viernes, 21 de agosto de 2020

La niña de los vientos II

    El sol aún no se había levantado desde el Yaripon, cuando tres golpes fuertes y uno suave repiqutearon en la puerta de ligera madera. Sonoda no despertó entonces, sumida en un profundo sueño, fruto del agotamiento mental. Sin mediar palabra, su padre corrió la puerta a un lado con brusquedad, produciendo un ruido seco que la hizo saltar de su cama. Poniéndose muy recta, hizo una profunda reverencia.

    —¡Lo siento mucho, padre! ¡Estaba cansada, y no oí...! 

    —No hace falta que continúes. Vístete, y ven a la sala de entrenamiento. Te espero allí en cinco minutos —fue lo único que dijo el alto aeonio, qué vestía una capa en la que guardaba, plegadas, sus enormes alas blancas.

    Ataviada con una túnica blanca, con un cinturón plateado, se dirigió con presteza a la enorme estancia. Su hogar, el Templo Sacro, tomaba la forma de una suntuosa pagoda de tres pisos. Construida casi en su totalidad por madera de árboles endémicos, de madera pálida, sus altos techos estaban decorados por infinidad de filigranas en forma de pequeñas plumas, sobre un color rojo intenso. El mobiliario era sobrio, ya que los aeonios tenían una tradición de desapego muy arraigada, tras siglos de aislamiento del resto del mundo. 

    Los aeonios eran una raza que, desde la misma concepción del mundo, cerraron sus fronteras al resto de seres. Hay muchas teorías con respecto a la razón por la cual tomaron esa decisión. Algunos suponían que se debía a su desprecio hacia toda clase de violencia, lo cual les obligó a proteger su territorio, Aurihon, de las Guerra que se avecinaba entre seres mágicos e inocuos. Otros, con malicia, aseguraban que se trataban de prepotentes narcisistas, que decidieron negar la comunicación con el exterior por miedo a que su noble linaje pudiera ser mancillado por algún sucio extranjero. La auténtica verdad, sin embargo, no era tan monocromática como asumían las malas habladurías. 

    El pueblo de Aurihon, si bien desde un punto de vista se podía admirar por sus valores, como la paz, la disciplina y la honra, tenía un lado sombrío que no era sino consecuencia de esos valores; el respeto incondicional a estos, forjados generación tras generación en sus mentes, traía de la mano una intolerancia absoluta hacia aquellos que, según su opinión, no fueran dignos. Además, existía en esos ideales una fuerte hipocresía, dado que, si bien no toleraban la violencia, sí la creían justificada si su objetivo final era eliminar aquello que, bajo su juicio, manchaba la dignidad de su especie.

    Sonoda, por lo tanto, era considerada por todos sus congéneres como una mancha. Una mancha a la que había que limpiar de la existencia, porque había nacido sin alas. Las enormes alas de garza que todos ellos lucían, cuya envergadura significaba el valor de cada individuo. Por tanto, si no había alas, no había dignidad. Daba igual que fuera la hija de los líderes políticos y espirituales de los aeonios, la Pareja Sacra. La realidad era que la niña, a ojos de todos ellos, era una herejía que no debía haber existido jamás. Estos pensamientos no dejaban de atormentar, día tras día, noche tras noche, a la chiquilla, que caminaba a paso ligero y algo asfixiada, hacia la estancia que su padre le había indicado.

    La sala de entrenamiento consistía en un extenso tatami de color blanco roto. En las paredes había colgados algunos objetos, como delgadas espadas enfundadas, sacos de arroz de diverso tamaño, y cuatro estanterías con pergaminos apilados. Eso era todo. La niña entró, sin poder disimular el temblor en sus piernas. En el centro de la habitación, su padre le esperaba, con expresión estricta.

    —Bien, has llegado a tiempo. Pero solo por seis segundos. No te confíes a la próxima.

    —No, padre... —susurró Sonoda—. ¿Por qué quería verme?

    —Siéntate, por favor.

    La niña obedeció al instante, sentándose con las piernas en cruz y la mirada atenta. Él hizo lo propio, y se aclaró la garganta.

    —Supongo que recordarás... —comenzó, bajando la vista—... lo que tu madre y yo te dijimos hace unos días, ¿no es cierto?

    —No puedo ir con los longeki... —respondió con un hilo de voz—. Pero padre, ya os dije que son los únicos que...

    —Es una pérdida de tiempo. No me repliques.

    —Sí, padre...

    —Escucha, Sonoda. Te voy a ser claro: el mundo ahí fuera no está hecho para alguien como tú —sentenció, sin que le temblara la voz—. Tu existencia es algo que... que no mucha gente ve válido. Eso deberías saberlo ya, pero quiero que estemos a la par en esto que te estoy diciendo. ¿Me sigues?

    —Sí... 

    Sonoda intentó llorar, pero las lágrimas no salieron. Quizá tenía tan enraizado en su mente esa idea, que ya lo veía como algo lógico. Que ella no debería existir. Que era un insulto a la inteligencia, una maldición para el mundo.

    —Bien, pues de eso quería hablar contigo... —se levantó—. A partir de hoy, dedicarás todos tus días a curtirte. Arriba.

    —¿A... curtirme dice...? —preguntó, mientras hacía lo que se le decía.

    —Sí. Has nacido con... una tara que difícilmente será aceptada por tus iguales, si es que eso llega a pasar. Así que debes consagrar tu vida a demostrar que, si bien nunca podrás ser una aeonia completa, puedes llegar a compararte con una, por méritos propios —se acercó flotando hacia la pared, y cogió una de las espadas que colgaban de ella—. Ven, y coge una.

    Sonoda volvió a obedecer. Corriendo a toda prisa, tomó la que estaba al lado.

    —Desenváinala —le ordenó, mientras él hacia lo mismo.

    Con mucho cuidado, poco a poco dejó escapar el brillo metálico de la hoja. Era una catana, una espada fina y extremadamente afilada. La meneó de un lado a otro, admirando el resplandor que reflejaba el sable al ser bañada por la luz solar, que se colaba por uno de los ventanucos situados en la parte más alta de la pared.

    —No es un juguete, así que deja de hacer eso —espetó el aeonio. Sonoda se puso recta, bajando el arma con presteza—. Aun así, siente bien la empuñadura. ¿Es cómoda?

    —Supongo, padre... Nunca había cogido una, así que no sabría que decir.

    —Es importante que te acostumbres a su textura, porque a partir de hoy, va a ser tu compañera de entrenamiento —ante la mirada interrogante de su hija, suspiró—. Quiero decir que, además de tu entrenamiento de canto y magia, también aprenderás el arte quendo, el arte de la espada.

    —Pero padre... ¿Por qué debería aprender a luchar? ¿No se supone que los aeonios somos una raza de paz? En el pueblo nadie...

    —Tú no eres una aeonia.

    Se tapó la boca, decepcionado consigo mismo. A pesar del cariño que profesaba a su hija, sus creencias le traicionaban más veces de las que le hubiera gustado reconocer. La niña lo miró, sin cambiar la expresión.

    —Lo que quería decir era que tú no eres una aeonia... como las demás —intentó arreglarlo—. ¿No te dije antes que debías esforzarte para compensar tu... carencia? Pues esta será la forma. Además, ¿no crees que demostrando al resto que eres capaz de empuñar un arma tradicional, acabarán tolerándote más y más?

    —Claro, hija —una mujer de avanzada edad, con el pelo celeste pálido, apareció tras el padre—. Es lo mejor que puedes hacer. Tienes que esmerarte para suplir tu déficit, ¿de acuerdo?

    Sonoda asintió. En su memoria apareció el bello torso escamado de Kaifu. Las verdes colinas. La hierba en la nuca. Una brisa se levantó a sus pies. Pero antes de que fuera a más, miró a sus padres. Le miraban como a un monstruo a punto de despertar. No. No les daría el gusto. Respirando hondo, sonrió de la forma más dolorosa posible, y desenvainó el sable, poniéndose en guardia.

    —No, así no, las piernas en un ángulo más abierto —respiró tranquilo el padre, mientras la madre se marchaba con cierta tristeza—. Venga, las manos más separadas. Y nada de arrugar la cara.

    —Sí, padre...

    

jueves, 20 de agosto de 2020

Needle and Silk: VII

 

    

    Vale, esto es ciertamente inusual. Como dije que haría, me preparé a conciencia  me dirigí como el rayo a las profundidades de los territorios de la raza fúngica, donde viven las Mantis. Al llegar, algunas de sus súbditas me pusieron las cosas difíciles, ya que no me reconocieron al instante. O tal vez estarían aburridas, de que no ocurriese nada. No las culpo, conozco muy bien esa sensación. Por suerte, algunas mantis de mayor rango me recibieron con su tradicional reverencia, regañando a las larvas que intentaron atacarme antes. A pesar de su ferocidad en combate, como ya dije con anterioridad, el honor es una virtud que esta tribu atesora desde hace épocas, y saben reconocer y admirar a los grandes guerreros, entre los que, dejando aparte la modestia, se encuentra una servidora.

    Una comitiva me escoltó hasta la sala de los tronos, en los que las tres hermanas Mantis, líderes de la tribu, me esperaban, imponentes. Tras una reverencia, me preguntaron el motivo de mi llegada. Relatándoles mi encuentro con el fantasma, noté como la más joven se ponía algo nerviosa. Mientras sus hermanas me escuchaban sin mover una sola extremidad, noté como su lanza temblaba entre sus patas delanteras. Un detalle tan baladí no pasó, sin embargo, desapercibido por mi parte, así que le pregunté la razón de su intranquilidad. Aunque al principio las otras le instaron a que no dijera nada, quizá para no interrumpir mi explicación, al final acabaron por desvelarme lo que ocurría: el fantasma les había derrotado. A las tres.

    La mayor tomó la palabra, entonces. Me contó, según recuerdo (dado que transcribir su declaración me resultaría imposible, pido perdón por adelantado por mi falta de certeza), que apareció por la noche. Haciendo vigilancia se encontraban sus más avezados guerreros. Muy pocos, sin embargo, sobrevivieron. En un principio me costó creerles, ya que no me imaginaba al fantasma evitando las garras veloces de insectos tan letales. Mis dudas se disiparon cuando me revelaron que tenía en su poder una capa de ala de polilla. Me costó unos tres segundos adivinar donde la había conseguido. Fue por mi culpa. Por marcharme de la batalla tan rápido, saqueó el cadáver de su hermano, que debió obtenerla antes de enfrentarse a mí hace tanto que ni me acuerdo.

    Como decía, esa capa le permitía moverse con gran agilidad, lo cual le dio la movilidad necesaria como para evitar los sincronizados ataques de las Mantis. Mencionaron también el hechizo de espíritu vengativo, lo cual me hace imaginar que ya lo domina a la perfección. A la pregunta de qué hicieron tras caer derrotados, me respondieron con un simple 'con honra le permitimos continuar su camino'. Sentí una frustración indecible, pero sabía que no valía la pena luchar contra las arraigadas convicciones de la tribu. 

    Lo que ya acabó con mi paciencia. fue conocer que le habían permitido llevarse una garra de mantis. Furiosa, no pude evitar reprocharles no solo su actitud pasiva ante la llegada de alguien como él, sino su intención de ayudarle en su empresa con una herramienta así. Su lacónica respuesta fue, tal como esperaba: 'Él la cogió, y nosotros no le detuvimos. No podemos negar algo así a un guerrero de su calibre'. Se admira a las Mantis por su fortaleza mental, pero en ese momento me parecieron la especie más estúpida de Hallownest. Contando a los pustulosos, por supuesto.

    Sea como fuese, les expresé mi deseo de entrenar con ellas, que aceptaron de inmediato. De hecho, esto lo estoy escribiendo desde una pequeña celda que me han cedido, mientras se preparan para nuestro duelo, que tendrá lugar en breve. He de decir que es más cómoda que la colcha de musgo a la que estoy acostumbrada. Bueno, ya llaman a la puerta, debe ser un paje avisándome de que va a comenzar esto. Volveré al terminar el enfrentamiento. A ver si con el fragor de la batalla consigo olvidarme un poco del revés que supone que ese fantasma siga libre, ahora más peligroso que cuando lo encontré.

    

martes, 18 de agosto de 2020

Alevín escarlata

     La niña se recostó sobre el regazo de su madre. Solía ser un trasto, todo el día nadando de un lado para otro, sin hacer caso de los que ni ella ni su padre, agotado tras un largo día en el Congreso, le decían. Pero aquella hora, las once de la noche, en la que solo la luz que emitía la pequeña lámpara de micropeces iluminaba la habitación de la pequeña Loza, todo parecía alcanzar al fin la calma.

    Loza era una cerúlida. Sus padres, su hermano, y gran parte de los habitantes de la república de Aquoria, también lo eran. Perviviendo como una civilización subacuática, hundida en el lecho de Lago Grande, Aquoria era una potencia mayor en el mundo. Sus habitantes, los cerúlidos, eran una raza mágica, adaptada a la perfección a la vida bajo el agua. De un color azul intenso, que se iba apagando según el individuo envejecía, tanto sus manos como sus pies estaban dotados de membranas retráctiles, que podían dejar libres para nadar a velocidades increíbles. Además, retráctiles eran también unas estructuras en el cuello, a las que llamaban 'vitaquia', aunque eran, en definitiva, unas branquias que podían abrir o cerrar voluntariamente. Al abrir la vitaquia, cerraban el conducto respiratorio pulmonar, y viceversa, por lo que estaban adaptados a la vida anfibia. A pesar de que, en tierra firme, necesitaban cierta cantidad de humedad en el aire, sin la cual su piel se secaba, produciéndoles mucho dolor. Para rematar su aspecto casi alienígena, sus orejas, semejantes a cuchillos, podían desplegarse como las alas de un murciélago y moverse como remos, para facilitar el movimiento acuático, y unas membranas translúcidas, de un color turquesa claro por lo general, protegían sus auténticos ojos. 

    —¡Mamá, mamá, cuéntame otra vez lo de mi pelo! —pedía insistente la pequeña Loza, haciendo diminutas burbujas con la vitaquia.

    —Loza, ya te sabes la historia de sobra, ¿no quieres que te cuente algún cuento? —suspiró su madre, que lucía una larga cabellera púrpura.

    El pelo de Loza, por el contrario, tenía un color muy poco común entre los cerúlidos. Al contrario que los tonos fríos, más usuales, era de un color escarlata brillante. 

    —¡No, quiero lo de mi pelo, mamá! —volvió a insistir la niña, rebotando con suavidad en la cama.

    —Vale, vale, lo que tiene que hacer una... —se recolocó la bata, y comenzó:— Como otras veces te he contado, cuando saliste del huevo, te costaba respirar por la vitaquia. ¿Por qué era? A ver si te acuerdas...

    —¡Porque la tenía tapada! —gritó, entusiasmada—. ¡Y por eso me llevasteis a tierra firme!

    —¡Sí, ya desde enana saliste mal, Lozeta!

    La chiquilla clavó su mirada en la puerta de su habitación. Un joven cerúlido, de cabello violeta, estaba agazapado tras la entrada, serpenteando con gesto malicioso.

    —¡¿Tú qué te crees que haces en mi habitación, estúpido?! —gruñó Loza, irguiéndose con aspecto amenazante, abriendo las membranas de las orejas.

    —Tampoco estoy dentro. ¿Qué pasa, se te han empañado las membranas como ayer? —se burló el recién llegado.

    —¡¡Que te vayas!! 

    —¡Ya está bien los dos! —exclamó la madre—. ¡¡Lirone, ayúdame con estos dos!!

    Lirone, un esbelto cerúlido, aunque encorvado por el cansancio, se dejó ver por el pasillo.

    —Niños, hacedle caso a vuestra madre, no me seáis gorgones...

    —¡Pero si no he hecho nada, papá! —se quejó el chico, haciendo aspavientos con los brazos.

    —A tu cuarto, Laúd. Ahora.

    El joven guardó silencio. Haciendo una última mueca, que enervó a Loza aún más, se marchó a su habitación, silbando.

     —¿Por qué tenéis que llevaros tan mal, tu hermano y tú? —suspiró de nuevo su madre.

    —Porque el niño es un inmaduro, y tu hija salta a la primera de cambio, Lota —replicó Lirone, marchándose a trompicones, muerto de sueño.

    —No es justo, mamá. No para de meterse conmigo, y siempre nos reñís a los dos.

    —Es cierto que tu hermano puede llegar a ser... insoportable, para qué nos vamos a engañar —explicó Lota—. Pero tú también le respondes. Está muy bien que sepas defenderte, pero hay veces que tienes que aprender a... cerrar la boca, ¿entiendes?

    —Sí, mamá, ¡pero es que no quiero que se meta en mi habitación, ni que se burle de mí, ni que me llame 'Lozeta'! ¡Suena fatal!

    —A nadie nos gusta que nos hagan cosas que nos molesten, Loza —replicó, sonriendo como mejor pudo—, pero nosotros somos los que decidimos si mostrar que nos molestan. Te lo he dicho otras veces, pero si le demuestras a Laúd que no te importan un alga parda, tarde o temprano se cansara de chincharte.

    —Ya... ¡Mamá, cuéntame lo de mi pelo, vamos! ¡Que no me he olvidado!

    Rascándose los ojos, la madre bostezó. Por un momento miró la puerta, tentada de marcharse a dormir. Pero, al cruzarse su mirada con la de su hija, llena de esperanza, desechó ese pensamiento. Empujando con suavidad a Loza, para que se acostara, se aclaró la garganta, cerrando la vitaquia unos instantes.

    —Bueno, lo que te iba contando, una vez en tierra firme, te dejamos un minuto desatendida sobre la arena de la playa. Teníamos que preparar el material para despejarte la vitaquia de suciedad y restos del vitelo. 

    —¡Sí, sí, no hables de lo asqueroso, habla de lo que mola!

    —¿Recuerdas lo de 'cerrar la boca'? Pues eso... —le revolvió el pelo, que se quedó en suspensión, como una medusa flotando en el océano—. ¡Pero si ya sabes lo que pasa! ¿Para qué quieres que lo diga?

    —Me gusta escucharlo —le miró, esbozando una amplia sonrisa maléfica.

    —Pues en cuanto volvimos la vista... —Loza dio un salto, sin poder contener la emoción—. ¡un anfibio de lava te había escupido en el pelo!

    —¡¡Y entonces, se me volvió rojo!! —la niña se lanzó por toda la habitación a todo gas, haciendo piruetas en el agua como una descosida.

    —¡¡A ver en ese cuarto, que ya es tarde!! —gritó Lirone, lo más alto que le permitió su derrotada voz.

    —¡¡Eso, Lozeta, que todavía voy y te doy una colleja!! —chilló a su vez Laúd.

    Ni siquiera la provocación de su hermano hizo que la niña perdiera un ápice de su alegría. Lota se limitó a que la propia Loza se agotara y, tras cinco minutos de volteretas acuáticas, acabó por caer rendida sobre la cama.

    —Te quiero, mamá. Gracias por dejarme olvidada en la arena... —susurró, antes de caer dormida como un tronco.

    Lota le dio un beso en la frente y, tras asegurarse de que dormía de verdad, abandonó la habitación, nadando con sigilo. Cerrando la puerta, dejó escapar un poco de aire por la vitaquia, en señal de alivio y felicidad contenida, y fue a reunirse con su agotado marido, que aún revisaba algunos documentos que tenía que preparar para el día siguiente.

lunes, 17 de agosto de 2020

Needle and Silk: VI

    


    No creí que este diario, en el que solo me planteaba contar si me encontraba algún mosquito tocanarices o algún hongo rebelde en mi camino por los túneles de Hallownest, sería testigo de la llegada de un fantasma. Lo había planteado más bien como una bitácora de incidencias menores. Pero entre el viajero sin memoria, y ahora esto, parece que cierto viejo enemigo ha vuelto a ponerme en mi sitio. Para los lentos, me refiero al destino. Sí, ese del que tanto hablo últimamente. 

    Aún me cuesta asimilar lo ocurrido hace días. Ya al menos entiendo, en cierta forma, algunas de las cosas que ocurrieron durante nuestro combate. En primer lugar, he ido a hablar con ese loco de la cáscara en espiral. Efectivamente, mis sospechas se confirmaron: fue él quien le enseñó a realizar el hechizo que me derrotó. Espíritu Vengativo. Un proyectil compuesto del alma del portador. Por supuesto, solo aquellos como el fantasma pueden usarlo. Entre el hecho de que se le ocurriera mostrarle como hacer aquel conjuro a un fantasma, y su estridente y estúpida risa, tuve que hacer un gran esfuerzo por no ensartarlo. Decidí dejarle con vida, sin embargo. Quedan pocos como él, y mi derrota es culpa mía, y de nadie más. Matarlo no hubiera solucionado nada.

    Por lo demás, no hay mucho más. Es un fantasma, y como tal, su poder latente es descomunal. Quizá fui demasiado blanda. Puede que por lo débiles que eran sus movimientos, o por su apariencia infantil. Sin embargo, eso nunca me había detenido. ¿Por qué sí ahora? Bien cierto es que llevo unos días extraños. Todo lo que no había pasado en muchos años, está sucediendo muy rápido, ¿quizás demasiado rápido para lo que yo puedo soportar?

    Debo entrenar. Debe ser eso, llevo mucho tiempo sin mejorar mi técnica. Me he dejado llevar con el paso del tiempo, acostumbrada a enfrentarme a insectos menores. Tengo que ponerme al día. No flaquear. Recuperar la disciplina que semanas y meses de vigilancia pasiva me han estado robando. Y nada mejor para recuperarla que con las reinas de la disciplina y el honor en la batalla.

    Las Mantis. Ellas son la clave para que recupere el instinto guerrero. Una civilización que, sobreviviendo a todo reino que quiso subyugar su cultura, se mantiene, a día de hoy, como orgullosa adalid del honor, la técnica de aguijón, y las únicas que, a base de fuerza de voluntad y determinación feroz, no permitieron que la voz hiciera mella en sus sueños, por lo que están libres de infección. Son perfectas para la rehabilitación que debo llevar a cabo. Y lo mejor de todo, es que estoy segura que no rechazarán mi propuesta. Siempre están dispuestas a un buen combate a muerte.

    Así que allá me dirijo. Es posible que, con este movimiento, el fantasma esté haciendo de las suyas, pero a su paso, podré enfrentarme a las Mantis y estar de vuelta antes de que haga mayores descubrimientos. Al fin y al cabo, aún no parece que tenga la capacidad de trepar, movimiento indispensable para moverse con libertad por las zonas más superficiales de Hallownest. 

    Tiemblo de expectación al imaginar mi aguja volando una vez más.Mañana partiré a los Páramos. Lo reconozco, estoy genuinamente emocionada.

domingo, 16 de agosto de 2020

3: Aparta, bicha

    —Ocho ojos... ¿Por qué tienen que tener ocho ojos...?

    —¡Vamos, Selta, no te quedes atrás!

    Selta respiró hondo por decimonovena vez, y siguió arrancando enredaderas, tratando de seguir el paso a sus compañeros. Su largo cabello plateado no paraba de quedarse atrapado en las ramas y, cada vez que sucedía, no podía evitar sobresaltarse, imaginando la clase de ser que le podría estar reteniendo. El pelotón detuvo su andar, para esperarle.

    Llegados a un claro del inmenso bosque que llevaban atravesando durante días, decidieron montar campamento. El grupo lo componían unos doce mestizos, ataviados con pobres ropas de cuero, y seis sacos a rebosar, que flotaban suspendidos en el aire. Selta se sentó, agotado, mientras dos de los viajeros murmuraban unas palabras. Los sacos aterrizaron con suavidad, abriéndose. 

    —Selta, nada de descansar hasta que no hayamos preparado todo —dijo una mujer rubia, con su ceño fruncido.

    —Eso, hijo, no es momento de holgazanear. Debemos montar esto antes de que anochezca —añadió un robusto hombre, con la cabeza rapada.

    Selta miró al cielo. Desde hacía cuatro, negros nubarrones tapaban la luz del sol, así que la diferencia entre día y noche se limitaba a una leve disminución del brillo que lograba escaparse de aquel oscuro e imponente muro. Suspirando, se levantó y cogió un par de tablones, para empezar a montar la tienda.

    —Selta, ¿qué haces? —preguntó su padre, mirándolo con resignación.

    —Montar... la tienda, papá. ¿No lo ves?

    —Claro que lo veo, hijo mío de mi vida —respondió, empezando a desesperarse—. Pero lo que digo es que, ¿por qué te ibas a encargar tú de eso? ¿No crees que Bufú y Nimba pueden hacerlo en la mitad de tiempo?

    —Ya... —murmuró, temblando un poco—. Pero era por cambiar un poco, ya que siempre hacemos lo mismo.

    —¿Y por qué crees que hacemos lo mismo? —se acercó una chica joven, una de los dos que habían transportado el equipaje por el aire—. Bufú y yo somos los únicos magos de Aire, es normal que hagamos el trabajo duro, para que el resto ahorréis fuerzas.

    —Sí, eso mismo —sentenció Bufú, ya inmerso en su labor de construcción, haciendo revolotear la lona de la tienda, mientras clavaba la estructura en el suelo, usando corrientes de aire descendentes.

    El padre de Selta le miró, inquisitivo. El chico miró a sus espaldas, donde solo se extendía el bosque.

    —Papá, ya sabes que no tengo problema en ser quien vaya a buscar leña, pero...

    —¿Pero qué? ¿Tienes miedo de que te ataque una sombra? —rio otro de los integrantes, que moviendo las manos iba levantando una mesa cilíndrica de piedra.

    —No, no es eso, Obelis, sé que no hay sombras por donde hemos venido, pero...

    —¡Habla de una vez, hijo!

    —Pero nada, papá, ya voy yo.

    Dicho esto, dio media vuelta, adentrándose en la maleza. Su padre le dijo algo, pero no pudo oírlo. Ni quiso. Porque para qué iba a intentar entenderlo.

    Esto no era nada nuevo. Siempre le había tratado así, con esa condescendencia. Selta sabía, por supuesto, que su padre le quería. Sin embargo, todo lo que le decía llevaba impregnado ese tinte de pereza, de no esperar nada bueno. Todo era un 'inténtalo a ver si puedes', no un 'hazlo' y ya está. Y todo esto, los Pilares, la llegada de esos seres descomunales y la masacre de la Cuarta Cuenca, no había hecho sino aumentar exponencialmente la exigencia. 

    Y en otras ocasiones, aunque a regañadientes, le había hecho caso, porque sabía que el viaje que habían emprendido dependía de que todos ellos dieran el máximo de sus capacidades. Pero no en aquella ocasión. Una sombra, había dicho el imbécil de Obelis. Ojalá fuera todo eso. 

    Caminando con torpeza, saltando sobre grandes raíces y evitando arbustos, fue recogiendo las ramas más grandes que veía. No paraba de mirar a su alrededor, como buscando algo. Sin embargo, aquellos que buscaba no parecía querer dar la cara. Eso no hacía sino aumentar su desasosiego, pero no dejó de hacer lo que estaba haciendo. 

    Por fin, logró recoger suficiente madera como para que la hoguera aguantara toda la noche. Ya iba a darse la vuelta, cuando se dio cuenta de que había olvidado dejar un rastro para regresar. Aunque un escalofrío le recorrió la espalda, no perdió el control. Sabía que era tan fácil como lanzar una señal al cielo, y alguno de los magos de Aire vendría a rescatarlo. No era la primera vez que ocurría. Aunque su padre le echara la gran bronca, era preferible a morir de inanición en aquella maleza interminable.
Así pues, se dispuso a lanzar la señal, cuando frente a él descubrió... aquello que había estado buscando con tanto nerviosismo. Perdiendo la fuerza de los brazos al instante, dejó caer la madera.

    Ocho ojos. Ocho ojos observándole, sin apartar su vidriosa y múltiple mirada. Selta cayó de culo al suelo, pálido. Sobre una roca, una pequeña araña le escudriñaba sin hacer un solo movimiento. El chico comenzó a hiperventilar, deseando no existir. Su cuerpo se encontraba paralizado ante aquellos diez centímetros de tórax y abdomen peludos, aquellas ocho patas curvadas, aquellos ocho ojos, que parecían atravesarle el alma. 

    En posición fetal, deseó su propia muerte. 

    Fue entonces cuando recordó la razón por la cual estaba allí. Para recoger madera, para que su grupo se mantuviera caliente esa noche. Para que su padre comprobara al fin que podía confiar en su valía. Su único obstáculo, esa araña, que le contemplaba impertérrita. Sabiéndose ganadora. ¡Pues no! ¡Esta vez, no!

    —¡¡Aparta, bicha!! —aulló entre lágrimas y, apuntando con un dedo tembloroso, disparó un hechizo eléctrico hacía el arácnido.

    Escuchó un aullido desgarrador. Luego, el silencio. Selta se desmayó.

                                                                                                *

    —¡Hijo, venga para arriba!

    El chico dio un salto. Se encontró con los once, mirándolo con alivio. Era ya de día, y había vuelto al campamento, a salvo dentro de su saco de dormir.

    —Papá, ¿qué ha ocurrido...?

    —¡Has matado a una sombra, Selta! —exclamó Nimba—. ¡Nos has salvado!

    —¿Cómo...? Si yo no...

    —¡Vamos, hijo, no  seas modesto, no ahora! —sonrió su padre—. Es cierto que luego te desmayaste, pero Nimba lo vio todo cuando fue a rescatarte. ¡Has matado a tu primera sombra!

    Entonces, Selta lo recordó todo. El relámpago que había disparado hacia la araña se había desviado, dado su horrible pulso por el terror que sentía. Ese chillido que escuchó antes de caer... ¿Era una sombra? ¿De verdad había tenido tanta suerte?

    —Yo... solo quería matar a una araña, papá. No me merezco tu confianza...

    —¿Te has frito el cerebro, Selta? —suspiró, abanicándose con la mano—. Sea como sea, el hechizo que usaste fue suficiente como para abatirla. ¡Ahora sabemos que tú puedes encargarte de ellas, y no tendremos que evitarlas!

    —Pero eso fue... porque quería matar a la araña —explicó Selta, que no se veía con fuerzas para llevarse el mérito—. Creo que sentí tanto miedo, que deseé con todas mis ganas que muriera. 

    —Entonces... —le interrumpió Bufú, poniéndole la mano en el hombro—. Toca entrenar para poder alcanzar ese estado de nervios cuando lo necesites.

    —Eso, chico, necesitamos que seas nuestro... destructor, por así decirlo —añadió Obelis, el fornido mago de Tierra.

    —Vamos, hijo. Sé que puedes hacerlo.

    A duras penas pudo aguantar las lágrimas Selta que, asintiendo, se propuso desde ese momento convertirse en el escudo de aquella peculiar familia viajera. Y, ya de paso, lograr algún día no desmayarse cada vez que ocho ojos le observaran.

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3. La aracnofobia es un miedo muy común. Haz que tu protagonista la padezca.

jueves, 13 de agosto de 2020

Needle and Silk: V

    



    Me ha... vencido.

    Ese fantasma me ha vencido. No entiendo cómo ha podido pasar, pero lo cierto es que ha pasado. Él sigue de una pieza, y yo estoy escondida, como una vulgar mosca asustada, cosiendo mi capa como mejor puedo. No tiene ningún sentido. Espero que relatar lo sucedido me ayude a recuperar el aliento, y la consciencia propia.

    Como dije en mi anterior entrada, la partícula negra me avisó de lo que estaba ocurriendo. Un fantasma, un... hermano, había llegado a Hallownest. No es algo común, aunque no es el primero que escapa de aquel lugar. Ni eso pudo hacer bien el Rey. Algo tan sencillo como asegurarse de cerrar todas las puertas. A veces, me pregunto por qué me comprometí a proteger la Marca, habiendo otras salidas. No es mi labor quejarme de mi labor, así que prefiero dejar el tema. Como decía, no me costó dar con él. Como de costumbre, ahí estaba sacudiendo su aguijón como un trapo sucio, golpeando a los musgosos que se le acercaban. Debería haberle atacado entonces, pero mi honor me impidió aprovecharme de su desventaja. Además, parecía tan poca cosa... Quería al menos derrotarlo sin perder la dignidad.

    Así, me desplacé con presteza a una zona amplia del túnel. Allí, le esperé. En una esquina, la cáscara vacía de uno como él. A ese lo despaché, sin embargo, en poco más de un minuto. Son duros, no lo negaré. Los fantasmas suelen ser bastante resistentes, y eso que ocultan tras la máscara los hace muy cabezotas. Como moscas al estiércol, parece que su nido les llama. Es comprensible, por otra parte. Pero por comprensible que sea, no puedo permitirlo. Lo que intentan hacer es algo que va en contra de mi juramento. La razón por la que existo.

    Al fin, apareció. Con esos dos pequeños cuernos y esos ojos vacíos. Apuntando mi aguja hacia él, le impedí el paso. Como dije antes, no quería tener que luchar contra alguien así, pero lo que yo quisiera no era relevante. El fantasma no se arredró, empuñando su pequeño aguijón, dispuesto a luchar. Pobre, pensé. Luchar sin saber por qué se lucha es la peor pesadilla de un caballero. Además, tan solo era un niño. Aun así, mi brazo no tembló. Debía morir. Y yo debía ser quien lo matara. Así comenzó nuestro baile.

    Hay una razón de peso por la cual elegí esa sala para que fuera testigo de nuestro duelo. Las paredes eran perfectas para que pudiera agarrarme, y abalanzarme sobre él. El fantasma, por su parte, se movía de forma torpe de un lado a otro, evitando por muy poco cada acometida, saltando sobre mí, pasando por encima de mi aguja al lanzarla... Todo parecía un juego de niños. Sin embargo, algo no andaba bien.

    No conseguía alcanzarle. Aunque, como dije antes, todo era por muy poco, todo lo que intentaba fallaba. Y cada vez que lo hacía, me llevaba un aguijonazo en la máscara, en la capa... Dolía, pero no podía dejar que se saliera con la suya. Explosiones de sedal, estocadas sin tregua... lo intenté todo. Podría haber usado las trampas de pinchos pero, arrogante, las había dejado en el escondite. Había subestimado al fantasma. Y mi castigo por hacerlo llegó de la forma que menos esperaba.

    Un hechizo. Ese estúpido sabía usar hechizos. No sé si muchos o pocos, pero en un momento que, desesperada, me lancé contra él, me esquivó, poniéndose a mi espalda. Entonces, escuché un sonido desgarrador. Y luego, blanco. Una luz me tragó, golpeándome como si un edificio cayera sobre mí. En ese momento, sabía que había perdido.

Sin mediar palabra, huí como la inútil, cobarde, estúpida insensata que soy. Dejé al fantasma campar a sus anchas, mientras lo único que hago es lloriquear. No, se acabó. Hornet, no puedes perder la templanza de esta forma. Menos mal que tengo mi diario, en estos tiempos es complicado desahogarse con nadie, a no ser que desees que de tus penas se entere un insecto pustuloso sin cerebro.

    A partir de ahora, le vigilaré de cerca. Debo verlo como un experimento. Si es capaz de aprender hechizos tan fácilmente, puede que sea... Quien sabe. No quiero desear nada, ni esperar que algo ocurra. Pero esto es una señal. Sí, del destino que tanto aborrezco, pero llegados a estas alturas, solo me queda observar si es lo suficientemente fuerte como para enfrentarse a todo lo que Hallownest le tiene preparado.

    Solo me queda estudiar sus movimientos, y ser testigo de su avance. Si algo le ocurre, no pienso intervenir. Este es su camino, y debe recorrerlo en solitario, como todos. Pero si, aun así, es capaz de llegar a la tumba de ceniza... Bah, que estupideces digo. A seguir cosiendo.

miércoles, 12 de agosto de 2020

2: Kill Baltasar (vol. 3)

    Sí, este soy yo. El Niño que ahora espera apostado tras el sofá que compró mi padre hace tres semanas. Hacía frío. Mucho frío. La estepa siberiana era un horno de leña comparado con el frío que producía, sin que nadie osara ponerle los puntos sobre las íes, ese sucio aparato de aire acondicionado. Solo un maníaco sería capaz de encender ese trasto en invierno, pero qué sabré yo lo que puede pasársele por la cabeza a un maníaco… 

    Pues claro que lo sé. Sé perfectamente lo que es lidiar con una mente torcida, lo que es que tu cerebro sea manipulado por una voluntad atroz… Lo que es que jueguen con tu infancia, hasta hacerla añicos a mordiscos y patadas. Si, con esto que describo, aún no sabéis quién soy… ah, amigo mío, cómo envidio tu inocencia. Permíteme que te la arranque: yo soy el Niño que se quedó sin regalo de Reyes.

    Imagino tu cara descomponiéndose, al más puro estilo de Munch, al recibir en tus ojos tan desgarradoras, mas verídicas palabras. Sí, así es. Se me fue negado un derecho universal, supuestamente irrevocable. Se me fue negada, ¡a mí, se me fue negada! La felicidad que todo niño debería disfrutar en una fecha como esta. ¿Mi historia quieres escuchar, infeliz? Mi historia te contaré, pero no intentes culparme de lo que te ocurrirá en cuanto termine de impregnar tu memoria de tales perturbadores recuerdos.

    Corría el año… ya ni recuerdo el número con exactitud. Espera, sí que lo recuerdo, si hago memoria… dos mil diecisiete. Siento mi poca pericia mental, cuatro años hacen estragos en el entendimiento del más pintado. Tres, que diga, disculpadme de nuevo. Pues eso, corría el dos mil diecisiete. El cinco de enero, para ser precisos. Ah, aún recuerdo, de tiempo en tiempo, un leve reflejo de lo que significaba ser feliz. Amigo, si vas a quedarte con algo de todo lo que te relate, que sea lo siguiente: atesora tu felicidad. Es un bien que el dinero no puede comprar. Bueno, en verdad sí, pero esa es otra historia. No, espera… esa es esta historia. Que me enrollo como una alfombra, dices… Tiene gracia. Sí, muchísima gracia…

    Cuando mi alma aún era capaz de albergar esa esencia, que la gente como tú llama esperanza, mi corazón deseaba con todas sus fuerzas poseer algo maravilloso. Los cantos de las… ¿nueve… musas…? ¿Eran nueve…? Bueno, las que sean, los cantos de las más o menos nueve musas no podían comparar su belleza ante el resplandor plateado que producía el contacto del astro rey con el deslumbrante metal de aquel patinete eléctrico. Ese escaparate, olimpo de la automoción ligera, servía como trono agamenónico de aquel prodigio de la tecnología. Speed Volt. El nombre en su bien encerado mástil era High Speed Volt, pero por algún motivo, preferí llamarle Speed Volt. A lo mejor si se le llamara High, la gente le llamaría, a mi veloz paso junto a ellos, ‘el Higo’. Esa es la razón por la que le llamé Speed Volt. Nada malo con llamarlo ‘el Higo’, pero no parecía un higo, parecía un Speed Volt. Entiendo que suene extraño, y tendrás que confiar en mi salud mental, amigo, aunque entiendo también que esto te suene a locura. Sin embargo, este pensamiento es de las pocas cosas que aún me mantienen cuerdo. O lo que más se le parezca.

    Presto me dirigí a mi padre, que se preparaba un cigarro con parsimonia. Pedile y pedile sin parar, pedile como nunca había pedídole nada en mi corta pero dura vida. Él me miró, sonriente. Con esa sonrisa que inspira confianza, pero no mucho. Abriendo su boca, coronada por ese mostacho con forma de murciélago, contestó:

    —Claro, hijo, mañana Baltasar te traerá tu patinete.

    Baltasar. Ese nombre. Ese conjunto de letras… cuánto daño, cuántas noches sin dormir, acuciado por las pesadillas que me producía, noche sí y noche también, ese conjunto de letras. El rey mago. El rey de la discordia, siniestro monarca de la decepción y la crueldad. El mago, ilusionista del engaño, malvado brujo que me maldijo desde esa misma noche. Desde aquella madrugada, todo en lo que había creído se desvaneció. Y todo… todo por Baltasar.

    Y una alfombra. Sí, has leído bien, amigo, una alfombra zaparrastrosa. Bueno, tú la llamarías alfombra. Yo prefiero llamarla por su nombre de pila: Destino. Pues iba yo dichoso, llegando a casa a brinco pelado, sabiéndome vencedor, depositando toda mi confianza, ¡mi confianza!, en aquel mitológico mago de Oriente, domador de camellos, donador de mirra, mientras bebía un batido helado… de vainilla y caramelo, sí. El chocolate nunca me ha gustado, aunque la nocilla sí. Curiosidades de la psique de alguien como yo, qué más quieres. Pues eso, que orgulloso marchaba, con mi vaso de plástico balanceándose a mi son, la pajita moviéndose de forma circular y uniforme alrededor del vaso, cual patinadora de velocidad, cuando la historia me puso en mi sitio. Cual Ícaro, caí de mi nube de vanidad, desplomándome sobre la dichosa alfombra, con tan mala suerte que el líquido semicongelado se filtró por los poros de esta, formando una mancha muy fea. En mi caso, las alas de Ícaro fueron mis cordones que, en mi soberbia, había elegido no atarme, ya que consideraba que el camino del coche a la casa era un sendero sin piedras lo suficientemente grandes o duras como para hacerme tropezar. Pero tropecé, amigo, tropecé de la forma más patética que puedes imaginar: con la sonrisa aún dibujada en el rostro, cuyo pincel no era otro sino el recuerdo del patinete deseado.

    Bronca curiosa cayó de mi padre. Que si sacar eso le iba a suponer un esfuerzo increíble, que menuda había montado… Lo de siempre, el castigo verbal leve, consecuencia de mi error. Pero lo que dijo a continuación, heló hasta el último capilar sanguíneo de mi cuerpo. Ruego discreción, pues esta expresión que voy a formular a continuación puede herir sensibilidades inexperimentadas.

    —Baltasar está mirando. Solo digo eso…

    Baltasar. Oh, cómo duele solo recordarlo. Me permitirás un momento para… vale, ya estoy algo mejor. Lo dicho, con esas ominosas palabras, mi padre terminó su regañina. Pobre de mí, que no sabría el significado de tan críptica amenaza hasta que fue demasiado tarde. Sin mucho más espectáculo por ambas partes, la cena fue servida. Un guiso de ternera con alguna verdura que otra. Guisantes. Sí, guisantes verdes flotando entre trozos de carne a medio cocinar. Mi padre siempre ha sabido que no me gustan los guisantes. Quizás por eso esta noche me los puso. Para avisarme de lo que tenía que ocurrir. Ingenuo de mí, me los comí sin rechistar. Sabían a derrota. Y a legumbre cruda.

    Una vez estuve bajo las sábanas, recibí mi tercer y último aviso. Como un profeta al que nadie quiso escuchar, se acercó a darme las buenas noches y, antes de apagar la luz, soltó su bomba:

    —Duerme pronto. Si no, Baltasar no vendrá.

    Ese fue mi gran error. No pude pegar ojo en toda la noche, esperando con ferviente emoción el momento en el que el alba devorara la oscuridad de la noche. Saltaría de mi lecho, con los ojos salidos de sus órbitas, correría al salón y allí estaría. El bueno de High Speed Volt, saludándome con ese maravilloso manillar encuerado. No dormir durante la noche tenía consecuencias letales para la salud, pero en aquel momento aún era un niño ilusionado, que daría su vida por su patinete eléctrico. Así pues, esperé a que la luz del Sol atravesara como un colador la persiana que, sin éxito, pretendía protegerme de un brillante despertar y, tal y como despierto lo había soñado en las últimas horas, galopé hasta llegar donde, como un corcel blanco, se encontraba mi patinete…

    Patinete. Sí, patinete, y punto. Era un patinete, sin más. Blanco como una tiza a medio acabar, con ruedas toscas, en comparación a los dos círculos áureos que eran las de mi soñado Speed Volt. Y hablando de Speed Volt, nada parecido a eso había rotulado en su mástil, sino ‘Deportes Paco’. Lo reconocí al instante. El establecimiento Deportes Paco era una tienda de deportes churripuerca del centro comercial. Baltasar… ¡Baltasar había ido a Deportes Paco! ¡Había hecho la decisión consciente de, no solo pasar de largo de la tienda que alojaba a Speed Volt, sino entrar en una tienda de segunda, a comprar, robar, tomar mágicamente, como demonios sea, un patinete que, poco le soplaras, se caería en pedazos! ¡Baltasar me había hecho eso! ¡Conscientemente, digo!

    Mi padre me soltó una excusa, más barata incluso que el patinete:

    —Baltasar se habrá equivocado, hijo. A ver si para el próximo año se lo puede permitir.

    ¡Y un rábano, el próximo año! ¡Tres años, tres! Tres años que se ha dedicado a jugar con mi corazón. Tres años en los que el brujo de Oriente ha estado eludiendo sus responsabilidades, hacia mí. ¡Tres años amargándome la vida, destruyendo mi salud mental, convirtiendo mi existencia en la pantomima que es ahora!

    Pero eso acaba hoy. Él me cree hundido, acabado. Pues no es así. Desde luego, no es porque él no lo haya intentado, eso seguro. Aquel patinete me transformó en el monstruo que soy ahora. Un monstruo que ha perpetrado su buen cúmulo de atrocidades. Desde aquel momento, me convertí en lo que los anuncios de quitagrasas llaman ‘grasa acumulada’. Porque da igual cuanto intenten frotarme, yo siempre estoy ahí. Puede que no recibiera regalos estos últimos dos años, pero en cada noche de Reyes, me llevé un trofeo. La barba blanca, y la barba castaña. He acabado con la vida de dos personas para llegar hasta donde estoy. Solo me queda uno. El último.

    Al cual espero esta noche. El último que me falta. Y cuando lo vea llegar, montado en su dromedario… voy a matar a Baltasar.

    Ya puedo oírlo, con sus sucias pisadas, cubiertas de arena del desierto. Es mi momento. Lo siento, padre, por haber dudado de ti. Es evidente que estabas siendo coaccionado. Pero hoy, esta familia sale del ciclo sin fin de violencia y muerte en el que él nos introdujo hace exactamente tres años. Ya viene el Rey Mago, caminito de su fin, olé olé Holanda, olé. ¡Holanda ya se…!

    Un momento… No puede ser… Tú…

    —¡High Speed Volt! ¡Papá, despierta, Baltasar me ha traído mi patinete! ¡Gracias, Baltasar! ¡Gracias, papá!

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Reto 2: Escribe una historia que ocurra durante el Día de Reyes.

La niña de los vientos II

    El sol aún no se había levantado desde el Yaripon, cuando tres golpes fuertes y uno suave repiqutearon en la puerta de ligera madera. So...