sábado, 8 de agosto de 2020

Sobrecarga

    Como un barco descargando palés en el puerto, un terrorífico ruido de explosión retumbó en las paredes de la humilde casa de madera, desgarrando sin piedad el silencio de la madrugada. Sin embargo, el niño no despertó. Parte de ello se debía a que no era la clase de persona que se sobresalta con facilidad, pero lo cierto era que aquellos estruendos estaban a la orden del día, y de la noche. La vida en la Tercera Cuenca estaba vinculada de forma inevitable al trabajo en las minas, por lo que cada vez que se reventaba una pared, o caía un túnel, el eco del derrumbe se hacía notar en toda la aldea. Cuando un ruido, como el de nuestros propios pasos, se hace tan intrínseco a la rutina, el cerebro acaba por ignorarlo. Esto, en menor medida, es lo que les ocurría a los mestizos, que llevaban toda su vida conviviendo con los truenos provenientes del interior de la tierra. 

    Un nuevo redoble, más potente que el anterior, sacudió las patas de su camastro. En esta ocasión, el movimiento le despertó. Abriendo de par en par sus ojos grises, se sentó de golpe, como si hubiera tenido una pesadilla. Suspiró al darse cuenta de que era solo la mina chillando, como siempre. Ya despierto, miró la hora, encendiendo, con un chasquido, una pequeña chispa, que danzaba alrededor de su dedo índice. Las cuatro y cuarto. Lo cual significaba que sus padres aún seguían trabajando.  

    Se levantó con desgana y, tras vestirse con un abrigo de lana deshilachado, por encima de su pijama, salió de su cuarto. Después de beber algo de agua, se planteó volver a dormir. Respirando hondo, se dio cuenta de que sus ojos no parecían cansados. Se quedó un momento observando la puerta de entrada, como en trance. Tras medio minuto sin mover una pestaña, sacudió la cabeza para espabilarse, y se decidió al fin. Anudándose en torno al cuello una bufanda grisácea, que colgaba de un pequeño perchero junto a la entrada, salió al exterior. 

    Una vez fuera, dejó que la brisa nocturna acariciara su cara. En la Tercera Cuenca siempre solía hacer frío, pero aquella noche no se estaba tan mal. Sonrió, y se dispuso a pasar la siguiente media hora deambulando por el solitario pueblo minero. 

    El pueblo mestizo recibía ese nombre debido a que, realmente, su raza fue el resultado del cruce que se produjo siglos atrás, entre los humanos oriundos, y una tribu de elfos que emigró a aquellas tierras, cuya sangre se diluyó hace tiempo. Sus descendientes toman rasgos de ambas razas. Sus orejas son redondeadas, a pesar de que en una minoría se pueden encontrar cierta deformidad apicada, herencia de sus ancestros mágicos. Y hablando de magia, casi todos los mestizos eran capaces de usarla. 

    La magia en los mestizos funcionaba como una lotería. El talento solía ser hereditario, es decir, si los padres tenían aptitudes, los hijos normalmente también, pero esto no siempre era así. Su parte humana, no mágica, interfería en su capacidad, en mayor o menor medida. Por ello, el espectro se extendía desde el control total de la magia en una de sus cuatro variantes, o la ausencia total de poder, lo cual equiparaba al individuo con un no mágico, o inocuo, como los llamaban. 

    El niño, llamado Lumos, había tenido suerte. A pesar de que sus padres no eran la gran maravilla en lo que a control mágico se refiere, sus poderes de Trueno habían aflorado a los diez años, como estaba estipulado, y de forma espectacular. Desde entonces, siempre había podido hacer todo aquello que se le ocurriera, ya fueran filigranas eléctricas, como cargar de energía la luz de su casa sin dificultad... Hasta logró, con ayuda del mago de Agua local, convocar una tormenta que extinguió un incendio en el gremio minero, salvando la vida a varios currantes en un descanso. En definitiva, Lumos tenía un don. 

    Un nuevo estruendo se oyó. Esta vez, lo acompañó un fogonazo que iluminó toda la calle, cegando por unos instantes a Lumos. Tapándose los ojos con las manos, exhaló por la impresión. Una vez recuperó la vista, y sus ojos se volvieron a acostumbrar a la penumbra de la calle desierta, trató de encontrar el origen de aquel destello. De la mina no había venido, dado que el foco se encontraba en las casas más céntricas de la aldea. Mirando de un lado a otro, fue buscando algo. No sabía muy bien el qué, pero que el resplandor y la explosión sonaran al unísono no era una coincidencia.  

    No tuvo que hacer mucho más esfuerzo, pues ya había un pequeño grupo de chavales de diversas edades, los cuales Lumos conocía del barrio, apostados junto a una casa en concreto. El niño palideció, mientras se agarraba la bufanda como si le estuviera estrangulando.  

    ¡Lumos! —le llamó una chiquilla—. ¿Tú también lo has escuchado desde tu casa? ¿Esa no es...? 

    Pero Lumos no escuchaba. Como un puma, se deshizo de la calma que siempre le había caracterizado, y se abalanzó hacia la puerta. Estaba cerrada. Tras darle un par de golpes con el hombro, decidió no pensar más. Levantando los brazos, cerró los ojos. Mientras su bufanda comenzaba a retorcerse sobre sí misma, envuelta en electricidad, recorrió por sus brazos, como una culebra, un delgado relámpago amarillo. Entonces, dirigiendo sus manos hacia adelante, y ante el asombro de los que allí se encontraban, lo disparó contra la endeble puerta, que salió disparada en mil pedazos. Sin dar tiempo a sus vecinos de reaccionar, corrió todo lo que pudo hasta una habitación en concreto. Olía a quemado. Entrando como una exhalación, dejó escapar un suspiro de terror. 

    En el suelo, cubierto de quemaduras y moratones, yacía un niño de estatura baja. Su cabello naranja estaba ennegrecido, como si le hubiera caído un rayo. Lumos se tiró junto a él, de rodillas, y agarrándolo, lo sacudió, llamándolo por su nombre. 

    Poco después, el mago de Agua llegó. Agradeciendo a Lumos que lo encontrara, se llevó al malherido chico a la casa de socorro, para tratar sus heridas. El resto de curiosos se marcharon con el mago, hambrientos de novedades sobre el estado del desmayado. Así, Lumos se quedó solo. Arrepintiéndose, pero sin poderlo evitar, volvió al interior de la casa. Necesitaba saber qué había ocurrido. 

    Centenares de pergaminos escritos estaban esparcidos por toda la estancia, garabateados y regarabateados. Lumos se acercó a leer aquellos que habían salido ilesos. Hechizos. Miles de hechizos, técnicas y entrenamientos para fortalecer la magia.  

    No... ¿De verdad has sido capaz de llegar a...? —preguntó en voz alta, como si la habitación pudiera responderle. 

    De pronto, calló, sorprendido. En la pared, colgado con una pequeña estaca, se balanceaba un dibujo con los bordes calcinados. Una torre morada, con el techo de cristal. 

    Lumos asintió, llevándose la mano a la frente, con resignación. Esforzándose por no romper a llorar, abandonó la casa mientras, a susurros, repetía una y otra vez: lo siento. 



viernes, 7 de agosto de 2020

Needle and Silk: III

 



    No se me ocurre qué debería escribir hoy. Mi encuentro con el viajero de hace unos días ha sido literalmente el único suceso memorable que ha sucedido en mi monótona vida desde hace mucho tiempo. No sé si alguien llegará a leer esto, pero de ser así, no me gustaría que mi supuesto receptor perdiera su valioso tiempo en leer una triste bitácora de patrulla. Aunque, pensándolo bien, no se me ocurre quién podría leerlo. Tampoco es que en Hallownest quede mucha gente que sea capaz de leer.


    Sin embargo, algo me dice que debo continuar. Como si una voz en mi interior me indicara que todo esto merece la pena ser recogido. No me considero una escritora al nivel de los grandes maestros de la capital, pero esto no intenta ser un tratado de historia. Es más bien una forma de desahogar los pensamientos que circulan por mi mente mientras salto entre túneles y títeres con forma de cáscara purulenta.


    La Ciudad de las Lágrimas, como se le conoce ahora, es uno de los puntos de interés en mi jornada de vigilancia. No hay día que no me acerque a observar la plaza, en la que la estatua de mi hermano maldito se yergue junto a la de los Soñadores. Se respira una calma extraña, mientras la lluvia proveniente del gran lago empapa el asfalto de las calles. Incluso, si los lamentos y gruñidos de los insectos sin voluntad propia lo permiten, se puede oír una suave voz cantando, proveniente de una de las torres de la ciudad. Realmente mis labores de vigía en la capital no son tan importantes, pero siempre acabo pasando más tiempo allí. Supongo que ese canto consigue, aunque sea por un momento, que mi alma descanse, o algo muy parecido a eso.


    Después de la ronda, me dirijo al límite del reino. Aunque intento secarme la capa y la máscara por el camino, no puedo evitar que la ceniza se me quede pegada. Es un incordio, ya que aparte de escocer, luego hay que frotar durante más de media hora. Odio ensuciarme, así que mis visitas diarias a la enorme coraza del wyrm parecen otra broma cruel del destino, que sigue burlándose de mí aunque me empeñe en ignorar su existencia. Como todos los días, desciendo hasta el colosal cadáver del que surgió el rey de Hallownest. Como todos los días, la Marca seguía intacta. También es que nadie en su sano juicio se atrevería a introducir su frágil cáscara en la boca cuerpo titánico en descomposición. Sería como pedir la muerte de rodillas. Igual que lo sería que alguien fuera lo suficientemente estúpido como para plantearse siquiera saquear la Marca, pues caería muerto bajo mi aguja. Sin preguntas. Todo controlado.


    Por fin, llegamos al presente. En un túnel inutilizado por su estrechez, tengo apostado uno de mis escondites. En la vegetación es sencillo pasar desapercibida, y llego a los acantilados en tres saltos. Tengo sueño, ha sido un día fuera de lo común, así que creo que puedo permitirme una hora más de descanso. No recuerdo la última vez que lo hice. Diría que algo fuera de lo común vuelva a suceder mañana, pero no debo dejar que el evento de hoy malcríe mi concentración. Hace ya tiempo que me até a esta rutina, por monótona que llegara a resultarme, y lo de hoy no cambia nada. Sin embargo, no puedo evitar que, en mi debilidad, desee revivir esa sensación que me invadió al enfrentarme a ese insecto sin recuerdos. 


    Pero eso no vale para nada. Desde que nací. el tiempo me ha enseñado que lo último que puedo permitirme, es desear.

jueves, 6 de agosto de 2020

Mensaje: Project Kamila

    ¿Qué tal? Intentaré no propasarme con las publicaciones que no sean relatos de por sí, pero quería hablaros de una cosa.

    Lo primero, espero con toda mi ilusión que os haya gustado La niña de los vientos. Es realmente la primera vez que dejo salir al público algo relacionado con mi proyecto principal, al que acabo de bautizar ahora Project Kamila.

    Este proyecto lleva fraguándose desde que estaba en quinto de primaria, aunque sobra decir que por aquel entonces, era solo una ilusión sin forma. Estos dos últimos años he intentado hacerla realidad, pero por diversas razones, no he llegado a arrancar como me hubiera gustado. Es aquí entra en juego Tower of Spring.

    Este blog, como ya os dije, lo creé para colgar los relatos que escribiera para practicar, pero la razón es mucho más profunda. Lo de practicar es algo que rara vez he hecho, así que la función real de Tower of Spring es obligarme a escribir, a superar la desidia y el lo dejo para después. Porque si algo me falta es constancia, este blog pretende ser la solución a mi problema.

    ¿Y a vosotros, qué debería importaros? Pues no mucho, la verdad. Pero necesitaba aclarar esto, y para que sepáis que, a partir de ahora, todos los escritos con el tag de Project Kamila serán historias íntimamente vinculadas a mi novela. 

    Siento si me he ido por las ramas, pero consideradlo una continuación de mi presentación. Espero que sigáis apoyándome, ¡y a disfrutar!

La niña de los vientos

    ¿A que hoy hace más calor que el otro día, Kaifu? Hasta ha dejado de nevar en el Yaripon... ¿Quieres que vayamos a jugar con la nieve un día de estos?

    Una leve brisa se levantó, meciendo con la suavidad de un soplido la hierba verde azulada que arropaba las leves colinas de la meseta. La niña se rascó un poco la frente, salpicada por un flequillo del color del cielo, mientras observaba la inmensidad que se extendía frente a ella. Kaifu se recostó junto a ella, posando su alargado cuerpo en el suelo. La niña sonrió. Los longeki solo abandonaban el aire cuando se sentían de verdad relajados y en confianza. Acariciando su morro escamoso con ambas manos, sintió la respiración a tres tiempos del dragón, mientras trataba de acompasar, sin éxito, la suya propia a la del animal. Kaifu abrió su boca, repleta de dientes planos del color de la plata, como indicándole que, si bien toleraba la presencia y el tacto de la chiquilla, tampoco apreciaba que se propasara en sus caricias.

    Ya, Kaifu, sé que te molesta, pero es que me encanta acariciarte. Es curioso, aunque tengas escamas, si paso mi mano hacia la izquierda, eres tan suave... Pero si lo hago hacia la derecha, me la araño... Bueno, también depende de hacia qué lado mires, ¿no es así?

    Kaifu resopló, como asintiendo. De sus orificios nasales salieron expelidos dos nubes de vaho frío. Uno de ellos alcanzó a la niña, que se estremeció de escalofríos. Se dejó caer, aterrizando de espaldas sobre el mullido pasto. Aquella maniobra sobresaltó al longeki, que alzó el vuelo, serpenteando como una anguila entre las rocas. La chiquilla le miró, implorante. Tras dudar unos segundos, Kaifu regresó junto a ella, tumbándose panza arriba y mostrando su blanca tripa, que resaltaba sobre su cuerpo turquesa.

    Perdóname, Kaifu. Aunque sabía que no me ibas a abandonar. Menos mal que sabes que a veces hago cosas... ya sabes, exageradas, como dice madre. Pero tú no me juzgas, como los demás. A ti no te importa que no tenga alas, ¿verdad? se sentó, con su larga cabellera celeste deshecha sobre su cara. Aunque claro, si precisamente tú tuvieras algún problema con no tener alas, vaya hipo… hipoque… hipocresrí... ¡hipocresía! Eso, que no me salía.

    De nuevo bufó el longeki, revolcando un poco su lomo contra la hierba.

    Claro, eso mismo... Pero lo que te decía, que sabía que, aunque haga la mayor de las tonterías, siempre ibas a regresar conmigo. Porque los longeki sois más listos de lo que padre y madre dicen. A vosotros no os importa que yo no...

    La niña guardó silencio. Las manos le temblaban, mientras agarraban sendos puñados de hierba con furia contenida. Su cabello comenzó, de pronto, a levantarse, como impulsado desde abajo por una corriente de aire que comenzó como soplo, pero se volvía brisa y viento por segundos. Gimoteaba de forma intermitente, y sus mejillas se enrojecieron mientras una delgada lágrima surcaba sus labios vibrando de temor. Kaifu, sin embargo, no huyó. Se le quedó mirando, penetrándola con sus enormes ojos de turquesa. Esto hizo reaccionar a la niña, que abrió los suyos, respirando con dificultad. Su pelo regresó a su posición original, y tras secarse la lágrima, respiró hondo tres veces y se agarró de los muslos, con las piernas en cruz.

    Tienes razón, tienes razón… Esto no va a servir de nada. No puedo hacer lo de la otra vez, solo lo empeoraría... Gracias por calmarme, Kaifu. No sé qué haría sin ti, de verdad que no lo sabría…

    No pudo terminar su frase, cuando escuchó un sonido de gong en la lejanía. Tragó saliva, y se asomó al precipicio. Bajo ella, se extendía un poblado de casas de madera, con techos de cañas de kuria teñidos de rojo. Ella sabía muy bien lo que aquel sonido significaba. Tocaba culto. Y con ello, despertar de su sueño. Como imaginando lo que podía pasar por la cabeza de su amiga aeonia, Kaifu apretó su morro contra ella, como tratando de animarla. Pero nada podía hacer aquel dragón por ella. Porque ella no pertenecía a aquel mundo. Aceptando la muestra de cariño con una sonrisa muerta, recogió del suelo su capa y, cubriéndose lo mejor que pudo la cabeza, se despidió con una reverencia del único amigo que tenía. El longeki se la devolvió, con gesto interrogante, antes de emprender el vuelo hacia las montañas para reunirse con sus iguales.

    Tras una corta mirada hacia atrás, la niña emprendió el pesado camino de regreso. Entró en la aldea titubeante, tratando de no coincidir por los senderos con ningún viandante que se dirigiera al templo. Como fuese, aquel esfuerzo siempre era en vano, porque sabía que antes o después llegaría a la puerta de su casa. Y allí estarían todos esperándola, ya que daba la funesta casualidad de que donde ella vivía se celebraban los cultos. Porque ella era la hija de la Sacra Pareja.

    Finalmente, llegó al templo, que consistía en una casa semejante a las demás, pero con tres pisos, separado cada uno por una techumbre carmesí, y unas enormes alas de plata exhibidas en la fachada de la segunda planta. Tal como imaginaba, el pueblo entero la estaba aguardando. Todos con malicia en sus ojos celestes. Todos con muecas de asco, como si una cucaracha se posara en su almuerzo. Todos abriendo sus alas blancas como las nubes.

    La niña se cubrió todo lo que pudo, pero no pudo evitar que todos la reconocieran. En ese momento solo deseó que no hubiera piedras. Pero las hubo. Entre los insultos de paria, maldita, descastada... Entre los escupitajos y los azotes que recibía en la espalda según pasaba... Entre los golpes con las alas de los más jóvenes, que se relamían de gozo al poder castigar a aquella que nunca debió haber nacido... Un guijarro de unos cinco centímetros de diámetro le alcanzó en la coronilla, justo cuando abría el portón para entrar en su casa.

    Cayó de rodillas, y al levantar sus ojos de luna, observó a un hombre calvo con una fina barba azulada, que le observaba con preocupación, pero no le ayudó a levantarse.

    Otra vez has ido a jugar con los longeki, supongo... —inquirió con gravedad.

    Sí, padre... Lo siento, yo...

    No me valen las disculpas, Sonoda. Ponte en pie.

    Sonoda se incorporó, masajeándose la zona en la que había recibido la pedrada. Por suerte, la capa había amortiguado la mayor parte del golpe, pero aún le escocía un poco.

    ¿Te duele mucho? —preguntó, suavizando el tono.

    No, padre. La capa me ha protegido...

    De acuerdo, pues ve a tu habitación. En cuanto termine el culto, tu madre, tú y yo hablaremos de tus escapadas al risco. Mientras, descansa un poco... —se llevó la mano a la barbilla, algo incómodo— ...hija mía.

    La niña abrió los ojos, como en shock. El hombre salió a la calle, cerrando la puerta a su paso. Tras unos segundos evaluando lo que acababa de ocurrir, se dirigió con paso trémulo a su cuarto, cuestionando lo que había oído. Su padre la había llamado hija mía. Sonriendo, llegó a la puerta corrediza que la separaba de su cama. Tal vez, las cosas iban a cambiar desde entonces. Quizás se acabaría lo de que ojalá nunca hubiera nacido. A lo mejor podría, por fin, sentir que sus padres la querían. Ya fuera por falta de costumbre o por desahogar aquella fuente de sentimientos que brotaba de su interior, Sonoda rio. A grandes carcajadas.

    Aquella fue la última vez que pudo hacerlo. La última, en cinco largos años.

miércoles, 5 de agosto de 2020

Needle and Silk: II



    Hace tiempo que dejé de creer en el destino. No existe ningún hilo que conduzca mi vida, ningún libro que dictamine que será de mí mañana. Gran parte de esto se debe a que, de existir, debe estar divirtiéndose como nunca con las vidas que pueblan Hallownest. ¿Un sino que ata a todo insecto a una vida de deambular sin rumbo, con sus cáscaras consumidas por pústulas anaranjadas? Creer es elección de cada uno, y yo elegí no creer en estupideces. Pero lo de hoy, ha desafiado mi agnosticismo como nunca hubiera podido imaginar.


    Aún no he marchado a la capital. Es la primera vez, al menos que sea capaz de recordar, que dejo en mis funciones rutinarias de patrulla, pero estoy segura de que sería incapaz de dar lo mejor de mí misma el resto de la jornada, con este pensamiento nublando mi concentración. Como ya mencioné en la entrada de hace unas horas, me dirigí como siempre a los acantilados, en la última frontera del reino. Un lugar oscuro, poblado por insectos cuyo entendimiento se encuentra a poco de rozar lo salvaje. Hice lo mismo que suelo hacer cada tarde, otear los alrededores en busca de insectos no identificados, asegurarme de que ningún cazatesoros hambriento de banal lujo ose posar una extremidad en territorio del reino, y poco más. Normalmente suelo pasar unas tres horas patrullando, antes de marcharme a la ciudad. Pero cuando había terminado, sentí algo que me desconcertó.


    Más allá de la tumba del viejo Gorb, un insecto muy peculiar se aproximaba al acantilado que hace frontera con el páramo más allá de Hallownest. Observándolo desde el risco, me sorprendió en muchos sentidos. El primero, y más evidente, que parecía portar una máscara sobre la suya propia, a modo de visera. Llevaba un aguijón colgado de la cintura, lo cual significaba que era inteligente. Sin embargo, no era parte de la progenie maldita. Su cáscara, estilizada, se movía con cierto esfuerzo entre los peñascos. En un principio esperaba que acabara despeñándose. No sería el primero al que le ocurría, pero el insecto logró alcanzar mi posición. Finalmente, decidí pasar a la acción.


    He de decir que las sorpresas no acabaron ahí. Le impelí a que se marchara, intentando convencerlo de que no encontraría sino la muerte, si sus intenciones eran las que imaginaba. No me esperaba, como decía, que el insecto en cuestión me respondiera con esa estúpida seguridad. Decía ser, sin que le temblara un ápice la voz, que tan solo era un explorador, y que solo pasaba por aquí de visita. Debió darse cuenta de que no me creía ni una sola de sus palabras, pues se puso en guardia, aguijón en mano. Ningún explorador cualquiera sería capaz de ejercer una pose con la maestría de aquel terco y simple insecto. A decir verdad, no esperaba tener que batirme en duelo esta oscura tarde, pero mentiría si dijera que no sentí cierta satisfacción al empuñar mi aguja contra lo que parecía un rival que, al menos, superaba la mediocridad. Como una exhalación, lancé la aguja cual relámpago. Tal y como había predicho, el muy mentiroso tenía los reflejos de un maestro, pues detuvo en el aire mi dardo. Sin embargo, lo bueno de predecir es que ya tenía pensado una escena parecida. Agarrando con fuerza el hilo, volé hacia el insecto, y le propiné una estocada. Podría haberle atravesado el tórax sin dificultad, pero ya fuera instintivamente, o por un azar fortuito, fue capaz de poner entre mi arma y su cáscara la máscara que llevaba sobre su frente.


    Hace tiempo que dejé de creer en el destino. Pero en aquel instante, pareció abofetearme con sus manos invisibles. La máscara relució al contacto con mi aguja y… Esa máscara... No era posible. Ese patrón ocular, esa energía que pude sentir incluso antes de verla…


    La Maestra.


    Me retiré al instante. Sin dejar hablar a aquel insolente, le insté a que continuara, y me marché sin más palabra. Quizás debería haberle contado todo aquello que necesitaba saber, pero es mejor así. Es un camino que debe seguir él, ya que es a él, y no a mí, a quien llaman desde la niebla. Además, al fin entiendo por qué insistía en desconocer el arte del combate, a pesar de sus habilidades, impresas en su instinto. Parece que, en el tiempo que lleva fuera de Hallownest, sus recuerdos se han disuelto en la oscuridad del yermo no iluminado por la luz pálida. Explicarle todo habría llenado su ya gris memoria de datos que le hubieran dejado más confuso de lo que estaba. Podrá arreglárselas solo, si fue capaz de detener mi acometida. Sin embargo, no puedo evitar pensar que intervenir en su viaje podría haber resultado beneficioso para él. Me hubiera gustado saber el nombre de ese guerrero con mente de espectador. Quién sabe, puede que ni siquiera recuerde eso.

Needle and Silk: I



    Esta historia no tiene un principio real. Tampoco sé si tendrá un final, porque en este reino, los finales no existen. En este reino, todo ocurre y nada avanza, todo se desvanece y vuelve a aparecer de nuevo a los pocos instantes. Los insectos andan en círculos, sueñan despiertos. Sus ojos se abren, pero nada ven. Muy pocos son capaces de ver en este reino.


    No conozco nada más que este reino. Pero nada más debería existir, así que, ¿qué debería importarme? Este reino lo es todo, sin embargo, hace ya tiempo que dejó de significar nada. Aquello que ocurrió hace quién sabe cuánto, todo lo que conllevó… la razón por la cual puedo escribir esto ahora, parecía un mal sueño hasta hace poco. Una eternidad que fue prometida, pero que ahora deja escapar la mentira que ocultaba dicha promesa. Me reiría de lo tremendamente estúpido que fue el perpetrador de aquella atrocidad, solo para que al final no sirviera para nada. Todo por preservar la inmortalidad del reino. Todo. Sin tapujos de ningún tipo. Como siempre, en este reino todo equivale a nada. Y a la nada cayó él, arrastrando a todos.


    Este reino, Hallownest, es un sucio páramo desolado. Por rimbombante que pueda sonar el nombre, ningún dios en su sano juicio pondría una pata en este vertedero. Cada edificio, cada túnel, cada sendero… todo me recuerda constantemente al fracaso de mis antecesores. Lo que en su momento fue un lugar brillante, iluminado por el conocimiento y la prosperidad, es ahora un desierto yermo, únicamente poblado por marionetas de ojos naranjas. La infección. Lo único que pudo apagar la cegadora luz del fundador, una enfermedad que controla voces, mentes y voluntades. Hasta ahora he logrado resistir la voz, pero es duro. Un eco que desde la raíz de tu alma te impele a actuar sin actuar, a moverte sin que seas tú quien lo hagas. A existir sin estar existiendo.


    Nunca pensé que mi labor fuera aquella de una heroína. Aquellos a los que se le llamaban héroes no son más que meras sombras de un glorioso pasado. O han encontrado su sitio entre masas ingentes de estiércol de todos los pobladores de Hallownest, yo incluida. No, yo solo me dedico a realizar aquello que se me encomendó. Es muy sencillo: defender estos escombros contra viajeros que busquen sucia fortuna cuales bichos carroñeros, y evitar que la progenie maldita se acerque al gran error de la antigua época: el Huevo Negro. Dos tareas arduas, si las realizara un insecto cualquiera.


    Pero no cualquier insecto puede soportar la imparable infección que hizo sucumbir el nido sagrado que era este reino, ni cualquier insecto puede empuñar la aguja que descansa a mi lado, mientras escribo estas líneas. No soy una heroína, pero tampoco soy una hipócrita. Mis habilidades no tienen igual en todo el reino, y aún no he conocido rival que me haga clavar la rodilla en el polvo. Me llaman la Hija de Hallownest y, aunque no elegimos a nuestros padres, sé la deuda que asumí desde el día en el que nací, hacia mi madre, hacia el reino que me escuchó respirar por vez primera. Mi nombre es Hornet, hija de la Bestia.


    Hubiera querido finalizar este primer boceto de una forma algo más correcta, pero esto es todo el tiempo que me da la vida en Hallownest. Debo ir a los acantilados en busca de carroñeros, y luego haré ronda completa por la capital. Luego, al límite del reino a supervisar el estado de la coraza y, por último, a dormir, cinco horas más o menos. Seis, si se ha dado alguna eventualidad. Espero que no venga algún musgoso y se coma este trozo de papel. No me agradaría tener que escribir todo esto de nuevo.


Needle and Silk: Presentación del proyecto.



    Y este es mi proyecto principal, aparte de mi novela. Lo he bautizado Needle and Silk, y se trata de un fanfic del videojuego Hollow Knight. Sé que a bastantes les sonará todo lo que ponga en este proyecto sin pies ni cabeza, pero le estoy poniendo mucha ilusión, y creo que al menos podréis ve cómo escribo y, quién sabe... Quizás os convenza para jugar a Hollow Knight, una joyita de juego. En cuanto a regularidad, raro será el día que no actualice este relato, que toma forma de diario, cuaderno de campo, o como lo queráis llamar. Sigue la historia del juego, vista desde el punto de vista de un personaje secundario en particular, que los que hayan jugado sabrán identificar en seguida. Pero bueno, no os entretengo más. Hoy da comienzo Needle and Silk, ¡espero que os guste!
    

La niña de los vientos II

    El sol aún no se había levantado desde el Yaripon, cuando tres golpes fuertes y uno suave repiqutearon en la puerta de ligera madera. So...