martes, 11 de agosto de 2020

Brotes verdes

    El brote tenía tres raíces de más. Ágato suspiró. Hacía ya tiempo que le venía pasando. La vejez no perdonaba a nadie, ni siquiera a él. 

    Levantándose del suelo de un salto, agarró una rama del árbol bajo el que se había refugiado. La rama comenzó a moverse hacia arriba, aupando al anciano a su copa. Desde allí, oteó los alrededores. Aunque para cualquier viajero que lo cruzara era una maraña de enredaderas verdes y marrones, para Ágato cada hoja, cada brizna de hierba, cada minúscula partícula de musgo, tenía un nombre e identidad. Ágato era uno de los pocos supervivientes de la raza druida, habitantes desde tiempos inmemoriales de aquel laberinto vegetal: la Madre Selva, aunque en el exterior lo llamaban la Maleza, o el Bosque Viviente. 

    Los druidas eran una raza de lo más singular. Parecían el eslabón perdido entre planta y persona, ya que, a pesar de tener aspecto humanoide, y poseer inteligencia, su cuerpo se comportaba en muchos aspectos como si de un vegetal se tratara. Para alimentarse, aunque podían por el método que el resto de especies acostumbraba, para ellos era mucho más óptimo enterrar sus pies o manos en el suelo, y absorber así el sustrato necesario. Después, subían a lo alto de los árboles, y con estructuras compuesta por hojas, que conectaban con su cabeza, semejantes a sombreros, realizaban la fotosíntesis para recibir los nutrientes que necesitaban. Sin duda una especie extraña, aunque su fisiología no era lo único que los diferenciaba.  

    Solo ellos podían usar una magia muy peculiar, a la cual llamaban filomancia. Con ella, podían usar su cuerpo para crear plantas de todos los tipos, tamaños y utilidades. Pero no acababa ahí: eran capaces de dotarles de una vida superior. Esto suponía que, por ejemplo, podían realizar seres como insectos compuestos de finas hojas, los cuales animaban, convirtiéndolos en bizarros seres a su servicio. A estos seres creados, los llamaban filobios. La mera presencia de los druidas era la razón por la cual la Madre Selva estaba viva, y la razón de su fama en el resto del mundo.

    Sin embargo, sus movimientos eran cada vez más pesados. Tiempo atrás, antes del comienzo de la guerra, los árboles se entrelazaban como cordones de zapato, y flores de vivos colores y formas imposibles abrían sus pétalos en los rincones más inesperados. La rama que elevó a Ágato era ya un triste remanente de lo que un día fue un laberíntico espectáculo de serpenteantes enredaderas de todos los tonos de verde. Apenas quedaban ya individuos de la floreciente raza druida. El anciano Ágato era uno de ellos. El otro... 

    ¡Abuelo, que voy! 

    Balanceándose colgada de una liana, una niña de unos once años, de cabello negro y piel blanca como la tiza, se dirigía a toda velocidad hacia el anciano. Con un mortal hacia atrás, aterrizó a pocos centímetros de él, haciendo temblar la rama. Le miró con divertida malicia. 

    ¡Un movimiento magnífico, querida! —sonrió, levantando el pulgar. 

    Te ha dado por llamarme así... —respondió, mirando a otro lado—. ¿Qué hacías, abuelo?  

    Ágato suspiró, señalando el suelo bajo sus pies. La niña lo observó, arqueando una ceja. De un grácil salto, tomó tierra con suavidad, y acercó su cara al brote que había animado su abuelo. 

    Tiene tres... 

    ... raíces de más, no hace falta que lo digas —le interrumpió Ágato, que había descendido con ayuda del árbol—. Voy perdiendo facultades, querida. 

    ¡No seas tan dramático! —sonrió, con gesto altivo—. Es normal que, con la edad, veas peor. ¡Es lo que tiene hacerse viejo! 

    Tampoco te he pedido que me llames viejo... —se quejó, suspirando de forma exagerada. 

    Abuelo, perdona, yo... 

    ¡Anda la niña, cómo se lo cree todo! —rio con ganas Ágato. Pero bueno, al menos te he criado para que sepas mostrar compasión, ¡jejeje! 

    La niña le dio un empujón, enfadada. El anciano cayó de bruces, y se llevó la mano al hombro, dolorido. Sin embargo, la niña negó, resignada. Su abuelo rio entonces, dándose cuenta de que no se la clavaría una segunda vez.  

    Bueno, bueno... Lo que te decía, querida, cada vez se me hace más difícil animar plantas. 

    Ya te he dicho que exageras, no creo... 

    Átira, no me interrumpas y escúchame. 

    La niña cerró la boca, sorprendida. Su abuelo apenas la llamaba por su nombre, a no ser que fuera realmente importante. 

    Escúchame, Átira... —continuó el anciano—. Esto se va acabando. Sé que mi vida se marchita a cada día. Lo que hoy son tres raíces, puede que mañana sean cuatro. Ya te he explicado muchas veces lo que les pasa a los druidas cuando envejecen, ¿cierto? 

    No debemos usar nuestros poderes, porque no podríamos controlar los filobios que creáramos... —lo repitió como si de una lección se tratase. 

    Exacto, querida. Y es por eso que estoy planteándome el dejar de animar a la Madre Selva. Al menos, por un tiempo. Descansar, ya me entiendes. 

    Pero abuelo, eso está muy bien, no te vendría mal descansar. Pero, ¿no te has planteado que, si tu paras de animarla, esto sería un bosque cualquiera, desprotegido de quien quiera destruirlo? ¿No se supone que los druidas debemos...? 

    Exacto, debemos mantener la animación de la Madre Selva, sea como sea. Pero no soy el único druida en el bosque. ¿verdad, querida? 

    Los ojos aceituna de Átira relucieron. 

    ¡¿Por fin vas a enseñarme a animar, abuelo?! ¡¿De verdad?! 

    Ágato asintió, satisfecho. La pequeña druida enloqueció, dando brincos de árbol en árbol, mientras reía, repleta de felicidad. Estaba tan contenta... que no se dio cuenta de que no había rama donde iba a pisar. Se precipitó al vacío, con la cara por delante. Ágato intentó cogerla, pero... 

    Un pequeño árbol, cubierto de hojas, amortiguó su caída. Asombrada, miró interrogante a su abuelo. El anciano le devolvió una mirada aún más confusa. Entonces, lo entendió. 

    Eso... ¿lo he hecho yo? —preguntó, mientras en su cara se dibujaba una sonrisa. 

    ¡Eres un portento, querida! ¡Tu instinto es increíble! 

    Recostándose sobre el manto foliar que le había recogido, le miró, orgullosa. Sin embargo, no podía ocultar su emoción, reflejada en el rubor de sus mejillas, de un sutil tono oliva. 

    No sé de que te sorprendes, nací con este don —respondió, arqueando una ceja. 

    Sí, pero el don no te servirá de nada... —de pronto, el arbolito se dobló, haciendo que la niña cayera de culo en el suelo—... sin entrenamiento. Así que prepárate, porque esto no es un camino de rosas. 

    ¿Con quién crees que estás hablando, abuelo? —se levantó, sacudiéndose el trasero de hierba aplastada—. ¡Ya verás lo rápido que te supero! 

    Ah... ¿te he dicho alguna vez que me recuerdas a mí de joven, querida? 

    A todas horas, abuelo. A todas horas —respondió, abrazándolo con fuerza. 


lunes, 10 de agosto de 2020

Needle and Silk: IV

 



    El Huevo Negro.

    Es sorprendente la facilidad que tienen los seres para no enfrentarse a sus problemas. A mí me resultaría impensable no recorrerme toda Hallownest cada día, por mucho que me flaquearan las extremidades. Un deber, una voluntad, y la siempre presente responsabilidad. Eso es todo lo que necesito para levantarme cada mañana de mi lecho de hierba, agarrar mi aguja, y continuar con el ciclo.

    No soy nadie para juzgar, por supuesto, las decisiones de mis ancestros. No encuentro justo, asimismo, que se tenga en duda la buena voluntad de estos, su línea de razonamiento en pos de superar una crisis de aquel calibre. Sin embargo, a pesar de considerarlo injusto, me veo incapaz de evitar preguntarme si la concepción del Huevo y lo que oculta dentro, no fue sino una enorme alfombra bajo la cual barrer el problema. Al fin y al cabo, ¿no vuelve a crecer una mala hierba, a no ser que la arranques de raíz? Creo que tanto vivir entre matojos me está afectando.

    Aunque todo sea dicho, alcanzar esa raíz no es lo que solía decirse ``pan comido´´. La infección… una enfermedad que comienza con un sueño que te llama. Que te promete unión. Que te promete la liberación del yugo. Una pena que ese yugo sea el de la consciencia individual. Pero bueno, que me disperso… Si suponemos que los sueños son el origen… ¿Significaría eso que habría que dejar de soñar? ¿Cómo deja alguien de soñar? Ah, claro… sin mente, voz y voluntad… Todos los caminos conducen al error. Bueno, tampoco pensaba encontrar una solución escribiendo un diario en mis ratos libres. Eso sí que sería un insulto a las grandes mentes del pasado.

    Acabo de volver de una ronda rápida. He escuchado algo extraño mientras divagaba sobre todo este tema, y he ido a investigar. He bajado al nivel inferior, y no he encontrado nada. Cualquiera que lea esto podría respirar tranquilo, o mejor, tacharme de exagerada o excesivamente alerta. Pero para que me entendáis, que no haya nada, ni nadie, a lo largo y ancho del frondoso túnel que sirve como hogar a cientos de seres del musgo, es algo bastante inusual.

    Bueno, decir que no había absolutamente nadie sería mentir. Un pequeño musgoso pustuloso temblaba en un rincón, agazapado entre arbustos. Parecía aterrado. Eso ya me pareció desde el principio una bandera roja, ya que aquellos afectados por la infección pierden toda facultad mental, incluida la capacidad de sentir miedo. Sin embargo, según me acerqué más, vi que estaba agachado por otra razón.

    Junto a él, había otro de su misma especie. O lo que quedaba de él. Había reventado en una masa anaranjada y pegajosa. Eso, para empezar, no es nada de lo que extrañarse. Los seres musgosos tienden a explotar aparatosamente cuando la infección ha corroído su interior. Ya pensé en retirarme a pensar en lo ocurrido, cuando advertí algo insignificante, flotando en sus pensión sobre el caldo burbujeante.

    Una minúscula, casi imperceptible, voluta de sustancia negra. La toqué. Reaccionó de forma violenta, tratando de atacarme. Por suerte, fui rápida y la sacudí de mi brazo antes de que fuera demasiado tarde. Estuvo cerca, pero al menos todo quedó claro. Otro fantasma ha llegado a Sendero Verde.

    Quizás esta entrada sea algo más corta de lo que quería que fuera, pero las prioridades son las que son. El fantasma estará cerca, y debo eliminarlo. La progenie maldita no pasará jamás, por encima de mi cadáver. Es mi misión, es la razón de que siga respirando. Pero basta de divagar, marcho en su búsqueda. Será rápido, como con los otros.

domingo, 9 de agosto de 2020

Reto Literup: presentación

     ¡Hoy toca mensaje! Tengo un par de anuncios muy importantes, así que vayamos al grano:

    - Lo primero, desde hoy comienzo (aunque un pelín tarde, no lo negaré) el Reto de los 52 relatos de la editorial Literup. Este reto consiste en, teóricamente, escribir un relato cada semana, siguiendo las 52 directrices que en la propia página indican, con el objetivo de escribir un relato por semana del año. En mi caso, empiezo casi ocho meses tarde, así que me organizaré como explico en mi segundo y último punto.

    - Cada semana, escribiré dos relatos de este reto, que se publicarán todos los miércoles y domingos. Por tanto, las mini historias del Proyecto Kamila y Needle and Silk se irán alternando, de forma que si lo último que escribí antes del reto de la semana era el fanfic, luego vendría una mini historia, y viceversa. Espero haberme explicado bien, jejeje.

    Pues eso sería todo. Tenéis las reglas del reto, por si os animáis, en la siguiente página: https://blog.literup.com/52-retos-de-escritura-para-2020/

    ¡A disfrutar, y espero que os guste lo que está por venir!

1: La usurpación fallida

    Jamás vieron las paredes de la Fortaleza una frivolidad como la de aquella celebración. Casi asfixiadas se encontraban, por los innumerables mantos bordados con el escudo de la Orden de Guerra, las piedras que sostenían el símbolo de un poder ya marchito, tras la independencia de la mayoría de sus territorios en el norte. Música de laúd repiqueteaba insistente por cada rincón del palacio, mientras los invitados hacían como que disfrutaban de una velada que ya se hacía difícil de soportar.

    —¿Y cómo se ha tomado el general Bisho la independencia… —comentaba una oronda señora, vestida con un opulento vestido de tonos rosa chillón— ...Majestad?

    —Intuyo cierto resquemor en sus palabras, doña Carma —respondió con vehemencia la aludida, una mujer de ojos caídos, con una pequeña tiara sobre su cabello moreno, recogido en un moño.

    —¡Doña, dice! —soltó una sonora carcajada—. ¿Tanto te avergüenza ser mi hermana, Luisa?

    —No, pero lo que sí me podría avergonzar es no seguir el protocolo. Vengo en representación de Equia, y debo…

    —¡Ay, queridísima, todo el día con el protocolo en la boca! —le interrumpió—. ¡Estamos de fiesta, Luisa, muestra algún tipo de emoción, Kayr bendito! ¡Hasta ese vestido que llevas es más alegre que la cara que estás poniendo, hija!

    —No sé qué hay que celebrar —contestó, apartando la mirada hacia el fondo de la sala.

    El general Bisho, un cincuentón de anchas espaldas y prominente mostacho repleto de canas, charlaba con algunos de los invitados, todos miembros de la alta alcurnia del reino. Entre cócteles y risas falsas se divertían familias acaudaladas, capitanes de regimiento y terratenientes agrícolas. Entre la multitud, se podía encontrar alguna oreja picuda, rasgo inequívoco de mestizo de humano y elfo. Por supuesto, ningún ser mágico que no fuera mago artesano licenciado, o la comitiva de Turco Turco, el dueño de las minas del noreste, pisaría una losa de la Fortaleza aquella noche. Ese mismo Turco Turco, con su piel casi negra y sus orejas en forma de puñal, era uno de los ilustres que conversaban con el general, como un grupo de hienas repartiéndose un cadáver recién encontrado.

    —Pues sí, he enviado a mi hijo a la Torre. ¡Mi Loge tiene talento para los truquitos, y hay que aprovecharlo!

    —No digo que no vea las ventajas de que se curta, amigo Turco —carraspeaba Bisho, limpiándose de vino la comisura del labio, con la manga del traje—, pero… ¿con los lanzahechizos? No te tenía por un simpatizante de esa gente.

    —¡Jojojo! —rio con ganas el minerio—. Si te digo la verdad, no me fío un pelo de esos raritos con túnica. Pero, aparte de que consiga más poder, que nunca viene mal... —dio un generoso trago a su copa—. ¡Qué bueno está este vino, por Kayr! Como decía, que aparte de eso, así el cabezón hace amigos. No le falta talento como empresario, pero me ha salido especialito para lo que viene siendo las relaciones sociales.

    —Yo preferiría estar solo antes que ser amigo de un lanzahechizos, pero cada cual con su prole… —se encogió de hombros, sonriendo—. ¡Sagro, aquí, acércate!

    Un joven vestido de negro, de cabello rubio coronado por una diadema plateada, hizo caso de la llamada del engalanado general.

    —¿Me llamaba, señor? —preguntó con voz apagada.

    —¡No veo otro Sagro en esta sala, Majestad! —se burló Turco, levantando la copa—. ¡Bebed con nosotros!

    —Turco, no seas becerro —le reprendió, bromeando—. Dime, ¿cómo llevas lo de tu padre? ¡Gran hombre, Fermio, y mejor guerrero! ¿Sabías que luchamos juntos en el asedio de la Primera Cuenca?

    —Sí, me lo había contado en otra ocasión —fue su lacónica respuesta.

    —Entiendo que cada uno supere el duelo como y cuando pueda, pero han pasado ya diez años, Majestad —resopló el minerio, ignorando lo que iba a decir—. ¿Cuándo os coronaréis rey? Un reino descabezado está condenado al fracaso, y más si es recién nacido.

    —Con todo el respeto, señor Turco —Sagro le clavó su mirada azul—, a Septonia no le falta cabeza. Mi hermana y yo reinaremos cuando la memoria mi padre deje de ser un lastre en nuestro entendimiento. Pero, aunque rey no sea, líder seré para mi pueblo. Además, Enda tampoco tiene un rey legítimo, y de sus cenizas resurgió tras la guerra.

    —Hasta hoy dirás, querido amigo —sonrió ampliamente el general.

    —Sí, hasta hoy. Si me disculpan, señores, voy a hablar con mis hermanas.

    Sin dejar al resto responder, se dio la vuelta, cogiendo su capa para no tropezar con ella, y caminó entre parejas bailando al son del repetitivo repiqueteo de la cuerda pulsada. Tras minuto y medio de codazos y reprimendas, logró llegar a la otra punta de la sala, donde Carma y Luisa le esperaban.

    —¡El que faltaba para la parejita de luto! —vociferó la primera, abanicándose con fruición.

    —Sí, hola… ¿Cómo os encontráis, Majestad?

    —Muy acalorada, y casi sorda, príncipe —contestó en voz baja Luisa—. Aquí doña Carma y yo conversábamos sobre la validez del acto que hoy tendrá lugar.

    —¡Que repipis os ponéis! —se quejó la vestida de rosa—. Pero sí, me parece de cara dura lo que pretende hacer el general.

    —Justo acabo de hablar con él y el señor Turco, de las Cuencas. No es de buen gusto airear opiniones ajenas, pero tampoco lo es acusar de falta de mando a un reino cuando toda esta parafernalia se ha montado con el único motivo de adjudicarse a sí mismo algo que no es.

    —No es de nuestra incumbencia cuestionar los actos de nuestro huésped, hermano —suspiró Luisa, cerrando los ojos—, pero mentiría si dijera que no me disgusta el camino que lleva el gobierno de este reino. Aparte de lo inmoral que resulta la autocoronación de un regente, la fanfarria con la que piensa hacerlo me resulta… —se llevó la mano a la boca, como intentando reprimir la palabra que iba a soltar.

    —¡A él si le llamas hermano! —le miró con resignación—. A mí lo que me parece de risa es que piense más en atribuirse poderes que en tramitar la independencia de Meridia. ¡Los hay con poca vergüenza! —esto último lo dijo en voz alta, por si lo oía quien tenía que oírlo.

    Un cuerno hizo callar a todos los instrumentos y voces por igual. El general Bisho se despidió de Turco y ocupó su lugar en el trono del palacio. Todos se dispusieron en filas, para escuchar lo que tenía que decir.

    —Amigos, hoy es un día histórico —comenzó, rascándose el mostacho—. Bien es cierto que mi actitud es criticable, pero lo que hoy tendrá lugar es algo que debía ocurrir antes o después. Largos siglos hemos esperado al legítimo Rey, pero nunca apareció. No apareció durante la guerra, no apareció cuando la Fortaleza fue destruida, ¡no está entre nosotros, a día de hoy! Es por eso que, para asegurar la paz y la gobernabilidad estable del reino, he decidido autoproclamarme Rey de Enda.

    —¡Desvergonzado! —le acusó un joven fraile—. ¡El destino te castigará por no seguir los designios del Viajero!

    —Que lo saquen de aquí de inmediato —sentenció el general, visiblemente incómodo.

    Un grupo de aprendices de guerrero agarraron por los brazos al fraile, llevándoselo fuera de la Fortaleza entre gritos de blasfemo e impío.

    —Bueno, una vez olvidado este desafortunado incidente, continuemos… ¿Su Eminencia?

    Un anciano jorobado, vestido de túnica morada, llegó a trompicones al trono, cargando con una corona dorada, cubierta de filigranas plateadas.

    —¡La Iglesia de Cayr aprueba, en contra de lo que mi subalterno clamó momentos antes, esta coronación! ¡Al no llegar a nosotros un heredero legítimo, no queda sino admitir que el designio del Viajero es que, hoy día siete del tercer mes del año trescientos veintiuno d. L., sea ascendido al trono al regente Bisho Quimo, general y Comandante de la Orden Guerrera de Enda! ¡Viva el Rey!

    —Su Eminencia, eso es para después de la coronación… —susurró el general, sudando un poco.

    —Esto… ¡sí! Apoya la rodilla en el suelo, general.

    Hizo lo que le pidieron. Los hermanos intercambiaron miradas de desagrado. No solían estar de acuerdo en nada, pero aquello era demasiado obsceno. Con una sonrisa de seguridad, el regente bajó la cabeza.

    —¿Prometes reinar con disciplina, pero compasión? ¿Con justicia, pero honestidad? ¿Con autoridad, pero empatía? ¿Puedes prometer todo esto? —preguntó con solemnidad el sacerdote.

    —Lo prometo, lo prometo, lo prometo —respondió, meneando el cuerpo con cada golpe de voz.

    Solo un paje real, situado tras el trono, pudo ver, de soslayo, como el general cruzaba los dedos a escondidas. Aunque su primer impulso fue exponer la mentira, supo cerrar el pico. Las penas por injurias a la autoridad eran lo suficientemente terribles como para guardar silencio. Solo Kayr sabía lo que le esperaba al frailecillo que antes interrumpió el discurso del general.

    —Muy bien, levanta la cabeza, general —eso hizo, con la esperanza pintada en el rostro—. ¡Por el poder que me otorga la Iglesia de Kayr, yo, el cardenal de Enda, desde este mismo momento, te corono…!

    El portón de entrada, que desde el principio de la velada había permanecido cerrado, se abrió de golpe. Un pastor, vestido de lanas, corrió por el salón, perseguido por la guardia. Algunos nobles ponían cara de circunstancia al paso del recién llegado, como apestados de su esencia de campesino. Cuando por fin lograron apresarlo, lo llevaron ante el general Bisho, cuyos ojos estaban inyectados en sangre.

    —¡¿Quién te crees para irrumpir así en la coronación de tu futuro rey, paleto lanudo?! —aulló, escupiéndole en la cara más de una gota de saliva.

    —General, vengo con una noticia muy importante… —comenzó el labriego, ahogado por la carrera.

    —¡¿IMPORTANTE?! —dio un pisotón—. ¡¿QUÉ HAY MÁS IMPORTANTE QUE LO QUE HAS INTERRUMPIDO, DESGRACIADO?!

    —La Espada… La han sacado… La Espada…

    Todos aquellos que lo escucharon, desde el general, pasando por el cardenal, la guardia que lo retenía, hasta el paje, palidecieron al instante. Aprovechando que aflojaron sus manos, logró liberarse y dirigirse a los atónitos invitados, exclamando como un lunático.

    —¡La Espada ha sido sacada! ¡Ha sido un niño! ¡El niño ha sacado la Espada! ¡El niño… es el Rey! ¡Ha llegado! ¡Viva el Rey de Enda!

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1. Haz una historia sobre un baile multitudinario.

sábado, 8 de agosto de 2020

Sobrecarga

    Como un barco descargando palés en el puerto, un terrorífico ruido de explosión retumbó en las paredes de la humilde casa de madera, desgarrando sin piedad el silencio de la madrugada. Sin embargo, el niño no despertó. Parte de ello se debía a que no era la clase de persona que se sobresalta con facilidad, pero lo cierto era que aquellos estruendos estaban a la orden del día, y de la noche. La vida en la Tercera Cuenca estaba vinculada de forma inevitable al trabajo en las minas, por lo que cada vez que se reventaba una pared, o caía un túnel, el eco del derrumbe se hacía notar en toda la aldea. Cuando un ruido, como el de nuestros propios pasos, se hace tan intrínseco a la rutina, el cerebro acaba por ignorarlo. Esto, en menor medida, es lo que les ocurría a los mestizos, que llevaban toda su vida conviviendo con los truenos provenientes del interior de la tierra. 

    Un nuevo redoble, más potente que el anterior, sacudió las patas de su camastro. En esta ocasión, el movimiento le despertó. Abriendo de par en par sus ojos grises, se sentó de golpe, como si hubiera tenido una pesadilla. Suspiró al darse cuenta de que era solo la mina chillando, como siempre. Ya despierto, miró la hora, encendiendo, con un chasquido, una pequeña chispa, que danzaba alrededor de su dedo índice. Las cuatro y cuarto. Lo cual significaba que sus padres aún seguían trabajando.  

    Se levantó con desgana y, tras vestirse con un abrigo de lana deshilachado, por encima de su pijama, salió de su cuarto. Después de beber algo de agua, se planteó volver a dormir. Respirando hondo, se dio cuenta de que sus ojos no parecían cansados. Se quedó un momento observando la puerta de entrada, como en trance. Tras medio minuto sin mover una pestaña, sacudió la cabeza para espabilarse, y se decidió al fin. Anudándose en torno al cuello una bufanda grisácea, que colgaba de un pequeño perchero junto a la entrada, salió al exterior. 

    Una vez fuera, dejó que la brisa nocturna acariciara su cara. En la Tercera Cuenca siempre solía hacer frío, pero aquella noche no se estaba tan mal. Sonrió, y se dispuso a pasar la siguiente media hora deambulando por el solitario pueblo minero. 

    El pueblo mestizo recibía ese nombre debido a que, realmente, su raza fue el resultado del cruce que se produjo siglos atrás, entre los humanos oriundos, y una tribu de elfos que emigró a aquellas tierras, cuya sangre se diluyó hace tiempo. Sus descendientes toman rasgos de ambas razas. Sus orejas son redondeadas, a pesar de que en una minoría se pueden encontrar cierta deformidad apicada, herencia de sus ancestros mágicos. Y hablando de magia, casi todos los mestizos eran capaces de usarla. 

    La magia en los mestizos funcionaba como una lotería. El talento solía ser hereditario, es decir, si los padres tenían aptitudes, los hijos normalmente también, pero esto no siempre era así. Su parte humana, no mágica, interfería en su capacidad, en mayor o menor medida. Por ello, el espectro se extendía desde el control total de la magia en una de sus cuatro variantes, o la ausencia total de poder, lo cual equiparaba al individuo con un no mágico, o inocuo, como los llamaban. 

    El niño, llamado Lumos, había tenido suerte. A pesar de que sus padres no eran la gran maravilla en lo que a control mágico se refiere, sus poderes de Trueno habían aflorado a los diez años, como estaba estipulado, y de forma espectacular. Desde entonces, siempre había podido hacer todo aquello que se le ocurriera, ya fueran filigranas eléctricas, como cargar de energía la luz de su casa sin dificultad... Hasta logró, con ayuda del mago de Agua local, convocar una tormenta que extinguió un incendio en el gremio minero, salvando la vida a varios currantes en un descanso. En definitiva, Lumos tenía un don. 

    Un nuevo estruendo se oyó. Esta vez, lo acompañó un fogonazo que iluminó toda la calle, cegando por unos instantes a Lumos. Tapándose los ojos con las manos, exhaló por la impresión. Una vez recuperó la vista, y sus ojos se volvieron a acostumbrar a la penumbra de la calle desierta, trató de encontrar el origen de aquel destello. De la mina no había venido, dado que el foco se encontraba en las casas más céntricas de la aldea. Mirando de un lado a otro, fue buscando algo. No sabía muy bien el qué, pero que el resplandor y la explosión sonaran al unísono no era una coincidencia.  

    No tuvo que hacer mucho más esfuerzo, pues ya había un pequeño grupo de chavales de diversas edades, los cuales Lumos conocía del barrio, apostados junto a una casa en concreto. El niño palideció, mientras se agarraba la bufanda como si le estuviera estrangulando.  

    ¡Lumos! —le llamó una chiquilla—. ¿Tú también lo has escuchado desde tu casa? ¿Esa no es...? 

    Pero Lumos no escuchaba. Como un puma, se deshizo de la calma que siempre le había caracterizado, y se abalanzó hacia la puerta. Estaba cerrada. Tras darle un par de golpes con el hombro, decidió no pensar más. Levantando los brazos, cerró los ojos. Mientras su bufanda comenzaba a retorcerse sobre sí misma, envuelta en electricidad, recorrió por sus brazos, como una culebra, un delgado relámpago amarillo. Entonces, dirigiendo sus manos hacia adelante, y ante el asombro de los que allí se encontraban, lo disparó contra la endeble puerta, que salió disparada en mil pedazos. Sin dar tiempo a sus vecinos de reaccionar, corrió todo lo que pudo hasta una habitación en concreto. Olía a quemado. Entrando como una exhalación, dejó escapar un suspiro de terror. 

    En el suelo, cubierto de quemaduras y moratones, yacía un niño de estatura baja. Su cabello naranja estaba ennegrecido, como si le hubiera caído un rayo. Lumos se tiró junto a él, de rodillas, y agarrándolo, lo sacudió, llamándolo por su nombre. 

    Poco después, el mago de Agua llegó. Agradeciendo a Lumos que lo encontrara, se llevó al malherido chico a la casa de socorro, para tratar sus heridas. El resto de curiosos se marcharon con el mago, hambrientos de novedades sobre el estado del desmayado. Así, Lumos se quedó solo. Arrepintiéndose, pero sin poderlo evitar, volvió al interior de la casa. Necesitaba saber qué había ocurrido. 

    Centenares de pergaminos escritos estaban esparcidos por toda la estancia, garabateados y regarabateados. Lumos se acercó a leer aquellos que habían salido ilesos. Hechizos. Miles de hechizos, técnicas y entrenamientos para fortalecer la magia.  

    No... ¿De verdad has sido capaz de llegar a...? —preguntó en voz alta, como si la habitación pudiera responderle. 

    De pronto, calló, sorprendido. En la pared, colgado con una pequeña estaca, se balanceaba un dibujo con los bordes calcinados. Una torre morada, con el techo de cristal. 

    Lumos asintió, llevándose la mano a la frente, con resignación. Esforzándose por no romper a llorar, abandonó la casa mientras, a susurros, repetía una y otra vez: lo siento. 



viernes, 7 de agosto de 2020

Needle and Silk: III

 



    No se me ocurre qué debería escribir hoy. Mi encuentro con el viajero de hace unos días ha sido literalmente el único suceso memorable que ha sucedido en mi monótona vida desde hace mucho tiempo. No sé si alguien llegará a leer esto, pero de ser así, no me gustaría que mi supuesto receptor perdiera su valioso tiempo en leer una triste bitácora de patrulla. Aunque, pensándolo bien, no se me ocurre quién podría leerlo. Tampoco es que en Hallownest quede mucha gente que sea capaz de leer.


    Sin embargo, algo me dice que debo continuar. Como si una voz en mi interior me indicara que todo esto merece la pena ser recogido. No me considero una escritora al nivel de los grandes maestros de la capital, pero esto no intenta ser un tratado de historia. Es más bien una forma de desahogar los pensamientos que circulan por mi mente mientras salto entre túneles y títeres con forma de cáscara purulenta.


    La Ciudad de las Lágrimas, como se le conoce ahora, es uno de los puntos de interés en mi jornada de vigilancia. No hay día que no me acerque a observar la plaza, en la que la estatua de mi hermano maldito se yergue junto a la de los Soñadores. Se respira una calma extraña, mientras la lluvia proveniente del gran lago empapa el asfalto de las calles. Incluso, si los lamentos y gruñidos de los insectos sin voluntad propia lo permiten, se puede oír una suave voz cantando, proveniente de una de las torres de la ciudad. Realmente mis labores de vigía en la capital no son tan importantes, pero siempre acabo pasando más tiempo allí. Supongo que ese canto consigue, aunque sea por un momento, que mi alma descanse, o algo muy parecido a eso.


    Después de la ronda, me dirijo al límite del reino. Aunque intento secarme la capa y la máscara por el camino, no puedo evitar que la ceniza se me quede pegada. Es un incordio, ya que aparte de escocer, luego hay que frotar durante más de media hora. Odio ensuciarme, así que mis visitas diarias a la enorme coraza del wyrm parecen otra broma cruel del destino, que sigue burlándose de mí aunque me empeñe en ignorar su existencia. Como todos los días, desciendo hasta el colosal cadáver del que surgió el rey de Hallownest. Como todos los días, la Marca seguía intacta. También es que nadie en su sano juicio se atrevería a introducir su frágil cáscara en la boca cuerpo titánico en descomposición. Sería como pedir la muerte de rodillas. Igual que lo sería que alguien fuera lo suficientemente estúpido como para plantearse siquiera saquear la Marca, pues caería muerto bajo mi aguja. Sin preguntas. Todo controlado.


    Por fin, llegamos al presente. En un túnel inutilizado por su estrechez, tengo apostado uno de mis escondites. En la vegetación es sencillo pasar desapercibida, y llego a los acantilados en tres saltos. Tengo sueño, ha sido un día fuera de lo común, así que creo que puedo permitirme una hora más de descanso. No recuerdo la última vez que lo hice. Diría que algo fuera de lo común vuelva a suceder mañana, pero no debo dejar que el evento de hoy malcríe mi concentración. Hace ya tiempo que me até a esta rutina, por monótona que llegara a resultarme, y lo de hoy no cambia nada. Sin embargo, no puedo evitar que, en mi debilidad, desee revivir esa sensación que me invadió al enfrentarme a ese insecto sin recuerdos. 


    Pero eso no vale para nada. Desde que nací. el tiempo me ha enseñado que lo último que puedo permitirme, es desear.

jueves, 6 de agosto de 2020

Mensaje: Project Kamila

    ¿Qué tal? Intentaré no propasarme con las publicaciones que no sean relatos de por sí, pero quería hablaros de una cosa.

    Lo primero, espero con toda mi ilusión que os haya gustado La niña de los vientos. Es realmente la primera vez que dejo salir al público algo relacionado con mi proyecto principal, al que acabo de bautizar ahora Project Kamila.

    Este proyecto lleva fraguándose desde que estaba en quinto de primaria, aunque sobra decir que por aquel entonces, era solo una ilusión sin forma. Estos dos últimos años he intentado hacerla realidad, pero por diversas razones, no he llegado a arrancar como me hubiera gustado. Es aquí entra en juego Tower of Spring.

    Este blog, como ya os dije, lo creé para colgar los relatos que escribiera para practicar, pero la razón es mucho más profunda. Lo de practicar es algo que rara vez he hecho, así que la función real de Tower of Spring es obligarme a escribir, a superar la desidia y el lo dejo para después. Porque si algo me falta es constancia, este blog pretende ser la solución a mi problema.

    ¿Y a vosotros, qué debería importaros? Pues no mucho, la verdad. Pero necesitaba aclarar esto, y para que sepáis que, a partir de ahora, todos los escritos con el tag de Project Kamila serán historias íntimamente vinculadas a mi novela. 

    Siento si me he ido por las ramas, pero consideradlo una continuación de mi presentación. Espero que sigáis apoyándome, ¡y a disfrutar!

La niña de los vientos II

    El sol aún no se había levantado desde el Yaripon, cuando tres golpes fuertes y uno suave repiqutearon en la puerta de ligera madera. So...