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jueves, 20 de agosto de 2020

Needle and Silk: VII

 

    

    Vale, esto es ciertamente inusual. Como dije que haría, me preparé a conciencia  me dirigí como el rayo a las profundidades de los territorios de la raza fúngica, donde viven las Mantis. Al llegar, algunas de sus súbditas me pusieron las cosas difíciles, ya que no me reconocieron al instante. O tal vez estarían aburridas, de que no ocurriese nada. No las culpo, conozco muy bien esa sensación. Por suerte, algunas mantis de mayor rango me recibieron con su tradicional reverencia, regañando a las larvas que intentaron atacarme antes. A pesar de su ferocidad en combate, como ya dije con anterioridad, el honor es una virtud que esta tribu atesora desde hace épocas, y saben reconocer y admirar a los grandes guerreros, entre los que, dejando aparte la modestia, se encuentra una servidora.

    Una comitiva me escoltó hasta la sala de los tronos, en los que las tres hermanas Mantis, líderes de la tribu, me esperaban, imponentes. Tras una reverencia, me preguntaron el motivo de mi llegada. Relatándoles mi encuentro con el fantasma, noté como la más joven se ponía algo nerviosa. Mientras sus hermanas me escuchaban sin mover una sola extremidad, noté como su lanza temblaba entre sus patas delanteras. Un detalle tan baladí no pasó, sin embargo, desapercibido por mi parte, así que le pregunté la razón de su intranquilidad. Aunque al principio las otras le instaron a que no dijera nada, quizá para no interrumpir mi explicación, al final acabaron por desvelarme lo que ocurría: el fantasma les había derrotado. A las tres.

    La mayor tomó la palabra, entonces. Me contó, según recuerdo (dado que transcribir su declaración me resultaría imposible, pido perdón por adelantado por mi falta de certeza), que apareció por la noche. Haciendo vigilancia se encontraban sus más avezados guerreros. Muy pocos, sin embargo, sobrevivieron. En un principio me costó creerles, ya que no me imaginaba al fantasma evitando las garras veloces de insectos tan letales. Mis dudas se disiparon cuando me revelaron que tenía en su poder una capa de ala de polilla. Me costó unos tres segundos adivinar donde la había conseguido. Fue por mi culpa. Por marcharme de la batalla tan rápido, saqueó el cadáver de su hermano, que debió obtenerla antes de enfrentarse a mí hace tanto que ni me acuerdo.

    Como decía, esa capa le permitía moverse con gran agilidad, lo cual le dio la movilidad necesaria como para evitar los sincronizados ataques de las Mantis. Mencionaron también el hechizo de espíritu vengativo, lo cual me hace imaginar que ya lo domina a la perfección. A la pregunta de qué hicieron tras caer derrotados, me respondieron con un simple 'con honra le permitimos continuar su camino'. Sentí una frustración indecible, pero sabía que no valía la pena luchar contra las arraigadas convicciones de la tribu. 

    Lo que ya acabó con mi paciencia. fue conocer que le habían permitido llevarse una garra de mantis. Furiosa, no pude evitar reprocharles no solo su actitud pasiva ante la llegada de alguien como él, sino su intención de ayudarle en su empresa con una herramienta así. Su lacónica respuesta fue, tal como esperaba: 'Él la cogió, y nosotros no le detuvimos. No podemos negar algo así a un guerrero de su calibre'. Se admira a las Mantis por su fortaleza mental, pero en ese momento me parecieron la especie más estúpida de Hallownest. Contando a los pustulosos, por supuesto.

    Sea como fuese, les expresé mi deseo de entrenar con ellas, que aceptaron de inmediato. De hecho, esto lo estoy escribiendo desde una pequeña celda que me han cedido, mientras se preparan para nuestro duelo, que tendrá lugar en breve. He de decir que es más cómoda que la colcha de musgo a la que estoy acostumbrada. Bueno, ya llaman a la puerta, debe ser un paje avisándome de que va a comenzar esto. Volveré al terminar el enfrentamiento. A ver si con el fragor de la batalla consigo olvidarme un poco del revés que supone que ese fantasma siga libre, ahora más peligroso que cuando lo encontré.

    

lunes, 17 de agosto de 2020

Needle and Silk: VI

    


    No creí que este diario, en el que solo me planteaba contar si me encontraba algún mosquito tocanarices o algún hongo rebelde en mi camino por los túneles de Hallownest, sería testigo de la llegada de un fantasma. Lo había planteado más bien como una bitácora de incidencias menores. Pero entre el viajero sin memoria, y ahora esto, parece que cierto viejo enemigo ha vuelto a ponerme en mi sitio. Para los lentos, me refiero al destino. Sí, ese del que tanto hablo últimamente. 

    Aún me cuesta asimilar lo ocurrido hace días. Ya al menos entiendo, en cierta forma, algunas de las cosas que ocurrieron durante nuestro combate. En primer lugar, he ido a hablar con ese loco de la cáscara en espiral. Efectivamente, mis sospechas se confirmaron: fue él quien le enseñó a realizar el hechizo que me derrotó. Espíritu Vengativo. Un proyectil compuesto del alma del portador. Por supuesto, solo aquellos como el fantasma pueden usarlo. Entre el hecho de que se le ocurriera mostrarle como hacer aquel conjuro a un fantasma, y su estridente y estúpida risa, tuve que hacer un gran esfuerzo por no ensartarlo. Decidí dejarle con vida, sin embargo. Quedan pocos como él, y mi derrota es culpa mía, y de nadie más. Matarlo no hubiera solucionado nada.

    Por lo demás, no hay mucho más. Es un fantasma, y como tal, su poder latente es descomunal. Quizá fui demasiado blanda. Puede que por lo débiles que eran sus movimientos, o por su apariencia infantil. Sin embargo, eso nunca me había detenido. ¿Por qué sí ahora? Bien cierto es que llevo unos días extraños. Todo lo que no había pasado en muchos años, está sucediendo muy rápido, ¿quizás demasiado rápido para lo que yo puedo soportar?

    Debo entrenar. Debe ser eso, llevo mucho tiempo sin mejorar mi técnica. Me he dejado llevar con el paso del tiempo, acostumbrada a enfrentarme a insectos menores. Tengo que ponerme al día. No flaquear. Recuperar la disciplina que semanas y meses de vigilancia pasiva me han estado robando. Y nada mejor para recuperarla que con las reinas de la disciplina y el honor en la batalla.

    Las Mantis. Ellas son la clave para que recupere el instinto guerrero. Una civilización que, sobreviviendo a todo reino que quiso subyugar su cultura, se mantiene, a día de hoy, como orgullosa adalid del honor, la técnica de aguijón, y las únicas que, a base de fuerza de voluntad y determinación feroz, no permitieron que la voz hiciera mella en sus sueños, por lo que están libres de infección. Son perfectas para la rehabilitación que debo llevar a cabo. Y lo mejor de todo, es que estoy segura que no rechazarán mi propuesta. Siempre están dispuestas a un buen combate a muerte.

    Así que allá me dirijo. Es posible que, con este movimiento, el fantasma esté haciendo de las suyas, pero a su paso, podré enfrentarme a las Mantis y estar de vuelta antes de que haga mayores descubrimientos. Al fin y al cabo, aún no parece que tenga la capacidad de trepar, movimiento indispensable para moverse con libertad por las zonas más superficiales de Hallownest. 

    Tiemblo de expectación al imaginar mi aguja volando una vez más.Mañana partiré a los Páramos. Lo reconozco, estoy genuinamente emocionada.

jueves, 13 de agosto de 2020

Needle and Silk: V

    



    Me ha... vencido.

    Ese fantasma me ha vencido. No entiendo cómo ha podido pasar, pero lo cierto es que ha pasado. Él sigue de una pieza, y yo estoy escondida, como una vulgar mosca asustada, cosiendo mi capa como mejor puedo. No tiene ningún sentido. Espero que relatar lo sucedido me ayude a recuperar el aliento, y la consciencia propia.

    Como dije en mi anterior entrada, la partícula negra me avisó de lo que estaba ocurriendo. Un fantasma, un... hermano, había llegado a Hallownest. No es algo común, aunque no es el primero que escapa de aquel lugar. Ni eso pudo hacer bien el Rey. Algo tan sencillo como asegurarse de cerrar todas las puertas. A veces, me pregunto por qué me comprometí a proteger la Marca, habiendo otras salidas. No es mi labor quejarme de mi labor, así que prefiero dejar el tema. Como decía, no me costó dar con él. Como de costumbre, ahí estaba sacudiendo su aguijón como un trapo sucio, golpeando a los musgosos que se le acercaban. Debería haberle atacado entonces, pero mi honor me impidió aprovecharme de su desventaja. Además, parecía tan poca cosa... Quería al menos derrotarlo sin perder la dignidad.

    Así, me desplacé con presteza a una zona amplia del túnel. Allí, le esperé. En una esquina, la cáscara vacía de uno como él. A ese lo despaché, sin embargo, en poco más de un minuto. Son duros, no lo negaré. Los fantasmas suelen ser bastante resistentes, y eso que ocultan tras la máscara los hace muy cabezotas. Como moscas al estiércol, parece que su nido les llama. Es comprensible, por otra parte. Pero por comprensible que sea, no puedo permitirlo. Lo que intentan hacer es algo que va en contra de mi juramento. La razón por la que existo.

    Al fin, apareció. Con esos dos pequeños cuernos y esos ojos vacíos. Apuntando mi aguja hacia él, le impedí el paso. Como dije antes, no quería tener que luchar contra alguien así, pero lo que yo quisiera no era relevante. El fantasma no se arredró, empuñando su pequeño aguijón, dispuesto a luchar. Pobre, pensé. Luchar sin saber por qué se lucha es la peor pesadilla de un caballero. Además, tan solo era un niño. Aun así, mi brazo no tembló. Debía morir. Y yo debía ser quien lo matara. Así comenzó nuestro baile.

    Hay una razón de peso por la cual elegí esa sala para que fuera testigo de nuestro duelo. Las paredes eran perfectas para que pudiera agarrarme, y abalanzarme sobre él. El fantasma, por su parte, se movía de forma torpe de un lado a otro, evitando por muy poco cada acometida, saltando sobre mí, pasando por encima de mi aguja al lanzarla... Todo parecía un juego de niños. Sin embargo, algo no andaba bien.

    No conseguía alcanzarle. Aunque, como dije antes, todo era por muy poco, todo lo que intentaba fallaba. Y cada vez que lo hacía, me llevaba un aguijonazo en la máscara, en la capa... Dolía, pero no podía dejar que se saliera con la suya. Explosiones de sedal, estocadas sin tregua... lo intenté todo. Podría haber usado las trampas de pinchos pero, arrogante, las había dejado en el escondite. Había subestimado al fantasma. Y mi castigo por hacerlo llegó de la forma que menos esperaba.

    Un hechizo. Ese estúpido sabía usar hechizos. No sé si muchos o pocos, pero en un momento que, desesperada, me lancé contra él, me esquivó, poniéndose a mi espalda. Entonces, escuché un sonido desgarrador. Y luego, blanco. Una luz me tragó, golpeándome como si un edificio cayera sobre mí. En ese momento, sabía que había perdido.

Sin mediar palabra, huí como la inútil, cobarde, estúpida insensata que soy. Dejé al fantasma campar a sus anchas, mientras lo único que hago es lloriquear. No, se acabó. Hornet, no puedes perder la templanza de esta forma. Menos mal que tengo mi diario, en estos tiempos es complicado desahogarse con nadie, a no ser que desees que de tus penas se entere un insecto pustuloso sin cerebro.

    A partir de ahora, le vigilaré de cerca. Debo verlo como un experimento. Si es capaz de aprender hechizos tan fácilmente, puede que sea... Quien sabe. No quiero desear nada, ni esperar que algo ocurra. Pero esto es una señal. Sí, del destino que tanto aborrezco, pero llegados a estas alturas, solo me queda observar si es lo suficientemente fuerte como para enfrentarse a todo lo que Hallownest le tiene preparado.

    Solo me queda estudiar sus movimientos, y ser testigo de su avance. Si algo le ocurre, no pienso intervenir. Este es su camino, y debe recorrerlo en solitario, como todos. Pero si, aun así, es capaz de llegar a la tumba de ceniza... Bah, que estupideces digo. A seguir cosiendo.

lunes, 10 de agosto de 2020

Needle and Silk: IV

 



    El Huevo Negro.

    Es sorprendente la facilidad que tienen los seres para no enfrentarse a sus problemas. A mí me resultaría impensable no recorrerme toda Hallownest cada día, por mucho que me flaquearan las extremidades. Un deber, una voluntad, y la siempre presente responsabilidad. Eso es todo lo que necesito para levantarme cada mañana de mi lecho de hierba, agarrar mi aguja, y continuar con el ciclo.

    No soy nadie para juzgar, por supuesto, las decisiones de mis ancestros. No encuentro justo, asimismo, que se tenga en duda la buena voluntad de estos, su línea de razonamiento en pos de superar una crisis de aquel calibre. Sin embargo, a pesar de considerarlo injusto, me veo incapaz de evitar preguntarme si la concepción del Huevo y lo que oculta dentro, no fue sino una enorme alfombra bajo la cual barrer el problema. Al fin y al cabo, ¿no vuelve a crecer una mala hierba, a no ser que la arranques de raíz? Creo que tanto vivir entre matojos me está afectando.

    Aunque todo sea dicho, alcanzar esa raíz no es lo que solía decirse ``pan comido´´. La infección… una enfermedad que comienza con un sueño que te llama. Que te promete unión. Que te promete la liberación del yugo. Una pena que ese yugo sea el de la consciencia individual. Pero bueno, que me disperso… Si suponemos que los sueños son el origen… ¿Significaría eso que habría que dejar de soñar? ¿Cómo deja alguien de soñar? Ah, claro… sin mente, voz y voluntad… Todos los caminos conducen al error. Bueno, tampoco pensaba encontrar una solución escribiendo un diario en mis ratos libres. Eso sí que sería un insulto a las grandes mentes del pasado.

    Acabo de volver de una ronda rápida. He escuchado algo extraño mientras divagaba sobre todo este tema, y he ido a investigar. He bajado al nivel inferior, y no he encontrado nada. Cualquiera que lea esto podría respirar tranquilo, o mejor, tacharme de exagerada o excesivamente alerta. Pero para que me entendáis, que no haya nada, ni nadie, a lo largo y ancho del frondoso túnel que sirve como hogar a cientos de seres del musgo, es algo bastante inusual.

    Bueno, decir que no había absolutamente nadie sería mentir. Un pequeño musgoso pustuloso temblaba en un rincón, agazapado entre arbustos. Parecía aterrado. Eso ya me pareció desde el principio una bandera roja, ya que aquellos afectados por la infección pierden toda facultad mental, incluida la capacidad de sentir miedo. Sin embargo, según me acerqué más, vi que estaba agachado por otra razón.

    Junto a él, había otro de su misma especie. O lo que quedaba de él. Había reventado en una masa anaranjada y pegajosa. Eso, para empezar, no es nada de lo que extrañarse. Los seres musgosos tienden a explotar aparatosamente cuando la infección ha corroído su interior. Ya pensé en retirarme a pensar en lo ocurrido, cuando advertí algo insignificante, flotando en sus pensión sobre el caldo burbujeante.

    Una minúscula, casi imperceptible, voluta de sustancia negra. La toqué. Reaccionó de forma violenta, tratando de atacarme. Por suerte, fui rápida y la sacudí de mi brazo antes de que fuera demasiado tarde. Estuvo cerca, pero al menos todo quedó claro. Otro fantasma ha llegado a Sendero Verde.

    Quizás esta entrada sea algo más corta de lo que quería que fuera, pero las prioridades son las que son. El fantasma estará cerca, y debo eliminarlo. La progenie maldita no pasará jamás, por encima de mi cadáver. Es mi misión, es la razón de que siga respirando. Pero basta de divagar, marcho en su búsqueda. Será rápido, como con los otros.

viernes, 7 de agosto de 2020

Needle and Silk: III

 



    No se me ocurre qué debería escribir hoy. Mi encuentro con el viajero de hace unos días ha sido literalmente el único suceso memorable que ha sucedido en mi monótona vida desde hace mucho tiempo. No sé si alguien llegará a leer esto, pero de ser así, no me gustaría que mi supuesto receptor perdiera su valioso tiempo en leer una triste bitácora de patrulla. Aunque, pensándolo bien, no se me ocurre quién podría leerlo. Tampoco es que en Hallownest quede mucha gente que sea capaz de leer.


    Sin embargo, algo me dice que debo continuar. Como si una voz en mi interior me indicara que todo esto merece la pena ser recogido. No me considero una escritora al nivel de los grandes maestros de la capital, pero esto no intenta ser un tratado de historia. Es más bien una forma de desahogar los pensamientos que circulan por mi mente mientras salto entre túneles y títeres con forma de cáscara purulenta.


    La Ciudad de las Lágrimas, como se le conoce ahora, es uno de los puntos de interés en mi jornada de vigilancia. No hay día que no me acerque a observar la plaza, en la que la estatua de mi hermano maldito se yergue junto a la de los Soñadores. Se respira una calma extraña, mientras la lluvia proveniente del gran lago empapa el asfalto de las calles. Incluso, si los lamentos y gruñidos de los insectos sin voluntad propia lo permiten, se puede oír una suave voz cantando, proveniente de una de las torres de la ciudad. Realmente mis labores de vigía en la capital no son tan importantes, pero siempre acabo pasando más tiempo allí. Supongo que ese canto consigue, aunque sea por un momento, que mi alma descanse, o algo muy parecido a eso.


    Después de la ronda, me dirijo al límite del reino. Aunque intento secarme la capa y la máscara por el camino, no puedo evitar que la ceniza se me quede pegada. Es un incordio, ya que aparte de escocer, luego hay que frotar durante más de media hora. Odio ensuciarme, así que mis visitas diarias a la enorme coraza del wyrm parecen otra broma cruel del destino, que sigue burlándose de mí aunque me empeñe en ignorar su existencia. Como todos los días, desciendo hasta el colosal cadáver del que surgió el rey de Hallownest. Como todos los días, la Marca seguía intacta. También es que nadie en su sano juicio se atrevería a introducir su frágil cáscara en la boca cuerpo titánico en descomposición. Sería como pedir la muerte de rodillas. Igual que lo sería que alguien fuera lo suficientemente estúpido como para plantearse siquiera saquear la Marca, pues caería muerto bajo mi aguja. Sin preguntas. Todo controlado.


    Por fin, llegamos al presente. En un túnel inutilizado por su estrechez, tengo apostado uno de mis escondites. En la vegetación es sencillo pasar desapercibida, y llego a los acantilados en tres saltos. Tengo sueño, ha sido un día fuera de lo común, así que creo que puedo permitirme una hora más de descanso. No recuerdo la última vez que lo hice. Diría que algo fuera de lo común vuelva a suceder mañana, pero no debo dejar que el evento de hoy malcríe mi concentración. Hace ya tiempo que me até a esta rutina, por monótona que llegara a resultarme, y lo de hoy no cambia nada. Sin embargo, no puedo evitar que, en mi debilidad, desee revivir esa sensación que me invadió al enfrentarme a ese insecto sin recuerdos. 


    Pero eso no vale para nada. Desde que nací. el tiempo me ha enseñado que lo último que puedo permitirme, es desear.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Needle and Silk: II



    Hace tiempo que dejé de creer en el destino. No existe ningún hilo que conduzca mi vida, ningún libro que dictamine que será de mí mañana. Gran parte de esto se debe a que, de existir, debe estar divirtiéndose como nunca con las vidas que pueblan Hallownest. ¿Un sino que ata a todo insecto a una vida de deambular sin rumbo, con sus cáscaras consumidas por pústulas anaranjadas? Creer es elección de cada uno, y yo elegí no creer en estupideces. Pero lo de hoy, ha desafiado mi agnosticismo como nunca hubiera podido imaginar.


    Aún no he marchado a la capital. Es la primera vez, al menos que sea capaz de recordar, que dejo en mis funciones rutinarias de patrulla, pero estoy segura de que sería incapaz de dar lo mejor de mí misma el resto de la jornada, con este pensamiento nublando mi concentración. Como ya mencioné en la entrada de hace unas horas, me dirigí como siempre a los acantilados, en la última frontera del reino. Un lugar oscuro, poblado por insectos cuyo entendimiento se encuentra a poco de rozar lo salvaje. Hice lo mismo que suelo hacer cada tarde, otear los alrededores en busca de insectos no identificados, asegurarme de que ningún cazatesoros hambriento de banal lujo ose posar una extremidad en territorio del reino, y poco más. Normalmente suelo pasar unas tres horas patrullando, antes de marcharme a la ciudad. Pero cuando había terminado, sentí algo que me desconcertó.


    Más allá de la tumba del viejo Gorb, un insecto muy peculiar se aproximaba al acantilado que hace frontera con el páramo más allá de Hallownest. Observándolo desde el risco, me sorprendió en muchos sentidos. El primero, y más evidente, que parecía portar una máscara sobre la suya propia, a modo de visera. Llevaba un aguijón colgado de la cintura, lo cual significaba que era inteligente. Sin embargo, no era parte de la progenie maldita. Su cáscara, estilizada, se movía con cierto esfuerzo entre los peñascos. En un principio esperaba que acabara despeñándose. No sería el primero al que le ocurría, pero el insecto logró alcanzar mi posición. Finalmente, decidí pasar a la acción.


    He de decir que las sorpresas no acabaron ahí. Le impelí a que se marchara, intentando convencerlo de que no encontraría sino la muerte, si sus intenciones eran las que imaginaba. No me esperaba, como decía, que el insecto en cuestión me respondiera con esa estúpida seguridad. Decía ser, sin que le temblara un ápice la voz, que tan solo era un explorador, y que solo pasaba por aquí de visita. Debió darse cuenta de que no me creía ni una sola de sus palabras, pues se puso en guardia, aguijón en mano. Ningún explorador cualquiera sería capaz de ejercer una pose con la maestría de aquel terco y simple insecto. A decir verdad, no esperaba tener que batirme en duelo esta oscura tarde, pero mentiría si dijera que no sentí cierta satisfacción al empuñar mi aguja contra lo que parecía un rival que, al menos, superaba la mediocridad. Como una exhalación, lancé la aguja cual relámpago. Tal y como había predicho, el muy mentiroso tenía los reflejos de un maestro, pues detuvo en el aire mi dardo. Sin embargo, lo bueno de predecir es que ya tenía pensado una escena parecida. Agarrando con fuerza el hilo, volé hacia el insecto, y le propiné una estocada. Podría haberle atravesado el tórax sin dificultad, pero ya fuera instintivamente, o por un azar fortuito, fue capaz de poner entre mi arma y su cáscara la máscara que llevaba sobre su frente.


    Hace tiempo que dejé de creer en el destino. Pero en aquel instante, pareció abofetearme con sus manos invisibles. La máscara relució al contacto con mi aguja y… Esa máscara... No era posible. Ese patrón ocular, esa energía que pude sentir incluso antes de verla…


    La Maestra.


    Me retiré al instante. Sin dejar hablar a aquel insolente, le insté a que continuara, y me marché sin más palabra. Quizás debería haberle contado todo aquello que necesitaba saber, pero es mejor así. Es un camino que debe seguir él, ya que es a él, y no a mí, a quien llaman desde la niebla. Además, al fin entiendo por qué insistía en desconocer el arte del combate, a pesar de sus habilidades, impresas en su instinto. Parece que, en el tiempo que lleva fuera de Hallownest, sus recuerdos se han disuelto en la oscuridad del yermo no iluminado por la luz pálida. Explicarle todo habría llenado su ya gris memoria de datos que le hubieran dejado más confuso de lo que estaba. Podrá arreglárselas solo, si fue capaz de detener mi acometida. Sin embargo, no puedo evitar pensar que intervenir en su viaje podría haber resultado beneficioso para él. Me hubiera gustado saber el nombre de ese guerrero con mente de espectador. Quién sabe, puede que ni siquiera recuerde eso.

Needle and Silk: I



    Esta historia no tiene un principio real. Tampoco sé si tendrá un final, porque en este reino, los finales no existen. En este reino, todo ocurre y nada avanza, todo se desvanece y vuelve a aparecer de nuevo a los pocos instantes. Los insectos andan en círculos, sueñan despiertos. Sus ojos se abren, pero nada ven. Muy pocos son capaces de ver en este reino.


    No conozco nada más que este reino. Pero nada más debería existir, así que, ¿qué debería importarme? Este reino lo es todo, sin embargo, hace ya tiempo que dejó de significar nada. Aquello que ocurrió hace quién sabe cuánto, todo lo que conllevó… la razón por la cual puedo escribir esto ahora, parecía un mal sueño hasta hace poco. Una eternidad que fue prometida, pero que ahora deja escapar la mentira que ocultaba dicha promesa. Me reiría de lo tremendamente estúpido que fue el perpetrador de aquella atrocidad, solo para que al final no sirviera para nada. Todo por preservar la inmortalidad del reino. Todo. Sin tapujos de ningún tipo. Como siempre, en este reino todo equivale a nada. Y a la nada cayó él, arrastrando a todos.


    Este reino, Hallownest, es un sucio páramo desolado. Por rimbombante que pueda sonar el nombre, ningún dios en su sano juicio pondría una pata en este vertedero. Cada edificio, cada túnel, cada sendero… todo me recuerda constantemente al fracaso de mis antecesores. Lo que en su momento fue un lugar brillante, iluminado por el conocimiento y la prosperidad, es ahora un desierto yermo, únicamente poblado por marionetas de ojos naranjas. La infección. Lo único que pudo apagar la cegadora luz del fundador, una enfermedad que controla voces, mentes y voluntades. Hasta ahora he logrado resistir la voz, pero es duro. Un eco que desde la raíz de tu alma te impele a actuar sin actuar, a moverte sin que seas tú quien lo hagas. A existir sin estar existiendo.


    Nunca pensé que mi labor fuera aquella de una heroína. Aquellos a los que se le llamaban héroes no son más que meras sombras de un glorioso pasado. O han encontrado su sitio entre masas ingentes de estiércol de todos los pobladores de Hallownest, yo incluida. No, yo solo me dedico a realizar aquello que se me encomendó. Es muy sencillo: defender estos escombros contra viajeros que busquen sucia fortuna cuales bichos carroñeros, y evitar que la progenie maldita se acerque al gran error de la antigua época: el Huevo Negro. Dos tareas arduas, si las realizara un insecto cualquiera.


    Pero no cualquier insecto puede soportar la imparable infección que hizo sucumbir el nido sagrado que era este reino, ni cualquier insecto puede empuñar la aguja que descansa a mi lado, mientras escribo estas líneas. No soy una heroína, pero tampoco soy una hipócrita. Mis habilidades no tienen igual en todo el reino, y aún no he conocido rival que me haga clavar la rodilla en el polvo. Me llaman la Hija de Hallownest y, aunque no elegimos a nuestros padres, sé la deuda que asumí desde el día en el que nací, hacia mi madre, hacia el reino que me escuchó respirar por vez primera. Mi nombre es Hornet, hija de la Bestia.


    Hubiera querido finalizar este primer boceto de una forma algo más correcta, pero esto es todo el tiempo que me da la vida en Hallownest. Debo ir a los acantilados en busca de carroñeros, y luego haré ronda completa por la capital. Luego, al límite del reino a supervisar el estado de la coraza y, por último, a dormir, cinco horas más o menos. Seis, si se ha dado alguna eventualidad. Espero que no venga algún musgoso y se coma este trozo de papel. No me agradaría tener que escribir todo esto de nuevo.


Needle and Silk: Presentación del proyecto.



    Y este es mi proyecto principal, aparte de mi novela. Lo he bautizado Needle and Silk, y se trata de un fanfic del videojuego Hollow Knight. Sé que a bastantes les sonará todo lo que ponga en este proyecto sin pies ni cabeza, pero le estoy poniendo mucha ilusión, y creo que al menos podréis ve cómo escribo y, quién sabe... Quizás os convenza para jugar a Hollow Knight, una joyita de juego. En cuanto a regularidad, raro será el día que no actualice este relato, que toma forma de diario, cuaderno de campo, o como lo queráis llamar. Sigue la historia del juego, vista desde el punto de vista de un personaje secundario en particular, que los que hayan jugado sabrán identificar en seguida. Pero bueno, no os entretengo más. Hoy da comienzo Needle and Silk, ¡espero que os guste!
    

La niña de los vientos II

    El sol aún no se había levantado desde el Yaripon, cuando tres golpes fuertes y uno suave repiqutearon en la puerta de ligera madera. So...