discurso del general.

    —Muy bien, levanta la cabeza, general —eso hizo, con la esperanza pintada en el rostro—. ¡Por el poder que me otorga la Iglesia de Kayr, yo, el cardenal de Enda, desde este mismo momento, te corono…!

    El portón de entrada, que desde el principio de la velada había permanecido cerrado, se abrió de golpe. Un pastor, vestido de lanas, corrió por el salón, perseguido por la guardia. Algunos nobles ponían cara de circunstancia al paso del recién llegado, como apestados de su esencia de campesino. Cuando por fin lograron apresarlo, lo llevaron ante el general Bisho, cuyos ojos estaban inyectados en sangre.

    —¡¿Quién te crees para irrumpir así en la coronación de tu futuro rey, paleto lanudo?! —aulló, escupiéndole en la cara más de una gota de saliva.

    —General, vengo con una noticia muy importante… —comenzó el labriego, ahogado por la carrera.

    —¡¿IMPORTANTE?! —dio un pisotón—. ¡¿QUÉ HAY MÁS IMPORTANTE QUE LO QUE HAS INTERRUMPIDO, DESGRACIADO?!

    —La Espada… La han sacado… La Espada…

    Todos aquellos que lo escucharon, desde el general, pasando por el cardenal, la guardia que lo retenía, hasta el paje, palidecieron al instante. Aprovechando que aflojaron sus manos, logró liberarse y dirigirse a los atónitos invitados, exclamando como un lunático.

    —¡La Espada ha sido sacada! ¡Ha sido un niño! ¡El niño ha sacado la Espada! ¡El niño… es el Rey! ¡Ha llegado! ¡Viva el Rey de Enda!

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1. Haz una historia sobre un baile multitudinario.

La niña de los vientos II

    El sol aún no se había levantado desde el Yaripon, cuando tres golpes fuertes y uno suave repiqutearon en la puerta de ligera madera. So...