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viernes, 21 de agosto de 2020

La niña de los vientos II

    El sol aún no se había levantado desde el Yaripon, cuando tres golpes fuertes y uno suave repiqutearon en la puerta de ligera madera. Sonoda no despertó entonces, sumida en un profundo sueño, fruto del agotamiento mental. Sin mediar palabra, su padre corrió la puerta a un lado con brusquedad, produciendo un ruido seco que la hizo saltar de su cama. Poniéndose muy recta, hizo una profunda reverencia.

    —¡Lo siento mucho, padre! ¡Estaba cansada, y no oí...! 

    —No hace falta que continúes. Vístete, y ven a la sala de entrenamiento. Te espero allí en cinco minutos —fue lo único que dijo el alto aeonio, qué vestía una capa en la que guardaba, plegadas, sus enormes alas blancas.

    Ataviada con una túnica blanca, con un cinturón plateado, se dirigió con presteza a la enorme estancia. Su hogar, el Templo Sacro, tomaba la forma de una suntuosa pagoda de tres pisos. Construida casi en su totalidad por madera de árboles endémicos, de madera pálida, sus altos techos estaban decorados por infinidad de filigranas en forma de pequeñas plumas, sobre un color rojo intenso. El mobiliario era sobrio, ya que los aeonios tenían una tradición de desapego muy arraigada, tras siglos de aislamiento del resto del mundo. 

    Los aeonios eran una raza que, desde la misma concepción del mundo, cerraron sus fronteras al resto de seres. Hay muchas teorías con respecto a la razón por la cual tomaron esa decisión. Algunos suponían que se debía a su desprecio hacia toda clase de violencia, lo cual les obligó a proteger su territorio, Aurihon, de las Guerra que se avecinaba entre seres mágicos e inocuos. Otros, con malicia, aseguraban que se trataban de prepotentes narcisistas, que decidieron negar la comunicación con el exterior por miedo a que su noble linaje pudiera ser mancillado por algún sucio extranjero. La auténtica verdad, sin embargo, no era tan monocromática como asumían las malas habladurías. 

    El pueblo de Aurihon, si bien desde un punto de vista se podía admirar por sus valores, como la paz, la disciplina y la honra, tenía un lado sombrío que no era sino consecuencia de esos valores; el respeto incondicional a estos, forjados generación tras generación en sus mentes, traía de la mano una intolerancia absoluta hacia aquellos que, según su opinión, no fueran dignos. Además, existía en esos ideales una fuerte hipocresía, dado que, si bien no toleraban la violencia, sí la creían justificada si su objetivo final era eliminar aquello que, bajo su juicio, manchaba la dignidad de su especie.

    Sonoda, por lo tanto, era considerada por todos sus congéneres como una mancha. Una mancha a la que había que limpiar de la existencia, porque había nacido sin alas. Las enormes alas de garza que todos ellos lucían, cuya envergadura significaba el valor de cada individuo. Por tanto, si no había alas, no había dignidad. Daba igual que fuera la hija de los líderes políticos y espirituales de los aeonios, la Pareja Sacra. La realidad era que la niña, a ojos de todos ellos, era una herejía que no debía haber existido jamás. Estos pensamientos no dejaban de atormentar, día tras día, noche tras noche, a la chiquilla, que caminaba a paso ligero y algo asfixiada, hacia la estancia que su padre le había indicado.

    La sala de entrenamiento consistía en un extenso tatami de color blanco roto. En las paredes había colgados algunos objetos, como delgadas espadas enfundadas, sacos de arroz de diverso tamaño, y cuatro estanterías con pergaminos apilados. Eso era todo. La niña entró, sin poder disimular el temblor en sus piernas. En el centro de la habitación, su padre le esperaba, con expresión estricta.

    —Bien, has llegado a tiempo. Pero solo por seis segundos. No te confíes a la próxima.

    —No, padre... —susurró Sonoda—. ¿Por qué quería verme?

    —Siéntate, por favor.

    La niña obedeció al instante, sentándose con las piernas en cruz y la mirada atenta. Él hizo lo propio, y se aclaró la garganta.

    —Supongo que recordarás... —comenzó, bajando la vista—... lo que tu madre y yo te dijimos hace unos días, ¿no es cierto?

    —No puedo ir con los longeki... —respondió con un hilo de voz—. Pero padre, ya os dije que son los únicos que...

    —Es una pérdida de tiempo. No me repliques.

    —Sí, padre...

    —Escucha, Sonoda. Te voy a ser claro: el mundo ahí fuera no está hecho para alguien como tú —sentenció, sin que le temblara la voz—. Tu existencia es algo que... que no mucha gente ve válido. Eso deberías saberlo ya, pero quiero que estemos a la par en esto que te estoy diciendo. ¿Me sigues?

    —Sí... 

    Sonoda intentó llorar, pero las lágrimas no salieron. Quizá tenía tan enraizado en su mente esa idea, que ya lo veía como algo lógico. Que ella no debería existir. Que era un insulto a la inteligencia, una maldición para el mundo.

    —Bien, pues de eso quería hablar contigo... —se levantó—. A partir de hoy, dedicarás todos tus días a curtirte. Arriba.

    —¿A... curtirme dice...? —preguntó, mientras hacía lo que se le decía.

    —Sí. Has nacido con... una tara que difícilmente será aceptada por tus iguales, si es que eso llega a pasar. Así que debes consagrar tu vida a demostrar que, si bien nunca podrás ser una aeonia completa, puedes llegar a compararte con una, por méritos propios —se acercó flotando hacia la pared, y cogió una de las espadas que colgaban de ella—. Ven, y coge una.

    Sonoda volvió a obedecer. Corriendo a toda prisa, tomó la que estaba al lado.

    —Desenváinala —le ordenó, mientras él hacia lo mismo.

    Con mucho cuidado, poco a poco dejó escapar el brillo metálico de la hoja. Era una catana, una espada fina y extremadamente afilada. La meneó de un lado a otro, admirando el resplandor que reflejaba el sable al ser bañada por la luz solar, que se colaba por uno de los ventanucos situados en la parte más alta de la pared.

    —No es un juguete, así que deja de hacer eso —espetó el aeonio. Sonoda se puso recta, bajando el arma con presteza—. Aun así, siente bien la empuñadura. ¿Es cómoda?

    —Supongo, padre... Nunca había cogido una, así que no sabría que decir.

    —Es importante que te acostumbres a su textura, porque a partir de hoy, va a ser tu compañera de entrenamiento —ante la mirada interrogante de su hija, suspiró—. Quiero decir que, además de tu entrenamiento de canto y magia, también aprenderás el arte quendo, el arte de la espada.

    —Pero padre... ¿Por qué debería aprender a luchar? ¿No se supone que los aeonios somos una raza de paz? En el pueblo nadie...

    —Tú no eres una aeonia.

    Se tapó la boca, decepcionado consigo mismo. A pesar del cariño que profesaba a su hija, sus creencias le traicionaban más veces de las que le hubiera gustado reconocer. La niña lo miró, sin cambiar la expresión.

    —Lo que quería decir era que tú no eres una aeonia... como las demás —intentó arreglarlo—. ¿No te dije antes que debías esforzarte para compensar tu... carencia? Pues esta será la forma. Además, ¿no crees que demostrando al resto que eres capaz de empuñar un arma tradicional, acabarán tolerándote más y más?

    —Claro, hija —una mujer de avanzada edad, con el pelo celeste pálido, apareció tras el padre—. Es lo mejor que puedes hacer. Tienes que esmerarte para suplir tu déficit, ¿de acuerdo?

    Sonoda asintió. En su memoria apareció el bello torso escamado de Kaifu. Las verdes colinas. La hierba en la nuca. Una brisa se levantó a sus pies. Pero antes de que fuera a más, miró a sus padres. Le miraban como a un monstruo a punto de despertar. No. No les daría el gusto. Respirando hondo, sonrió de la forma más dolorosa posible, y desenvainó el sable, poniéndose en guardia.

    —No, así no, las piernas en un ángulo más abierto —respiró tranquilo el padre, mientras la madre se marchaba con cierta tristeza—. Venga, las manos más separadas. Y nada de arrugar la cara.

    —Sí, padre...

    

martes, 18 de agosto de 2020

Alevín escarlata

     La niña se recostó sobre el regazo de su madre. Solía ser un trasto, todo el día nadando de un lado para otro, sin hacer caso de los que ni ella ni su padre, agotado tras un largo día en el Congreso, le decían. Pero aquella hora, las once de la noche, en la que solo la luz que emitía la pequeña lámpara de micropeces iluminaba la habitación de la pequeña Loza, todo parecía alcanzar al fin la calma.

    Loza era una cerúlida. Sus padres, su hermano, y gran parte de los habitantes de la república de Aquoria, también lo eran. Perviviendo como una civilización subacuática, hundida en el lecho de Lago Grande, Aquoria era una potencia mayor en el mundo. Sus habitantes, los cerúlidos, eran una raza mágica, adaptada a la perfección a la vida bajo el agua. De un color azul intenso, que se iba apagando según el individuo envejecía, tanto sus manos como sus pies estaban dotados de membranas retráctiles, que podían dejar libres para nadar a velocidades increíbles. Además, retráctiles eran también unas estructuras en el cuello, a las que llamaban 'vitaquia', aunque eran, en definitiva, unas branquias que podían abrir o cerrar voluntariamente. Al abrir la vitaquia, cerraban el conducto respiratorio pulmonar, y viceversa, por lo que estaban adaptados a la vida anfibia. A pesar de que, en tierra firme, necesitaban cierta cantidad de humedad en el aire, sin la cual su piel se secaba, produciéndoles mucho dolor. Para rematar su aspecto casi alienígena, sus orejas, semejantes a cuchillos, podían desplegarse como las alas de un murciélago y moverse como remos, para facilitar el movimiento acuático, y unas membranas translúcidas, de un color turquesa claro por lo general, protegían sus auténticos ojos. 

    —¡Mamá, mamá, cuéntame otra vez lo de mi pelo! —pedía insistente la pequeña Loza, haciendo diminutas burbujas con la vitaquia.

    —Loza, ya te sabes la historia de sobra, ¿no quieres que te cuente algún cuento? —suspiró su madre, que lucía una larga cabellera púrpura.

    El pelo de Loza, por el contrario, tenía un color muy poco común entre los cerúlidos. Al contrario que los tonos fríos, más usuales, era de un color escarlata brillante. 

    —¡No, quiero lo de mi pelo, mamá! —volvió a insistir la niña, rebotando con suavidad en la cama.

    —Vale, vale, lo que tiene que hacer una... —se recolocó la bata, y comenzó:— Como otras veces te he contado, cuando saliste del huevo, te costaba respirar por la vitaquia. ¿Por qué era? A ver si te acuerdas...

    —¡Porque la tenía tapada! —gritó, entusiasmada—. ¡Y por eso me llevasteis a tierra firme!

    —¡Sí, ya desde enana saliste mal, Lozeta!

    La chiquilla clavó su mirada en la puerta de su habitación. Un joven cerúlido, de cabello violeta, estaba agazapado tras la entrada, serpenteando con gesto malicioso.

    —¡¿Tú qué te crees que haces en mi habitación, estúpido?! —gruñó Loza, irguiéndose con aspecto amenazante, abriendo las membranas de las orejas.

    —Tampoco estoy dentro. ¿Qué pasa, se te han empañado las membranas como ayer? —se burló el recién llegado.

    —¡¡Que te vayas!! 

    —¡Ya está bien los dos! —exclamó la madre—. ¡¡Lirone, ayúdame con estos dos!!

    Lirone, un esbelto cerúlido, aunque encorvado por el cansancio, se dejó ver por el pasillo.

    —Niños, hacedle caso a vuestra madre, no me seáis gorgones...

    —¡Pero si no he hecho nada, papá! —se quejó el chico, haciendo aspavientos con los brazos.

    —A tu cuarto, Laúd. Ahora.

    El joven guardó silencio. Haciendo una última mueca, que enervó a Loza aún más, se marchó a su habitación, silbando.

     —¿Por qué tenéis que llevaros tan mal, tu hermano y tú? —suspiró de nuevo su madre.

    —Porque el niño es un inmaduro, y tu hija salta a la primera de cambio, Lota —replicó Lirone, marchándose a trompicones, muerto de sueño.

    —No es justo, mamá. No para de meterse conmigo, y siempre nos reñís a los dos.

    —Es cierto que tu hermano puede llegar a ser... insoportable, para qué nos vamos a engañar —explicó Lota—. Pero tú también le respondes. Está muy bien que sepas defenderte, pero hay veces que tienes que aprender a... cerrar la boca, ¿entiendes?

    —Sí, mamá, ¡pero es que no quiero que se meta en mi habitación, ni que se burle de mí, ni que me llame 'Lozeta'! ¡Suena fatal!

    —A nadie nos gusta que nos hagan cosas que nos molesten, Loza —replicó, sonriendo como mejor pudo—, pero nosotros somos los que decidimos si mostrar que nos molestan. Te lo he dicho otras veces, pero si le demuestras a Laúd que no te importan un alga parda, tarde o temprano se cansara de chincharte.

    —Ya... ¡Mamá, cuéntame lo de mi pelo, vamos! ¡Que no me he olvidado!

    Rascándose los ojos, la madre bostezó. Por un momento miró la puerta, tentada de marcharse a dormir. Pero, al cruzarse su mirada con la de su hija, llena de esperanza, desechó ese pensamiento. Empujando con suavidad a Loza, para que se acostara, se aclaró la garganta, cerrando la vitaquia unos instantes.

    —Bueno, lo que te iba contando, una vez en tierra firme, te dejamos un minuto desatendida sobre la arena de la playa. Teníamos que preparar el material para despejarte la vitaquia de suciedad y restos del vitelo. 

    —¡Sí, sí, no hables de lo asqueroso, habla de lo que mola!

    —¿Recuerdas lo de 'cerrar la boca'? Pues eso... —le revolvió el pelo, que se quedó en suspensión, como una medusa flotando en el océano—. ¡Pero si ya sabes lo que pasa! ¿Para qué quieres que lo diga?

    —Me gusta escucharlo —le miró, esbozando una amplia sonrisa maléfica.

    —Pues en cuanto volvimos la vista... —Loza dio un salto, sin poder contener la emoción—. ¡un anfibio de lava te había escupido en el pelo!

    —¡¡Y entonces, se me volvió rojo!! —la niña se lanzó por toda la habitación a todo gas, haciendo piruetas en el agua como una descosida.

    —¡¡A ver en ese cuarto, que ya es tarde!! —gritó Lirone, lo más alto que le permitió su derrotada voz.

    —¡¡Eso, Lozeta, que todavía voy y te doy una colleja!! —chilló a su vez Laúd.

    Ni siquiera la provocación de su hermano hizo que la niña perdiera un ápice de su alegría. Lota se limitó a que la propia Loza se agotara y, tras cinco minutos de volteretas acuáticas, acabó por caer rendida sobre la cama.

    —Te quiero, mamá. Gracias por dejarme olvidada en la arena... —susurró, antes de caer dormida como un tronco.

    Lota le dio un beso en la frente y, tras asegurarse de que dormía de verdad, abandonó la habitación, nadando con sigilo. Cerrando la puerta, dejó escapar un poco de aire por la vitaquia, en señal de alivio y felicidad contenida, y fue a reunirse con su agotado marido, que aún revisaba algunos documentos que tenía que preparar para el día siguiente.

domingo, 16 de agosto de 2020

3: Aparta, bicha

    —Ocho ojos... ¿Por qué tienen que tener ocho ojos...?

    —¡Vamos, Selta, no te quedes atrás!

    Selta respiró hondo por decimonovena vez, y siguió arrancando enredaderas, tratando de seguir el paso a sus compañeros. Su largo cabello plateado no paraba de quedarse atrapado en las ramas y, cada vez que sucedía, no podía evitar sobresaltarse, imaginando la clase de ser que le podría estar reteniendo. El pelotón detuvo su andar, para esperarle.

    Llegados a un claro del inmenso bosque que llevaban atravesando durante días, decidieron montar campamento. El grupo lo componían unos doce mestizos, ataviados con pobres ropas de cuero, y seis sacos a rebosar, que flotaban suspendidos en el aire. Selta se sentó, agotado, mientras dos de los viajeros murmuraban unas palabras. Los sacos aterrizaron con suavidad, abriéndose. 

    —Selta, nada de descansar hasta que no hayamos preparado todo —dijo una mujer rubia, con su ceño fruncido.

    —Eso, hijo, no es momento de holgazanear. Debemos montar esto antes de que anochezca —añadió un robusto hombre, con la cabeza rapada.

    Selta miró al cielo. Desde hacía cuatro, negros nubarrones tapaban la luz del sol, así que la diferencia entre día y noche se limitaba a una leve disminución del brillo que lograba escaparse de aquel oscuro e imponente muro. Suspirando, se levantó y cogió un par de tablones, para empezar a montar la tienda.

    —Selta, ¿qué haces? —preguntó su padre, mirándolo con resignación.

    —Montar... la tienda, papá. ¿No lo ves?

    —Claro que lo veo, hijo mío de mi vida —respondió, empezando a desesperarse—. Pero lo que digo es que, ¿por qué te ibas a encargar tú de eso? ¿No crees que Bufú y Nimba pueden hacerlo en la mitad de tiempo?

    —Ya... —murmuró, temblando un poco—. Pero era por cambiar un poco, ya que siempre hacemos lo mismo.

    —¿Y por qué crees que hacemos lo mismo? —se acercó una chica joven, una de los dos que habían transportado el equipaje por el aire—. Bufú y yo somos los únicos magos de Aire, es normal que hagamos el trabajo duro, para que el resto ahorréis fuerzas.

    —Sí, eso mismo —sentenció Bufú, ya inmerso en su labor de construcción, haciendo revolotear la lona de la tienda, mientras clavaba la estructura en el suelo, usando corrientes de aire descendentes.

    El padre de Selta le miró, inquisitivo. El chico miró a sus espaldas, donde solo se extendía el bosque.

    —Papá, ya sabes que no tengo problema en ser quien vaya a buscar leña, pero...

    —¿Pero qué? ¿Tienes miedo de que te ataque una sombra? —rio otro de los integrantes, que moviendo las manos iba levantando una mesa cilíndrica de piedra.

    —No, no es eso, Obelis, sé que no hay sombras por donde hemos venido, pero...

    —¡Habla de una vez, hijo!

    —Pero nada, papá, ya voy yo.

    Dicho esto, dio media vuelta, adentrándose en la maleza. Su padre le dijo algo, pero no pudo oírlo. Ni quiso. Porque para qué iba a intentar entenderlo.

    Esto no era nada nuevo. Siempre le había tratado así, con esa condescendencia. Selta sabía, por supuesto, que su padre le quería. Sin embargo, todo lo que le decía llevaba impregnado ese tinte de pereza, de no esperar nada bueno. Todo era un 'inténtalo a ver si puedes', no un 'hazlo' y ya está. Y todo esto, los Pilares, la llegada de esos seres descomunales y la masacre de la Cuarta Cuenca, no había hecho sino aumentar exponencialmente la exigencia. 

    Y en otras ocasiones, aunque a regañadientes, le había hecho caso, porque sabía que el viaje que habían emprendido dependía de que todos ellos dieran el máximo de sus capacidades. Pero no en aquella ocasión. Una sombra, había dicho el imbécil de Obelis. Ojalá fuera todo eso. 

    Caminando con torpeza, saltando sobre grandes raíces y evitando arbustos, fue recogiendo las ramas más grandes que veía. No paraba de mirar a su alrededor, como buscando algo. Sin embargo, aquellos que buscaba no parecía querer dar la cara. Eso no hacía sino aumentar su desasosiego, pero no dejó de hacer lo que estaba haciendo. 

    Por fin, logró recoger suficiente madera como para que la hoguera aguantara toda la noche. Ya iba a darse la vuelta, cuando se dio cuenta de que había olvidado dejar un rastro para regresar. Aunque un escalofrío le recorrió la espalda, no perdió el control. Sabía que era tan fácil como lanzar una señal al cielo, y alguno de los magos de Aire vendría a rescatarlo. No era la primera vez que ocurría. Aunque su padre le echara la gran bronca, era preferible a morir de inanición en aquella maleza interminable.
Así pues, se dispuso a lanzar la señal, cuando frente a él descubrió... aquello que había estado buscando con tanto nerviosismo. Perdiendo la fuerza de los brazos al instante, dejó caer la madera.

    Ocho ojos. Ocho ojos observándole, sin apartar su vidriosa y múltiple mirada. Selta cayó de culo al suelo, pálido. Sobre una roca, una pequeña araña le escudriñaba sin hacer un solo movimiento. El chico comenzó a hiperventilar, deseando no existir. Su cuerpo se encontraba paralizado ante aquellos diez centímetros de tórax y abdomen peludos, aquellas ocho patas curvadas, aquellos ocho ojos, que parecían atravesarle el alma. 

    En posición fetal, deseó su propia muerte. 

    Fue entonces cuando recordó la razón por la cual estaba allí. Para recoger madera, para que su grupo se mantuviera caliente esa noche. Para que su padre comprobara al fin que podía confiar en su valía. Su único obstáculo, esa araña, que le contemplaba impertérrita. Sabiéndose ganadora. ¡Pues no! ¡Esta vez, no!

    —¡¡Aparta, bicha!! —aulló entre lágrimas y, apuntando con un dedo tembloroso, disparó un hechizo eléctrico hacía el arácnido.

    Escuchó un aullido desgarrador. Luego, el silencio. Selta se desmayó.

                                                                                                *

    —¡Hijo, venga para arriba!

    El chico dio un salto. Se encontró con los once, mirándolo con alivio. Era ya de día, y había vuelto al campamento, a salvo dentro de su saco de dormir.

    —Papá, ¿qué ha ocurrido...?

    —¡Has matado a una sombra, Selta! —exclamó Nimba—. ¡Nos has salvado!

    —¿Cómo...? Si yo no...

    —¡Vamos, hijo, no  seas modesto, no ahora! —sonrió su padre—. Es cierto que luego te desmayaste, pero Nimba lo vio todo cuando fue a rescatarte. ¡Has matado a tu primera sombra!

    Entonces, Selta lo recordó todo. El relámpago que había disparado hacia la araña se había desviado, dado su horrible pulso por el terror que sentía. Ese chillido que escuchó antes de caer... ¿Era una sombra? ¿De verdad había tenido tanta suerte?

    —Yo... solo quería matar a una araña, papá. No me merezco tu confianza...

    —¿Te has frito el cerebro, Selta? —suspiró, abanicándose con la mano—. Sea como sea, el hechizo que usaste fue suficiente como para abatirla. ¡Ahora sabemos que tú puedes encargarte de ellas, y no tendremos que evitarlas!

    —Pero eso fue... porque quería matar a la araña —explicó Selta, que no se veía con fuerzas para llevarse el mérito—. Creo que sentí tanto miedo, que deseé con todas mis ganas que muriera. 

    —Entonces... —le interrumpió Bufú, poniéndole la mano en el hombro—. Toca entrenar para poder alcanzar ese estado de nervios cuando lo necesites.

    —Eso, chico, necesitamos que seas nuestro... destructor, por así decirlo —añadió Obelis, el fornido mago de Tierra.

    —Vamos, hijo. Sé que puedes hacerlo.

    A duras penas pudo aguantar las lágrimas Selta que, asintiendo, se propuso desde ese momento convertirse en el escudo de aquella peculiar familia viajera. Y, ya de paso, lograr algún día no desmayarse cada vez que ocho ojos le observaran.

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3. La aracnofobia es un miedo muy común. Haz que tu protagonista la padezca.

miércoles, 12 de agosto de 2020

2: Kill Baltasar (vol. 3)

    Sí, este soy yo. El Niño que ahora espera apostado tras el sofá que compró mi padre hace tres semanas. Hacía frío. Mucho frío. La estepa siberiana era un horno de leña comparado con el frío que producía, sin que nadie osara ponerle los puntos sobre las íes, ese sucio aparato de aire acondicionado. Solo un maníaco sería capaz de encender ese trasto en invierno, pero qué sabré yo lo que puede pasársele por la cabeza a un maníaco… 

    Pues claro que lo sé. Sé perfectamente lo que es lidiar con una mente torcida, lo que es que tu cerebro sea manipulado por una voluntad atroz… Lo que es que jueguen con tu infancia, hasta hacerla añicos a mordiscos y patadas. Si, con esto que describo, aún no sabéis quién soy… ah, amigo mío, cómo envidio tu inocencia. Permíteme que te la arranque: yo soy el Niño que se quedó sin regalo de Reyes.

    Imagino tu cara descomponiéndose, al más puro estilo de Munch, al recibir en tus ojos tan desgarradoras, mas verídicas palabras. Sí, así es. Se me fue negado un derecho universal, supuestamente irrevocable. Se me fue negada, ¡a mí, se me fue negada! La felicidad que todo niño debería disfrutar en una fecha como esta. ¿Mi historia quieres escuchar, infeliz? Mi historia te contaré, pero no intentes culparme de lo que te ocurrirá en cuanto termine de impregnar tu memoria de tales perturbadores recuerdos.

    Corría el año… ya ni recuerdo el número con exactitud. Espera, sí que lo recuerdo, si hago memoria… dos mil diecisiete. Siento mi poca pericia mental, cuatro años hacen estragos en el entendimiento del más pintado. Tres, que diga, disculpadme de nuevo. Pues eso, corría el dos mil diecisiete. El cinco de enero, para ser precisos. Ah, aún recuerdo, de tiempo en tiempo, un leve reflejo de lo que significaba ser feliz. Amigo, si vas a quedarte con algo de todo lo que te relate, que sea lo siguiente: atesora tu felicidad. Es un bien que el dinero no puede comprar. Bueno, en verdad sí, pero esa es otra historia. No, espera… esa es esta historia. Que me enrollo como una alfombra, dices… Tiene gracia. Sí, muchísima gracia…

    Cuando mi alma aún era capaz de albergar esa esencia, que la gente como tú llama esperanza, mi corazón deseaba con todas sus fuerzas poseer algo maravilloso. Los cantos de las… ¿nueve… musas…? ¿Eran nueve…? Bueno, las que sean, los cantos de las más o menos nueve musas no podían comparar su belleza ante el resplandor plateado que producía el contacto del astro rey con el deslumbrante metal de aquel patinete eléctrico. Ese escaparate, olimpo de la automoción ligera, servía como trono agamenónico de aquel prodigio de la tecnología. Speed Volt. El nombre en su bien encerado mástil era High Speed Volt, pero por algún motivo, preferí llamarle Speed Volt. A lo mejor si se le llamara High, la gente le llamaría, a mi veloz paso junto a ellos, ‘el Higo’. Esa es la razón por la que le llamé Speed Volt. Nada malo con llamarlo ‘el Higo’, pero no parecía un higo, parecía un Speed Volt. Entiendo que suene extraño, y tendrás que confiar en mi salud mental, amigo, aunque entiendo también que esto te suene a locura. Sin embargo, este pensamiento es de las pocas cosas que aún me mantienen cuerdo. O lo que más se le parezca.

    Presto me dirigí a mi padre, que se preparaba un cigarro con parsimonia. Pedile y pedile sin parar, pedile como nunca había pedídole nada en mi corta pero dura vida. Él me miró, sonriente. Con esa sonrisa que inspira confianza, pero no mucho. Abriendo su boca, coronada por ese mostacho con forma de murciélago, contestó:

    —Claro, hijo, mañana Baltasar te traerá tu patinete.

    Baltasar. Ese nombre. Ese conjunto de letras… cuánto daño, cuántas noches sin dormir, acuciado por las pesadillas que me producía, noche sí y noche también, ese conjunto de letras. El rey mago. El rey de la discordia, siniestro monarca de la decepción y la crueldad. El mago, ilusionista del engaño, malvado brujo que me maldijo desde esa misma noche. Desde aquella madrugada, todo en lo que había creído se desvaneció. Y todo… todo por Baltasar.

    Y una alfombra. Sí, has leído bien, amigo, una alfombra zaparrastrosa. Bueno, tú la llamarías alfombra. Yo prefiero llamarla por su nombre de pila: Destino. Pues iba yo dichoso, llegando a casa a brinco pelado, sabiéndome vencedor, depositando toda mi confianza, ¡mi confianza!, en aquel mitológico mago de Oriente, domador de camellos, donador de mirra, mientras bebía un batido helado… de vainilla y caramelo, sí. El chocolate nunca me ha gustado, aunque la nocilla sí. Curiosidades de la psique de alguien como yo, qué más quieres. Pues eso, que orgulloso marchaba, con mi vaso de plástico balanceándose a mi son, la pajita moviéndose de forma circular y uniforme alrededor del vaso, cual patinadora de velocidad, cuando la historia me puso en mi sitio. Cual Ícaro, caí de mi nube de vanidad, desplomándome sobre la dichosa alfombra, con tan mala suerte que el líquido semicongelado se filtró por los poros de esta, formando una mancha muy fea. En mi caso, las alas de Ícaro fueron mis cordones que, en mi soberbia, había elegido no atarme, ya que consideraba que el camino del coche a la casa era un sendero sin piedras lo suficientemente grandes o duras como para hacerme tropezar. Pero tropecé, amigo, tropecé de la forma más patética que puedes imaginar: con la sonrisa aún dibujada en el rostro, cuyo pincel no era otro sino el recuerdo del patinete deseado.

    Bronca curiosa cayó de mi padre. Que si sacar eso le iba a suponer un esfuerzo increíble, que menuda había montado… Lo de siempre, el castigo verbal leve, consecuencia de mi error. Pero lo que dijo a continuación, heló hasta el último capilar sanguíneo de mi cuerpo. Ruego discreción, pues esta expresión que voy a formular a continuación puede herir sensibilidades inexperimentadas.

    —Baltasar está mirando. Solo digo eso…

    Baltasar. Oh, cómo duele solo recordarlo. Me permitirás un momento para… vale, ya estoy algo mejor. Lo dicho, con esas ominosas palabras, mi padre terminó su regañina. Pobre de mí, que no sabría el significado de tan críptica amenaza hasta que fue demasiado tarde. Sin mucho más espectáculo por ambas partes, la cena fue servida. Un guiso de ternera con alguna verdura que otra. Guisantes. Sí, guisantes verdes flotando entre trozos de carne a medio cocinar. Mi padre siempre ha sabido que no me gustan los guisantes. Quizás por eso esta noche me los puso. Para avisarme de lo que tenía que ocurrir. Ingenuo de mí, me los comí sin rechistar. Sabían a derrota. Y a legumbre cruda.

    Una vez estuve bajo las sábanas, recibí mi tercer y último aviso. Como un profeta al que nadie quiso escuchar, se acercó a darme las buenas noches y, antes de apagar la luz, soltó su bomba:

    —Duerme pronto. Si no, Baltasar no vendrá.

    Ese fue mi gran error. No pude pegar ojo en toda la noche, esperando con ferviente emoción el momento en el que el alba devorara la oscuridad de la noche. Saltaría de mi lecho, con los ojos salidos de sus órbitas, correría al salón y allí estaría. El bueno de High Speed Volt, saludándome con ese maravilloso manillar encuerado. No dormir durante la noche tenía consecuencias letales para la salud, pero en aquel momento aún era un niño ilusionado, que daría su vida por su patinete eléctrico. Así pues, esperé a que la luz del Sol atravesara como un colador la persiana que, sin éxito, pretendía protegerme de un brillante despertar y, tal y como despierto lo había soñado en las últimas horas, galopé hasta llegar donde, como un corcel blanco, se encontraba mi patinete…

    Patinete. Sí, patinete, y punto. Era un patinete, sin más. Blanco como una tiza a medio acabar, con ruedas toscas, en comparación a los dos círculos áureos que eran las de mi soñado Speed Volt. Y hablando de Speed Volt, nada parecido a eso había rotulado en su mástil, sino ‘Deportes Paco’. Lo reconocí al instante. El establecimiento Deportes Paco era una tienda de deportes churripuerca del centro comercial. Baltasar… ¡Baltasar había ido a Deportes Paco! ¡Había hecho la decisión consciente de, no solo pasar de largo de la tienda que alojaba a Speed Volt, sino entrar en una tienda de segunda, a comprar, robar, tomar mágicamente, como demonios sea, un patinete que, poco le soplaras, se caería en pedazos! ¡Baltasar me había hecho eso! ¡Conscientemente, digo!

    Mi padre me soltó una excusa, más barata incluso que el patinete:

    —Baltasar se habrá equivocado, hijo. A ver si para el próximo año se lo puede permitir.

    ¡Y un rábano, el próximo año! ¡Tres años, tres! Tres años que se ha dedicado a jugar con mi corazón. Tres años en los que el brujo de Oriente ha estado eludiendo sus responsabilidades, hacia mí. ¡Tres años amargándome la vida, destruyendo mi salud mental, convirtiendo mi existencia en la pantomima que es ahora!

    Pero eso acaba hoy. Él me cree hundido, acabado. Pues no es así. Desde luego, no es porque él no lo haya intentado, eso seguro. Aquel patinete me transformó en el monstruo que soy ahora. Un monstruo que ha perpetrado su buen cúmulo de atrocidades. Desde aquel momento, me convertí en lo que los anuncios de quitagrasas llaman ‘grasa acumulada’. Porque da igual cuanto intenten frotarme, yo siempre estoy ahí. Puede que no recibiera regalos estos últimos dos años, pero en cada noche de Reyes, me llevé un trofeo. La barba blanca, y la barba castaña. He acabado con la vida de dos personas para llegar hasta donde estoy. Solo me queda uno. El último.

    Al cual espero esta noche. El último que me falta. Y cuando lo vea llegar, montado en su dromedario… voy a matar a Baltasar.

    Ya puedo oírlo, con sus sucias pisadas, cubiertas de arena del desierto. Es mi momento. Lo siento, padre, por haber dudado de ti. Es evidente que estabas siendo coaccionado. Pero hoy, esta familia sale del ciclo sin fin de violencia y muerte en el que él nos introdujo hace exactamente tres años. Ya viene el Rey Mago, caminito de su fin, olé olé Holanda, olé. ¡Holanda ya se…!

    Un momento… No puede ser… Tú…

    —¡High Speed Volt! ¡Papá, despierta, Baltasar me ha traído mi patinete! ¡Gracias, Baltasar! ¡Gracias, papá!

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Reto 2: Escribe una historia que ocurra durante el Día de Reyes.

martes, 11 de agosto de 2020

Brotes verdes

    El brote tenía tres raíces de más. Ágato suspiró. Hacía ya tiempo que le venía pasando. La vejez no perdonaba a nadie, ni siquiera a él. 

    Levantándose del suelo de un salto, agarró una rama del árbol bajo el que se había refugiado. La rama comenzó a moverse hacia arriba, aupando al anciano a su copa. Desde allí, oteó los alrededores. Aunque para cualquier viajero que lo cruzara era una maraña de enredaderas verdes y marrones, para Ágato cada hoja, cada brizna de hierba, cada minúscula partícula de musgo, tenía un nombre e identidad. Ágato era uno de los pocos supervivientes de la raza druida, habitantes desde tiempos inmemoriales de aquel laberinto vegetal: la Madre Selva, aunque en el exterior lo llamaban la Maleza, o el Bosque Viviente. 

    Los druidas eran una raza de lo más singular. Parecían el eslabón perdido entre planta y persona, ya que, a pesar de tener aspecto humanoide, y poseer inteligencia, su cuerpo se comportaba en muchos aspectos como si de un vegetal se tratara. Para alimentarse, aunque podían por el método que el resto de especies acostumbraba, para ellos era mucho más óptimo enterrar sus pies o manos en el suelo, y absorber así el sustrato necesario. Después, subían a lo alto de los árboles, y con estructuras compuesta por hojas, que conectaban con su cabeza, semejantes a sombreros, realizaban la fotosíntesis para recibir los nutrientes que necesitaban. Sin duda una especie extraña, aunque su fisiología no era lo único que los diferenciaba.  

    Solo ellos podían usar una magia muy peculiar, a la cual llamaban filomancia. Con ella, podían usar su cuerpo para crear plantas de todos los tipos, tamaños y utilidades. Pero no acababa ahí: eran capaces de dotarles de una vida superior. Esto suponía que, por ejemplo, podían realizar seres como insectos compuestos de finas hojas, los cuales animaban, convirtiéndolos en bizarros seres a su servicio. A estos seres creados, los llamaban filobios. La mera presencia de los druidas era la razón por la cual la Madre Selva estaba viva, y la razón de su fama en el resto del mundo.

    Sin embargo, sus movimientos eran cada vez más pesados. Tiempo atrás, antes del comienzo de la guerra, los árboles se entrelazaban como cordones de zapato, y flores de vivos colores y formas imposibles abrían sus pétalos en los rincones más inesperados. La rama que elevó a Ágato era ya un triste remanente de lo que un día fue un laberíntico espectáculo de serpenteantes enredaderas de todos los tonos de verde. Apenas quedaban ya individuos de la floreciente raza druida. El anciano Ágato era uno de ellos. El otro... 

    ¡Abuelo, que voy! 

    Balanceándose colgada de una liana, una niña de unos once años, de cabello negro y piel blanca como la tiza, se dirigía a toda velocidad hacia el anciano. Con un mortal hacia atrás, aterrizó a pocos centímetros de él, haciendo temblar la rama. Le miró con divertida malicia. 

    ¡Un movimiento magnífico, querida! —sonrió, levantando el pulgar. 

    Te ha dado por llamarme así... —respondió, mirando a otro lado—. ¿Qué hacías, abuelo?  

    Ágato suspiró, señalando el suelo bajo sus pies. La niña lo observó, arqueando una ceja. De un grácil salto, tomó tierra con suavidad, y acercó su cara al brote que había animado su abuelo. 

    Tiene tres... 

    ... raíces de más, no hace falta que lo digas —le interrumpió Ágato, que había descendido con ayuda del árbol—. Voy perdiendo facultades, querida. 

    ¡No seas tan dramático! —sonrió, con gesto altivo—. Es normal que, con la edad, veas peor. ¡Es lo que tiene hacerse viejo! 

    Tampoco te he pedido que me llames viejo... —se quejó, suspirando de forma exagerada. 

    Abuelo, perdona, yo... 

    ¡Anda la niña, cómo se lo cree todo! —rio con ganas Ágato. Pero bueno, al menos te he criado para que sepas mostrar compasión, ¡jejeje! 

    La niña le dio un empujón, enfadada. El anciano cayó de bruces, y se llevó la mano al hombro, dolorido. Sin embargo, la niña negó, resignada. Su abuelo rio entonces, dándose cuenta de que no se la clavaría una segunda vez.  

    Bueno, bueno... Lo que te decía, querida, cada vez se me hace más difícil animar plantas. 

    Ya te he dicho que exageras, no creo... 

    Átira, no me interrumpas y escúchame. 

    La niña cerró la boca, sorprendida. Su abuelo apenas la llamaba por su nombre, a no ser que fuera realmente importante. 

    Escúchame, Átira... —continuó el anciano—. Esto se va acabando. Sé que mi vida se marchita a cada día. Lo que hoy son tres raíces, puede que mañana sean cuatro. Ya te he explicado muchas veces lo que les pasa a los druidas cuando envejecen, ¿cierto? 

    No debemos usar nuestros poderes, porque no podríamos controlar los filobios que creáramos... —lo repitió como si de una lección se tratase. 

    Exacto, querida. Y es por eso que estoy planteándome el dejar de animar a la Madre Selva. Al menos, por un tiempo. Descansar, ya me entiendes. 

    Pero abuelo, eso está muy bien, no te vendría mal descansar. Pero, ¿no te has planteado que, si tu paras de animarla, esto sería un bosque cualquiera, desprotegido de quien quiera destruirlo? ¿No se supone que los druidas debemos...? 

    Exacto, debemos mantener la animación de la Madre Selva, sea como sea. Pero no soy el único druida en el bosque. ¿verdad, querida? 

    Los ojos aceituna de Átira relucieron. 

    ¡¿Por fin vas a enseñarme a animar, abuelo?! ¡¿De verdad?! 

    Ágato asintió, satisfecho. La pequeña druida enloqueció, dando brincos de árbol en árbol, mientras reía, repleta de felicidad. Estaba tan contenta... que no se dio cuenta de que no había rama donde iba a pisar. Se precipitó al vacío, con la cara por delante. Ágato intentó cogerla, pero... 

    Un pequeño árbol, cubierto de hojas, amortiguó su caída. Asombrada, miró interrogante a su abuelo. El anciano le devolvió una mirada aún más confusa. Entonces, lo entendió. 

    Eso... ¿lo he hecho yo? —preguntó, mientras en su cara se dibujaba una sonrisa. 

    ¡Eres un portento, querida! ¡Tu instinto es increíble! 

    Recostándose sobre el manto foliar que le había recogido, le miró, orgullosa. Sin embargo, no podía ocultar su emoción, reflejada en el rubor de sus mejillas, de un sutil tono oliva. 

    No sé de que te sorprendes, nací con este don —respondió, arqueando una ceja. 

    Sí, pero el don no te servirá de nada... —de pronto, el arbolito se dobló, haciendo que la niña cayera de culo en el suelo—... sin entrenamiento. Así que prepárate, porque esto no es un camino de rosas. 

    ¿Con quién crees que estás hablando, abuelo? —se levantó, sacudiéndose el trasero de hierba aplastada—. ¡Ya verás lo rápido que te supero! 

    Ah... ¿te he dicho alguna vez que me recuerdas a mí de joven, querida? 

    A todas horas, abuelo. A todas horas —respondió, abrazándolo con fuerza. 


domingo, 9 de agosto de 2020

1: La usurpación fallida

    Jamás vieron las paredes de la Fortaleza una frivolidad como la de aquella celebración. Casi asfixiadas se encontraban, por los innumerables mantos bordados con el escudo de la Orden de Guerra, las piedras que sostenían el símbolo de un poder ya marchito, tras la independencia de la mayoría de sus territorios en el norte. Música de laúd repiqueteaba insistente por cada rincón del palacio, mientras los invitados hacían como que disfrutaban de una velada que ya se hacía difícil de soportar.

    —¿Y cómo se ha tomado el general Bisho la independencia… —comentaba una oronda señora, vestida con un opulento vestido de tonos rosa chillón— ...Majestad?

    —Intuyo cierto resquemor en sus palabras, doña Carma —respondió con vehemencia la aludida, una mujer de ojos caídos, con una pequeña tiara sobre su cabello moreno, recogido en un moño.

    —¡Doña, dice! —soltó una sonora carcajada—. ¿Tanto te avergüenza ser mi hermana, Luisa?

    —No, pero lo que sí me podría avergonzar es no seguir el protocolo. Vengo en representación de Equia, y debo…

    —¡Ay, queridísima, todo el día con el protocolo en la boca! —le interrumpió—. ¡Estamos de fiesta, Luisa, muestra algún tipo de emoción, Kayr bendito! ¡Hasta ese vestido que llevas es más alegre que la cara que estás poniendo, hija!

    —No sé qué hay que celebrar —contestó, apartando la mirada hacia el fondo de la sala.

    El general Bisho, un cincuentón de anchas espaldas y prominente mostacho repleto de canas, charlaba con algunos de los invitados, todos miembros de la alta alcurnia del reino. Entre cócteles y risas falsas se divertían familias acaudaladas, capitanes de regimiento y terratenientes agrícolas. Entre la multitud, se podía encontrar alguna oreja picuda, rasgo inequívoco de mestizo de humano y elfo. Por supuesto, ningún ser mágico que no fuera mago artesano licenciado, o la comitiva de Turco Turco, el dueño de las minas del noreste, pisaría una losa de la Fortaleza aquella noche. Ese mismo Turco Turco, con su piel casi negra y sus orejas en forma de puñal, era uno de los ilustres que conversaban con el general, como un grupo de hienas repartiéndose un cadáver recién encontrado.

    —Pues sí, he enviado a mi hijo a la Torre. ¡Mi Loge tiene talento para los truquitos, y hay que aprovecharlo!

    —No digo que no vea las ventajas de que se curta, amigo Turco —carraspeaba Bisho, limpiándose de vino la comisura del labio, con la manga del traje—, pero… ¿con los lanzahechizos? No te tenía por un simpatizante de esa gente.

    —¡Jojojo! —rio con ganas el minerio—. Si te digo la verdad, no me fío un pelo de esos raritos con túnica. Pero, aparte de que consiga más poder, que nunca viene mal... —dio un generoso trago a su copa—. ¡Qué bueno está este vino, por Kayr! Como decía, que aparte de eso, así el cabezón hace amigos. No le falta talento como empresario, pero me ha salido especialito para lo que viene siendo las relaciones sociales.

    —Yo preferiría estar solo antes que ser amigo de un lanzahechizos, pero cada cual con su prole… —se encogió de hombros, sonriendo—. ¡Sagro, aquí, acércate!

    Un joven vestido de negro, de cabello rubio coronado por una diadema plateada, hizo caso de la llamada del engalanado general.

    —¿Me llamaba, señor? —preguntó con voz apagada.

    —¡No veo otro Sagro en esta sala, Majestad! —se burló Turco, levantando la copa—. ¡Bebed con nosotros!

    —Turco, no seas becerro —le reprendió, bromeando—. Dime, ¿cómo llevas lo de tu padre? ¡Gran hombre, Fermio, y mejor guerrero! ¿Sabías que luchamos juntos en el asedio de la Primera Cuenca?

    —Sí, me lo había contado en otra ocasión —fue su lacónica respuesta.

    —Entiendo que cada uno supere el duelo como y cuando pueda, pero han pasado ya diez años, Majestad —resopló el minerio, ignorando lo que iba a decir—. ¿Cuándo os coronaréis rey? Un reino descabezado está condenado al fracaso, y más si es recién nacido.

    —Con todo el respeto, señor Turco —Sagro le clavó su mirada azul—, a Septonia no le falta cabeza. Mi hermana y yo reinaremos cuando la memoria mi padre deje de ser un lastre en nuestro entendimiento. Pero, aunque rey no sea, líder seré para mi pueblo. Además, Enda tampoco tiene un rey legítimo, y de sus cenizas resurgió tras la guerra.

    —Hasta hoy dirás, querido amigo —sonrió ampliamente el general.

    —Sí, hasta hoy. Si me disculpan, señores, voy a hablar con mis hermanas.

    Sin dejar al resto responder, se dio la vuelta, cogiendo su capa para no tropezar con ella, y caminó entre parejas bailando al son del repetitivo repiqueteo de la cuerda pulsada. Tras minuto y medio de codazos y reprimendas, logró llegar a la otra punta de la sala, donde Carma y Luisa le esperaban.

    —¡El que faltaba para la parejita de luto! —vociferó la primera, abanicándose con fruición.

    —Sí, hola… ¿Cómo os encontráis, Majestad?

    —Muy acalorada, y casi sorda, príncipe —contestó en voz baja Luisa—. Aquí doña Carma y yo conversábamos sobre la validez del acto que hoy tendrá lugar.

    —¡Que repipis os ponéis! —se quejó la vestida de rosa—. Pero sí, me parece de cara dura lo que pretende hacer el general.

    —Justo acabo de hablar con él y el señor Turco, de las Cuencas. No es de buen gusto airear opiniones ajenas, pero tampoco lo es acusar de falta de mando a un reino cuando toda esta parafernalia se ha montado con el único motivo de adjudicarse a sí mismo algo que no es.

    —No es de nuestra incumbencia cuestionar los actos de nuestro huésped, hermano —suspiró Luisa, cerrando los ojos—, pero mentiría si dijera que no me disgusta el camino que lleva el gobierno de este reino. Aparte de lo inmoral que resulta la autocoronación de un regente, la fanfarria con la que piensa hacerlo me resulta… —se llevó la mano a la boca, como intentando reprimir la palabra que iba a soltar.

    —¡A él si le llamas hermano! —le miró con resignación—. A mí lo que me parece de risa es que piense más en atribuirse poderes que en tramitar la independencia de Meridia. ¡Los hay con poca vergüenza! —esto último lo dijo en voz alta, por si lo oía quien tenía que oírlo.

    Un cuerno hizo callar a todos los instrumentos y voces por igual. El general Bisho se despidió de Turco y ocupó su lugar en el trono del palacio. Todos se dispusieron en filas, para escuchar lo que tenía que decir.

    —Amigos, hoy es un día histórico —comenzó, rascándose el mostacho—. Bien es cierto que mi actitud es criticable, pero lo que hoy tendrá lugar es algo que debía ocurrir antes o después. Largos siglos hemos esperado al legítimo Rey, pero nunca apareció. No apareció durante la guerra, no apareció cuando la Fortaleza fue destruida, ¡no está entre nosotros, a día de hoy! Es por eso que, para asegurar la paz y la gobernabilidad estable del reino, he decidido autoproclamarme Rey de Enda.

    —¡Desvergonzado! —le acusó un joven fraile—. ¡El destino te castigará por no seguir los designios del Viajero!

    —Que lo saquen de aquí de inmediato —sentenció el general, visiblemente incómodo.

    Un grupo de aprendices de guerrero agarraron por los brazos al fraile, llevándoselo fuera de la Fortaleza entre gritos de blasfemo e impío.

    —Bueno, una vez olvidado este desafortunado incidente, continuemos… ¿Su Eminencia?

    Un anciano jorobado, vestido de túnica morada, llegó a trompicones al trono, cargando con una corona dorada, cubierta de filigranas plateadas.

    —¡La Iglesia de Cayr aprueba, en contra de lo que mi subalterno clamó momentos antes, esta coronación! ¡Al no llegar a nosotros un heredero legítimo, no queda sino admitir que el designio del Viajero es que, hoy día siete del tercer mes del año trescientos veintiuno d. L., sea ascendido al trono al regente Bisho Quimo, general y Comandante de la Orden Guerrera de Enda! ¡Viva el Rey!

    —Su Eminencia, eso es para después de la coronación… —susurró el general, sudando un poco.

    —Esto… ¡sí! Apoya la rodilla en el suelo, general.

    Hizo lo que le pidieron. Los hermanos intercambiaron miradas de desagrado. No solían estar de acuerdo en nada, pero aquello era demasiado obsceno. Con una sonrisa de seguridad, el regente bajó la cabeza.

    —¿Prometes reinar con disciplina, pero compasión? ¿Con justicia, pero honestidad? ¿Con autoridad, pero empatía? ¿Puedes prometer todo esto? —preguntó con solemnidad el sacerdote.

    —Lo prometo, lo prometo, lo prometo —respondió, meneando el cuerpo con cada golpe de voz.

    Solo un paje real, situado tras el trono, pudo ver, de soslayo, como el general cruzaba los dedos a escondidas. Aunque su primer impulso fue exponer la mentira, supo cerrar el pico. Las penas por injurias a la autoridad eran lo suficientemente terribles como para guardar silencio. Solo Kayr sabía lo que le esperaba al frailecillo que antes interrumpió el discurso del general.

    —Muy bien, levanta la cabeza, general —eso hizo, con la esperanza pintada en el rostro—. ¡Por el poder que me otorga la Iglesia de Kayr, yo, el cardenal de Enda, desde este mismo momento, te corono…!

    El portón de entrada, que desde el principio de la velada había permanecido cerrado, se abrió de golpe. Un pastor, vestido de lanas, corrió por el salón, perseguido por la guardia. Algunos nobles ponían cara de circunstancia al paso del recién llegado, como apestados de su esencia de campesino. Cuando por fin lograron apresarlo, lo llevaron ante el general Bisho, cuyos ojos estaban inyectados en sangre.

    —¡¿Quién te crees para irrumpir así en la coronación de tu futuro rey, paleto lanudo?! —aulló, escupiéndole en la cara más de una gota de saliva.

    —General, vengo con una noticia muy importante… —comenzó el labriego, ahogado por la carrera.

    —¡¿IMPORTANTE?! —dio un pisotón—. ¡¿QUÉ HAY MÁS IMPORTANTE QUE LO QUE HAS INTERRUMPIDO, DESGRACIADO?!

    —La Espada… La han sacado… La Espada…

    Todos aquellos que lo escucharon, desde el general, pasando por el cardenal, la guardia que lo retenía, hasta el paje, palidecieron al instante. Aprovechando que aflojaron sus manos, logró liberarse y dirigirse a los atónitos invitados, exclamando como un lunático.

    —¡La Espada ha sido sacada! ¡Ha sido un niño! ¡El niño ha sacado la Espada! ¡El niño… es el Rey! ¡Ha llegado! ¡Viva el Rey de Enda!

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1. Haz una historia sobre un baile multitudinario.

sábado, 8 de agosto de 2020

Sobrecarga

    Como un barco descargando palés en el puerto, un terrorífico ruido de explosión retumbó en las paredes de la humilde casa de madera, desgarrando sin piedad el silencio de la madrugada. Sin embargo, el niño no despertó. Parte de ello se debía a que no era la clase de persona que se sobresalta con facilidad, pero lo cierto era que aquellos estruendos estaban a la orden del día, y de la noche. La vida en la Tercera Cuenca estaba vinculada de forma inevitable al trabajo en las minas, por lo que cada vez que se reventaba una pared, o caía un túnel, el eco del derrumbe se hacía notar en toda la aldea. Cuando un ruido, como el de nuestros propios pasos, se hace tan intrínseco a la rutina, el cerebro acaba por ignorarlo. Esto, en menor medida, es lo que les ocurría a los mestizos, que llevaban toda su vida conviviendo con los truenos provenientes del interior de la tierra. 

    Un nuevo redoble, más potente que el anterior, sacudió las patas de su camastro. En esta ocasión, el movimiento le despertó. Abriendo de par en par sus ojos grises, se sentó de golpe, como si hubiera tenido una pesadilla. Suspiró al darse cuenta de que era solo la mina chillando, como siempre. Ya despierto, miró la hora, encendiendo, con un chasquido, una pequeña chispa, que danzaba alrededor de su dedo índice. Las cuatro y cuarto. Lo cual significaba que sus padres aún seguían trabajando.  

    Se levantó con desgana y, tras vestirse con un abrigo de lana deshilachado, por encima de su pijama, salió de su cuarto. Después de beber algo de agua, se planteó volver a dormir. Respirando hondo, se dio cuenta de que sus ojos no parecían cansados. Se quedó un momento observando la puerta de entrada, como en trance. Tras medio minuto sin mover una pestaña, sacudió la cabeza para espabilarse, y se decidió al fin. Anudándose en torno al cuello una bufanda grisácea, que colgaba de un pequeño perchero junto a la entrada, salió al exterior. 

    Una vez fuera, dejó que la brisa nocturna acariciara su cara. En la Tercera Cuenca siempre solía hacer frío, pero aquella noche no se estaba tan mal. Sonrió, y se dispuso a pasar la siguiente media hora deambulando por el solitario pueblo minero. 

    El pueblo mestizo recibía ese nombre debido a que, realmente, su raza fue el resultado del cruce que se produjo siglos atrás, entre los humanos oriundos, y una tribu de elfos que emigró a aquellas tierras, cuya sangre se diluyó hace tiempo. Sus descendientes toman rasgos de ambas razas. Sus orejas son redondeadas, a pesar de que en una minoría se pueden encontrar cierta deformidad apicada, herencia de sus ancestros mágicos. Y hablando de magia, casi todos los mestizos eran capaces de usarla. 

    La magia en los mestizos funcionaba como una lotería. El talento solía ser hereditario, es decir, si los padres tenían aptitudes, los hijos normalmente también, pero esto no siempre era así. Su parte humana, no mágica, interfería en su capacidad, en mayor o menor medida. Por ello, el espectro se extendía desde el control total de la magia en una de sus cuatro variantes, o la ausencia total de poder, lo cual equiparaba al individuo con un no mágico, o inocuo, como los llamaban. 

    El niño, llamado Lumos, había tenido suerte. A pesar de que sus padres no eran la gran maravilla en lo que a control mágico se refiere, sus poderes de Trueno habían aflorado a los diez años, como estaba estipulado, y de forma espectacular. Desde entonces, siempre había podido hacer todo aquello que se le ocurriera, ya fueran filigranas eléctricas, como cargar de energía la luz de su casa sin dificultad... Hasta logró, con ayuda del mago de Agua local, convocar una tormenta que extinguió un incendio en el gremio minero, salvando la vida a varios currantes en un descanso. En definitiva, Lumos tenía un don. 

    Un nuevo estruendo se oyó. Esta vez, lo acompañó un fogonazo que iluminó toda la calle, cegando por unos instantes a Lumos. Tapándose los ojos con las manos, exhaló por la impresión. Una vez recuperó la vista, y sus ojos se volvieron a acostumbrar a la penumbra de la calle desierta, trató de encontrar el origen de aquel destello. De la mina no había venido, dado que el foco se encontraba en las casas más céntricas de la aldea. Mirando de un lado a otro, fue buscando algo. No sabía muy bien el qué, pero que el resplandor y la explosión sonaran al unísono no era una coincidencia.  

    No tuvo que hacer mucho más esfuerzo, pues ya había un pequeño grupo de chavales de diversas edades, los cuales Lumos conocía del barrio, apostados junto a una casa en concreto. El niño palideció, mientras se agarraba la bufanda como si le estuviera estrangulando.  

    ¡Lumos! —le llamó una chiquilla—. ¿Tú también lo has escuchado desde tu casa? ¿Esa no es...? 

    Pero Lumos no escuchaba. Como un puma, se deshizo de la calma que siempre le había caracterizado, y se abalanzó hacia la puerta. Estaba cerrada. Tras darle un par de golpes con el hombro, decidió no pensar más. Levantando los brazos, cerró los ojos. Mientras su bufanda comenzaba a retorcerse sobre sí misma, envuelta en electricidad, recorrió por sus brazos, como una culebra, un delgado relámpago amarillo. Entonces, dirigiendo sus manos hacia adelante, y ante el asombro de los que allí se encontraban, lo disparó contra la endeble puerta, que salió disparada en mil pedazos. Sin dar tiempo a sus vecinos de reaccionar, corrió todo lo que pudo hasta una habitación en concreto. Olía a quemado. Entrando como una exhalación, dejó escapar un suspiro de terror. 

    En el suelo, cubierto de quemaduras y moratones, yacía un niño de estatura baja. Su cabello naranja estaba ennegrecido, como si le hubiera caído un rayo. Lumos se tiró junto a él, de rodillas, y agarrándolo, lo sacudió, llamándolo por su nombre. 

    Poco después, el mago de Agua llegó. Agradeciendo a Lumos que lo encontrara, se llevó al malherido chico a la casa de socorro, para tratar sus heridas. El resto de curiosos se marcharon con el mago, hambrientos de novedades sobre el estado del desmayado. Así, Lumos se quedó solo. Arrepintiéndose, pero sin poderlo evitar, volvió al interior de la casa. Necesitaba saber qué había ocurrido. 

    Centenares de pergaminos escritos estaban esparcidos por toda la estancia, garabateados y regarabateados. Lumos se acercó a leer aquellos que habían salido ilesos. Hechizos. Miles de hechizos, técnicas y entrenamientos para fortalecer la magia.  

    No... ¿De verdad has sido capaz de llegar a...? —preguntó en voz alta, como si la habitación pudiera responderle. 

    De pronto, calló, sorprendido. En la pared, colgado con una pequeña estaca, se balanceaba un dibujo con los bordes calcinados. Una torre morada, con el techo de cristal. 

    Lumos asintió, llevándose la mano a la frente, con resignación. Esforzándose por no romper a llorar, abandonó la casa mientras, a susurros, repetía una y otra vez: lo siento. 



jueves, 6 de agosto de 2020

La niña de los vientos

    ¿A que hoy hace más calor que el otro día, Kaifu? Hasta ha dejado de nevar en el Yaripon... ¿Quieres que vayamos a jugar con la nieve un día de estos?

    Una leve brisa se levantó, meciendo con la suavidad de un soplido la hierba verde azulada que arropaba las leves colinas de la meseta. La niña se rascó un poco la frente, salpicada por un flequillo del color del cielo, mientras observaba la inmensidad que se extendía frente a ella. Kaifu se recostó junto a ella, posando su alargado cuerpo en el suelo. La niña sonrió. Los longeki solo abandonaban el aire cuando se sentían de verdad relajados y en confianza. Acariciando su morro escamoso con ambas manos, sintió la respiración a tres tiempos del dragón, mientras trataba de acompasar, sin éxito, la suya propia a la del animal. Kaifu abrió su boca, repleta de dientes planos del color de la plata, como indicándole que, si bien toleraba la presencia y el tacto de la chiquilla, tampoco apreciaba que se propasara en sus caricias.

    Ya, Kaifu, sé que te molesta, pero es que me encanta acariciarte. Es curioso, aunque tengas escamas, si paso mi mano hacia la izquierda, eres tan suave... Pero si lo hago hacia la derecha, me la araño... Bueno, también depende de hacia qué lado mires, ¿no es así?

    Kaifu resopló, como asintiendo. De sus orificios nasales salieron expelidos dos nubes de vaho frío. Uno de ellos alcanzó a la niña, que se estremeció de escalofríos. Se dejó caer, aterrizando de espaldas sobre el mullido pasto. Aquella maniobra sobresaltó al longeki, que alzó el vuelo, serpenteando como una anguila entre las rocas. La chiquilla le miró, implorante. Tras dudar unos segundos, Kaifu regresó junto a ella, tumbándose panza arriba y mostrando su blanca tripa, que resaltaba sobre su cuerpo turquesa.

    Perdóname, Kaifu. Aunque sabía que no me ibas a abandonar. Menos mal que sabes que a veces hago cosas... ya sabes, exageradas, como dice madre. Pero tú no me juzgas, como los demás. A ti no te importa que no tenga alas, ¿verdad? se sentó, con su larga cabellera celeste deshecha sobre su cara. Aunque claro, si precisamente tú tuvieras algún problema con no tener alas, vaya hipo… hipoque… hipocresrí... ¡hipocresía! Eso, que no me salía.

    De nuevo bufó el longeki, revolcando un poco su lomo contra la hierba.

    Claro, eso mismo... Pero lo que te decía, que sabía que, aunque haga la mayor de las tonterías, siempre ibas a regresar conmigo. Porque los longeki sois más listos de lo que padre y madre dicen. A vosotros no os importa que yo no...

    La niña guardó silencio. Las manos le temblaban, mientras agarraban sendos puñados de hierba con furia contenida. Su cabello comenzó, de pronto, a levantarse, como impulsado desde abajo por una corriente de aire que comenzó como soplo, pero se volvía brisa y viento por segundos. Gimoteaba de forma intermitente, y sus mejillas se enrojecieron mientras una delgada lágrima surcaba sus labios vibrando de temor. Kaifu, sin embargo, no huyó. Se le quedó mirando, penetrándola con sus enormes ojos de turquesa. Esto hizo reaccionar a la niña, que abrió los suyos, respirando con dificultad. Su pelo regresó a su posición original, y tras secarse la lágrima, respiró hondo tres veces y se agarró de los muslos, con las piernas en cruz.

    Tienes razón, tienes razón… Esto no va a servir de nada. No puedo hacer lo de la otra vez, solo lo empeoraría... Gracias por calmarme, Kaifu. No sé qué haría sin ti, de verdad que no lo sabría…

    No pudo terminar su frase, cuando escuchó un sonido de gong en la lejanía. Tragó saliva, y se asomó al precipicio. Bajo ella, se extendía un poblado de casas de madera, con techos de cañas de kuria teñidos de rojo. Ella sabía muy bien lo que aquel sonido significaba. Tocaba culto. Y con ello, despertar de su sueño. Como imaginando lo que podía pasar por la cabeza de su amiga aeonia, Kaifu apretó su morro contra ella, como tratando de animarla. Pero nada podía hacer aquel dragón por ella. Porque ella no pertenecía a aquel mundo. Aceptando la muestra de cariño con una sonrisa muerta, recogió del suelo su capa y, cubriéndose lo mejor que pudo la cabeza, se despidió con una reverencia del único amigo que tenía. El longeki se la devolvió, con gesto interrogante, antes de emprender el vuelo hacia las montañas para reunirse con sus iguales.

    Tras una corta mirada hacia atrás, la niña emprendió el pesado camino de regreso. Entró en la aldea titubeante, tratando de no coincidir por los senderos con ningún viandante que se dirigiera al templo. Como fuese, aquel esfuerzo siempre era en vano, porque sabía que antes o después llegaría a la puerta de su casa. Y allí estarían todos esperándola, ya que daba la funesta casualidad de que donde ella vivía se celebraban los cultos. Porque ella era la hija de la Sacra Pareja.

    Finalmente, llegó al templo, que consistía en una casa semejante a las demás, pero con tres pisos, separado cada uno por una techumbre carmesí, y unas enormes alas de plata exhibidas en la fachada de la segunda planta. Tal como imaginaba, el pueblo entero la estaba aguardando. Todos con malicia en sus ojos celestes. Todos con muecas de asco, como si una cucaracha se posara en su almuerzo. Todos abriendo sus alas blancas como las nubes.

    La niña se cubrió todo lo que pudo, pero no pudo evitar que todos la reconocieran. En ese momento solo deseó que no hubiera piedras. Pero las hubo. Entre los insultos de paria, maldita, descastada... Entre los escupitajos y los azotes que recibía en la espalda según pasaba... Entre los golpes con las alas de los más jóvenes, que se relamían de gozo al poder castigar a aquella que nunca debió haber nacido... Un guijarro de unos cinco centímetros de diámetro le alcanzó en la coronilla, justo cuando abría el portón para entrar en su casa.

    Cayó de rodillas, y al levantar sus ojos de luna, observó a un hombre calvo con una fina barba azulada, que le observaba con preocupación, pero no le ayudó a levantarse.

    Otra vez has ido a jugar con los longeki, supongo... —inquirió con gravedad.

    Sí, padre... Lo siento, yo...

    No me valen las disculpas, Sonoda. Ponte en pie.

    Sonoda se incorporó, masajeándose la zona en la que había recibido la pedrada. Por suerte, la capa había amortiguado la mayor parte del golpe, pero aún le escocía un poco.

    ¿Te duele mucho? —preguntó, suavizando el tono.

    No, padre. La capa me ha protegido...

    De acuerdo, pues ve a tu habitación. En cuanto termine el culto, tu madre, tú y yo hablaremos de tus escapadas al risco. Mientras, descansa un poco... —se llevó la mano a la barbilla, algo incómodo— ...hija mía.

    La niña abrió los ojos, como en shock. El hombre salió a la calle, cerrando la puerta a su paso. Tras unos segundos evaluando lo que acababa de ocurrir, se dirigió con paso trémulo a su cuarto, cuestionando lo que había oído. Su padre la había llamado hija mía. Sonriendo, llegó a la puerta corrediza que la separaba de su cama. Tal vez, las cosas iban a cambiar desde entonces. Quizás se acabaría lo de que ojalá nunca hubiera nacido. A lo mejor podría, por fin, sentir que sus padres la querían. Ya fuera por falta de costumbre o por desahogar aquella fuente de sentimientos que brotaba de su interior, Sonoda rio. A grandes carcajadas.

    Aquella fue la última vez que pudo hacerlo. La última, en cinco largos años.

La niña de los vientos II

    El sol aún no se había levantado desde el Yaripon, cuando tres golpes fuertes y uno suave repiqutearon en la puerta de ligera madera. So...